DE CUANDO AURELIO LE PEGÓ UN TIRO AL TRABAJO
CASI UN CUENTO…LELO

Días atrás y coincidiendo con las fiestas navideñas, nos llegó la noticia a Tenteniguada de que Aurelio, el de las Casas Blancas, o Aurelio el Veroles, que así lo apodábamos y a él nunca le importó un carajo, hubiera fallecido. La primera reacción de las gentes incluyéndome yo, no era tanto de sorpresa, a fin de cuentas todos nos vamos a morir algún día, sino más bien de desconcierto. ¿Pero todavía seguía vivo este jeringado? Era la pregunta que nos hacíamos en el vecindario. Y es que el amigo en cuestión, era mucho. No creo que nadie de por aquí y en su sano juicio quisiera tan mal como para desearle la muerte al pobre hombre, ya que fuera como fuere, él nunca le hizo daño a nadie, al menos que sepamos. En cualquier caso, esta fue nuestra primera reacción, y es que hacía tanto tiempo que se hubiera ido o se lo llevaron para Las Palmas, que le perdimos la pista, que casi nos olvidamos de él y de su azarosa existencia. Y ya sabemos que, si la distancia no es el olvido, se le parece mucho.
A Aurelio hubo que ingresarlo años ha en un centro para personas mayores en la Capital de la isla porque, como quién no quiere la cosa y como nos ocurre a todos, tarde o temprano, se fue quedando solo y sin familia (no tuvo pareja y por supuesto tampoco hijos) y la poca familia que le quedaba no estaba en condiciones y quizás tampoco por la labor de cuidarlo, aparte, que como el alma independiente y solitaria que fue, no se dejaba querer ni cuidar demasiado ya que era tan malamañado como una jose zurda para alguien derecho, especialmente cuando bebía que eran las más de las veces.
En resumidas cuentas, que nuestro hombre murió el otro día y sospechamos que tan solo como la una, y a pesar de todo, a la friolera y envidiable edad de noventa y tantos años, cogiéndolos a todos como siempre, con el paso cambiado y despistados, como avispa sin panal. Y nos ha sorprendido a los que le conocíamos y le tratamos, porque se pasó la vida o gran parte de esta, bebiendo, (algunos exagerados decían que el ron que se bebió no cabía en la Presa de las Niñas) y enriscándose y muriéndose cada dos por tres, o, al menos, dándolo como tal. No miento si digo que por estos alrededores no quedó pared, zanja, cuneta o acequia donde él no se cayera y de donde siempre salía aporriao, lleno de moretones, cardenales, pero triunfal, victorioso, cual Ave Fénix siempre resurgía de sus cenizas, aunque en este caso sería más correcto decir que de las zanjas, cunetas y centros médicos. Vamos, que tuvo una suerte del demonio este bicho de parra, sea dicho con todos mis respetos y afectos.
Podríamos decir que si había un personaje original y alternativo en este pueblo ese fue sin lugar a dudas, nuestro protagonista. Cierto, que cuando se tomaba algunas copas de más podía ser algo grosero y desagradable, como la mayoría de los borrachos, pero como lo conocíamos, ni puto caso. Por lo general y cuando estaba sobrio, que eran las menos veces del año obviamente, era diplomático, parsimonioso, ocurrente y muy bien hablado, y si no, síganme que trataré de contarles una de sus incontables anécdotas.
Sucedió que un día estando en Ca’ Fidencita conversando y echándose unos tragos con los lugareños habituales, llegó por allí alguien conocido, sospechamos que fue Pepe Santana el pastor, porque con este hombre solía ajuntarse con cierta frecuencia, porque de alguna manera, estas dos almas sin llegar a ser gemelas ni mellizas, tenían mucho en común. A los dos les gustaba el ron más que comer y los dos eran unos provocantes de mucho cuidado.
Mientras Pepe Santana saludaba y hablaba con los allí presentes, cayó en la cuenta que el ínclito estaba en un extremo del mostrador, justo donde éste hacía una especie de esquina asocada y amañable, y ya sabemos que los borrachos tienen cierta predilección por estos espacios. Y por experiencia sé que es lo mejor para mantener el equilibrio y el vaivén. Pero contra lo habitual observó que nuestro hombre, vestía ropa de los domingos, que estaba bien emperchado y cuando esto ocurría, que podía ser de San Juan a Corpus, nuestro amigo podía parecer hasta medio guapo, cosa que le extrañó a nuestro segundo de a bordo, no que Aurelio le pareciera medio guapo, ¡válgame Dios!, sino que estuviera de punta en blanco un día laborable. Ya por regla general andaba casi siempre hecho un mandarria (salvo el tiempo que lo cuidó su cuñada Cesárea, que todo hay que decirlo), y ni corto ni sobrancero le preguntó que si no estaba trabajando:
¬-No, ya no. En estos días le he asestado un tiro al trabajo- le contestó Aurelio con su proverbial parsimonia y socarronería.
Pepe Santana pensó que a lo mejor J.R. en la voz de su amo Pancho Pérez, lo hubiera sancionado o despedido por sus copas y sus mierdas o estaría en el paro, o en el mejor de los casos, quiso pensar, que lo más probable es que se hubiera jubilado ya que rondaba esa edad ambigua indefinida que va de los cincuenta y pico a los sesenta y tantos que ni se es chicha ni limonada. Pero no le dijo nada, se lo quedó para él y quedó así la cosa, continuando cada uno con lo suyo, o sea, bebiendo y charlando a ver quién más.
Pasó algún tiempo y nuestros protagonistas volvieron a encontrarse en el mismo lugar no sabemos si con los mismos parroquianos, aunque sí sabemos que retomaron al asunto y que Aurelio, con ropa de faena y empapado hasta el tuétano por una sorimbilla majadera que caía de aquella tarde-noche, y con pinta de haber salido del trabajo a toda leche, entró en el bar. El pastor al verlo en aquellas condiciones y que no perdía una para provocar y dar la palanca, al ver a nuestro amigo le increpó:
-Pero…hombre, Aurelio ¿no me dijiste el otro día que le hubieras pegado un tiro al trabajo?
-Sí, Pepe, sí, se lo pegué, pero quedó mal herido y fui a rematarlo- le contestó este al pastor.
Y continuaron con sus copas y sus negocios. Queden estas letras como despedida a un personaje especialmente singular de Tenteniguada. Ah, casi se me olvida Aurelio, allí donde estés, sea la eternidad o como se llame ese lugar al que nadie queremos ir, si hay zanjas, trastones, cunetas, en definitiva, riscaderas, ten cuidado hombre.
Tenteniguada, enero 2025

Gracias Lelo por traernos tan bonitos recuerdos de la vida en Tenteniguada.