OPINIÓN

LAS HISTORIAS DUERMEN PLÁCIDAMENTE PARA QUE LAS DESCUBRAS

Tras la presentación editorial de Historias de Viejas Glorias, en el Museo del Automóvil de Gran Canaria, me quedé pensando en esta suerte maravillosa de poder descubrir el pasado.

Aquí, en medio de la ciudad, pasa casi inadvertido, pero en su corazón late el milagro de una resurrección permanente. Devolver la vida, restaurar el latido del tiempo, traer de vuelta a casa la memoria física de lo vivido. Entrar allí es viajar en el tiempo de verdad, sin realidad virtual, sin inteligencia tecnológica ni filtros de imaginación. Basta caminar por aquellos pasillos alineados de honor, trasiego, andanzas e historias que parecen hablar solas con el testimonio de sus miradas: hileras de coches antiguos y clásicos, motocicletas y objetos de un pasado reciente y lejano.

Entrar en el Museo del Automóvil es sentir que la historia quiere manifestarse a lo grande, pero también en los detalles, con esa excelencia del trabajo bien hecho y pensado para que el futuro sepa de dónde venimos.

Por eso fue un honor inconmensurable abrir allí las páginas de Historias de Viejas Glorias en su estreno literario. Un aforo que superó nuestras expectativas y un sentimiento de cercanía que nos congratuló a todos los colectivos que se acercaron a compartir esta experiencia de literatura, patrimonio y memoria.

Los verdaderos actores del libro estaban allí sentados.

Algunos escuchaban perplejos, otros sonreían, otros parecían tener ganas de levantar la mano y contar inmediatamente su propia versión. Y casi sin darse cuenta, muchos formaban parte importante de aquellas mismas historias que estábamos presentando.

El escenario lo puso todo.

Caluroso, sí.

Pero entrañable también.

Y entre tantas historias apareció Manolito, el Latonero de Arucas, con aquella maravillosa fotografía familiar junto a su Triumph 350. Un personaje de esos que no necesitan adornos porque la propia vida ya se encargó de escribirles el guion.

Manolito, ingenioso como pocos, le había colocado al escape de la moto una palometa para modificar el sonido y, cuando entraba por Bañaderos, tiraba de una palanquita desde el manillar y aquella Triumph comenzaba a lanzar silbidos ahumados que ponían en revolución a toda la chiquillería.

Y en su taller tenía tres amigos inseparables.

La perra Tinka, que incluso subía con él en la motocicleta; la cacatúa Katana, que no paraba de hablar mientras trabajaba; y un ratón blanco que acudía a su silbido y permanecía cerca durante aquellas soldaduras de latón, entre el soplete, el hierro y el yunque.

¿Quién inventa algo así?

La vida.

Siempre la vida termina teniendo mejores ocurrencias que nosotros.

Y luego aparece Heriberto Valerón.

De niño acompañó a su padre al Garaje Kune para buscar un automóvil de ocasión y allí descubrió, casi sin saberlo, el amor mecánico de su vida.

Dentro de una gran caja de madera, manufacturada en Inglaterra y todavía embalada, apareció una imponente Ariel Square Four de 1.000 cc.

Aquello, en los años cincuenta, debía ser una barbaridad.

Una nave espacial con dos ruedas.

Heriberto se enamoró perdidamente de aquella moto y le pidió al comercial que no la vendiera, que él reuniría el dinero y volvería algún día a buscarla.

Pasó el tiempo.

Y la moto seguía allí.

Hasta que el destino, que algunas veces juega sus cartas con una paciencia desesperante, comenzó a enhebrar una de esas tramas apasionantes y entrañables que parecen escritas para demostrar que determinados sueños se niegan a morirse.

La noche dio para mucho más.

Para abrazar y saludar a un montón de amigos que aman el motociclismo y sus historias, para comprobar la salud de nuestra memoria y para recordar una vez más la anarquía del tiempo, ese tiempo que corre, arrasa y se lleva las cosas si nadie consigue agarrarlas a tiempo.

Y quizá ahí esté una parte importante de este libro.

Encapsular historias antes de que terminen cayendo por el sumidero del olvido.

Historias de Viejas Glorias son esos cuentos que nos hacemos para que no se nos vaya el baifo, pero son también las maravillosas historias de vida de muchas personas que encontraron en la motocicleta, el automóvil, los talleres y las carreteras una manera de entender su mundo.

Mientras hablábamos de ellas, alrededor nuestro descansaban coches y motos que un día también hicieron ruido, levantaron polvo, enamoraron a sus propietarios y recorrieron caminos.

Ahora parecen dormir.

Pero no están muertos.

Las historias nunca mueren del todo mientras quede alguien dispuesto a contarlas.

Duermen plácidamente para que algún día vuelvas a descubrirlas.

Gracias por formar parte de esta maravillosa familia de la cultura de antaño.

Feli Santana

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