APROXIMACIÓN A MARÍA SALOMÉ

“Entre la ficción y la realidad”

Ya han pasado unos cuantos años desde aquel día que le pregunté a mi madre que quién fue la mujer que la ayudó a traerme a este mundo de mierda.

-Tanto a ti como a tu hermana María les cortó el ombligo una tal María Salomé, que andaba por aquí por aquellos tiempos- Me contestó muy escuetamente mi primogenitora, porque ese era su estilo.

Y quedó así la cosa. Cierto que más adelante y muy de vez en cuando se escuchaba su nombre por el barrio. Que si curó a fulana o fulano de una hinchazón de piernas o barriga. Que si a mengana o zutana le arregló el pomo que tenía desarretado. Que si a uno de Cazadores o Cuevas Blancas le quitó el mal de amores persistente o un maleficio integral y todo esto sin contar la cantidad ingente de animales, especialmente cabras y vacas que pasaron por sus habilidosas manos de santa pagana.

Pero la verdad sea dicha, no le dábamos mayor importancia, ni más bombo ni platillo que el que mandaba. Porque por aquí estábamos acostumbrados que cada dos por tres apareciera algún cantamañanas o gofio perdido empeñado en vendernos a cómodos plazos alguna extravagancia, bisuterías o cachivaches de todo tipo. Desde el tan traído y llevado elixir de la eterna juventud (este siempre será un clásico) o cualquier pócima o untura milagrosa que prolongara la lívido más allá de los límites razonablemente aceptados y admitidos por la U.E., al mismo tiempo que aumentara la fertilidad de las mujeres un poco más allá, también, de la vida terrenal para así resolver de una vez por todas el problema de la natalidad y la despoblación del país.

O simplemente vendernos la dichosa amoto a sabiendas que nosotros desde siempre hemos sido más burros y mulas. En definitiva, que venían a vivir del cuento y no dar palo al agua que es a fin de cuentas una de las más grandes y universales aspiraciones humanas, después, por supuesto, de la inmortalidad y la eternidad, pero éstas no la podían proponer ni promocionar sin toparse con la iglesia Sancho, que ya sabemos cómo se las gasta ésta desde que el mundo es el que es.

Así andaba y quedó la cosa hasta la otra tarde-noche que, en un acto de cuenta cuentos, una chica del Carrizal con raíces valsequilleras mencionó en uno de sus relatos a nuestra protagonista y caí en la cuenta que si no era la misma persona, la semejanza era asombrosa y que seguro se trataba de la mujer que ayudó a mi madre en sus, a veces, complicados partos. O sea, que era el mismo ser humano que estuvo viviendo, compartiendo espacio y habitáculo aquí entre nosotros y que por culpa de nuestra frágil y escurridiza memoria, casi pasa desapercibida y sin pena ni gloria en el lugar donde pasó una parte importante de su ajetreada y zarandeada existencia.

Hubiera sido imperdonable, al menos por mi parte, si tenemos en cuenta que gracias a ella y al empujoncito de la naturaleza o viceversa, ando yo trasteando y dando la lata (cada vez menos) por estos páramos y secarrales canarios. Aunque solo sea por esta circunstancia o casualidad de la vida, merita la pena indagar todo lo posible sobre este portento humano, más por su sapiencia y buen hacer que por su talla y estatura, habida cuenta y según todas las opiniones, incluida la mía, era más bien pequeña y redondita, pero terriblemente vital.

Calculamos que llegarían por Tenteniguada entre mediados y finales de los cuarenta del pasado siglo. Vivió con su marido Juan el Chinero (no confundir con cochinero, que eso viene más tarde), conocido así por su trabajo en las carreteras, que consistía, como todos sabemos, en extender y allanar la grava, conocida por nosotros también como china, de ahí el sobrenombre. Vivió, repito, en una de las casas de Lolita la Condesa, justo detrás de la Iglesia de San Juan, ejerciendo de partera, curandera, veterinaria y, a veces, hasta de psicóloga. No cobraba por sus servicios, cosa que no era de extrañar, si tenemos en cuenta que apenas había dinero y menos para lujos de salud. Pero ya se sabe, cuántos más pobres, más orgullo y amor propio tenemos y como nunca nos ha gustado quedarnos con el trabajo ajeno (a según), siempre caía algo o pagábamos con productos del campo, papas, gofio, queso, carne cuando se mataba algún bicharraco. Vamos, con lo que hubiera por los alrededores en cada momento y temporada.

Según vecinos preguntados, era muy servicial y efectiva en el tema de los partos y muy entendida en el manejo y dominio de yerbas y plantas medicinales y de las otras, ya que donde hoy se encuentra la sacristía y la ampliación de la iglesia, antes había unos terrenillos o cadenillas, supongo de los Alemanes, donde ella y  su marido cultivaban sus verduras y al parecer no se les daba nada mal, o eso dice Maruquita Santana, que llegó a comerse sus papas, rábanos, coles y alguna cosa más que se nos ha olvidado.

Se decía que venía huyendo de la Inquisición. Que la tenían fichada como presunta bruja confesa. Pero sobre todo huía de las autoridades caciquiles y fascistoides del Ingenio de aquel entonces, que eran a fin y al cabo el brazo ejecutor más inmediato y ligerito, como si dijéramos, el ojo que todo y antes veía venir las cosas. Aunque tanto unos como otros, curas y autoridades, para entendernos y a partes iguales, se la tenían juramentada. Tal vez por lo que dijimos anteriormente, por su dominio del mundo vegetal y curanderil o por algo que se nos escapa o sencillamente, no sabemos muy bien, pero que de todas maneras había que mantenerla a raya por si las moscas, porque no era de recibo que alguien que apenas sabía leer y escribir estuviera ejerciendo la medicina popular y el curanderismo con tanto acierto y como si tal cosa.

Intolerable, exclamaban al unísono las élites cochineras, uniéndose como siempre y en todos los lugares al coro vocinglero que más bulla metía. En resumidas cuentas, que la infeliz, probablemente, no pudo aguantar más y aprovechando alguna clara que le ofrecía el destino incierto y sin meta de los humanos, llegó hasta nosotros.

Pero antes de continuar creo que debo aclarar algo. Siempre que escuchamos o leemos sobre esa turbia y tenebrosa organización llamada Tribunal de la Santa Inquisición (échale mojo a ésto), aparte de soliviantarnos un poco, nuestra mente retrocede a tiempos lejanos, remotos o simplemente a siglos pasados. ¡Craso error Eladio!, ya que hay que tener en presente que susodicho aparato o maquinaria represiva, aunque desengrasada y tal vez oxidada por el paso del tiempo y la falta de uso, a Dios gracias, se mantuvo, al menos sus archivos, hasta la muerte del ínclito que todos sabemos a esta alturas que nació en Ferrol que está en Galicia, a mano derecha viniendo pábajo, etc, etc., y que la palmó en Madrid en mil novecientos setenta y cinco del pasado siglo, ósea, ayer. Como para olvidarlo.

Cómo llegaron a Valsequillo aparte de cabreados y con lo puesto, a ciencia cierta no lo sabemos, pero algunas personas consultadas cuentan que por estas cumbres nuestras y fronterizas con su lugar de origen tenía unos parientes o allegados cuidando animales y que fueron estos quienes les recomendaron que se vinieran para estos andurriales de pastos y carrancios. Que era un lugar relativamente tranquilo y que los vecinos no les molestarían para nada y las autoridades mucho menos, ya que éstas no creían en brujas ni hechiceras ni mandangas por el estilo. Que por algo nos separamos de Telde y que alguna cosa buena debía de tener, carajo, y que dichas autoridades estaban más embelesadas o embebidas en otros negocios más concretos como tierras, lindes, mojones y algunas horillas de agua, como para andar con historias tan abstractas de brujas y demás lindezas, argumentaban.

La otra opinión que a mí me parece más verosímil y razonable, es que llegaron aquí por el trabajo de su marido, que vendría a enchinar algún tramo de carretera Telde-Valsequillo-San Mateo y que cuando el trabajo se terminó, aquí se quedaron. Pudiera ser. Verídico o no, con presiones de los inquisidores y mandamases o sin ellas, Mariquita Salomé y su marido pasaron unos cuantos años acá entre nos y hasta donde sabemos, en Tenteniguada nadie les molestó, y dentro de la pobreza dominadora y dominante vivieron bien. Tal vez porque ella era muy zalamera y se dejaba querer o que nuestras gentes estaban por quererla, porque la necesitábamos, ya que sí o sí teníamos que traer chiquillos al mundo, remendar nuestros desperfectos de salud y nuestros desajustes mentales y emocionales, y como se suele decir, “a falta de pan, buenas son tortas”.

El caso fue que nos complementábamos. Nosotros creíamos y teníamos fe en que nos curábamos con sus pócimas, ungüentos y demás majaderías, en tanto ella tenía certeza de poder comer algo más y mejor con sus servicios o trabajo un tanto estrambótico.

Puede ser que nosotros no nos curáramos del todo, pero tampoco ella se volvió más rica. Con lo puesto llegó y con lo puesto regresó a su Ingenio del alma y de sus sinsabores. Eso sí, se fue más envejecida y menos vital, pero igual de pobre. Y aunque ser pobre no es una virtud ni una garantía de nada, salvo de pasarlas canutas, lo es menos ser codicioso, porque como reza el dicho popular, “la avaricia rompe el saco”.

LELO DEL PINO

2 thoughts on “APROXIMACIÓN A MARÍA SALOMÉ

  • Oiga, soy yo, la muchacha del cuento y no sabe cómo le agradezco esta investigación suya, el relato y el desenlace de María Salomé. Recuerdo que usted me preguntó al acabar la contada y me habló de esa partera que ayudó a su madre. GRACIAS por devolverme luz a este personaje al que añoro, ahora sí cabe, todavía más.

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  • Que bueno Lelo, descifrar un personaje tan popular en el argot de toda la vida, da para un homenaje del tiempo. Ojala y esa percepción moderna de estar «al Loro» a la antigua, no sepulte manos tan prodigiosas para dar vida y fe de tu nacimiento. Recuerdos de aquel entonces enclavado y real en el tiempo cercano, vaya tu humilde letanía de relato para pagar tu existencia, como tributo antiguo a una fugaz vida que nos sacude por las prisas y nos separa de aquel entonces tan cruelmente, que parece María Salomé y su interpretacion de la vida, fue en otro siglo…

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