NOCHE DE BRUJAS

Noche de brujas en Tenteniguada

Aunque nadie las haya visto, haberlas haylas, dicen los gallegos de sus meigas o brujas. Los canarios, a diferencia de estos celtíberos, no podemos decir lo mismo, ya que muchos de nosotros sí las hemos visto, y me incluyo. Fue durante mi adolescencia. Las vi allá como dos o tres veces, desnudas como Dios o el Diablo las trajo al mundo, montadas en sus proverbiales escobas como si de caballos alados se trataran, cruzando el cielo valsequillero, mientras de fondo y como en un extraño decorado, la silueta imponente y oscura (siempre esta visión era nocturna), del Roque Grande, iban rumbo a Tunte o a Cazadores, y a los bailes de taifas.

Y deben creerme si les digo que el espectáculo era fascinante, de una belleza asombrosa. Claro que este tipo de brujas nos caían bien ya que no eran de las peores que digamos, de las más siniestras y macabras, de las que no se dedicaban a maleficios y aquelarres o a rituales con machos cabríos de tres patas, ni a degollar gallos que chorreaban sangre a borbotones por todas partes, o de las que se volvían locas clavándoles alfileres a cuanta fotografías y muñecas de trapos encontraran en su camino. No, estas eran más amables. Eran como si dijéramos, de una escuela más refinada, más humanista si cabe y se empleaban más a pasarlo bien, a disfrutar a lo grande, que a otra cosa.

Por ejemplo, a confundir y a desbaratar matrimonios enamorados, cambiar parejas en los bailes, quitarles novios a unas y novias a otros, provocar incendios en cualquier lugar visible sin utilizar fuego que luego se apagaban sin dejar rastro, ni huellas, pero su especialidad eran los encantamientos, que fue lo que pasó a mi padre.

Aquel sábado, nos contó a mis hermanos y a mí, que hubo baile en El Rincón en casa de no sé quién y era costumbre por aquellos tiempos, que cada 15 o 20 días si no había velatorios se hicieran estos eventos, en diferentes puntos, en sociedades donde las hubiera (caso de Las Vegas) o en viviendas particulares del municipio, y aquella noche repito, le tocó a El Rincón.

Creo que aún no pretendía a Angelita Monzón la que más tarde sería mi madre, por lo que sospechamos que mi hombre se sentiría la noche de autos cómo Buey Suelto qué bien se lame. Por otra parte, este pormenor, tampoco tiene mayor importancia, habida cuenta que era soltero y ya sabemos, nada te debo, nada te pago. Lo que sí nos dijo, o se lo sacamos a duras penas, que aquella fue su gran noche, que bailó durante toda la velada con mozas de buen ver y algunas que no lo eran tanto, pero que lo hacía que era un primor, como auténticos Ángeles. Vamos, que mi viejo y durante un puñado de horas renació, y tuvo su momento de gloria, se sintió como un Juan Charrasqueado cualquiera de puro guapo y valentón. Un verdadero triunfador de andar por casa.

 Pero como es de suponer, todo no sería lanzar, habría algún que otro descanso de vez en cuando, o entre pieza y pieza algún viajito se haría a la cantina, que improvisada o no, siempre viene bien en estos menesteres, porque lo crean o no, un pisquito de ron ayuda a desinhibirse y de alguna manera también, había que festejar tamaño éxito. Pero alguien o alguienes no lo veía así y lo observaba y no estaba muy conforme con que Miguel Rosa triunfará con otras, o al menos no se alegraba lo suficiente como para que se fuera de rositas y nunca mejor dicho y les repateaban que estuviera toda la noche zarandeando a unas y a otras así sin más. Y aquí, se hace inevitable el dicho tan recurrido que ojos que no ven, corazón que no siente.

Y música y noche siguieron su curso inexorable. Y don Miguel continuó privado en su juicio por su buena racha, hasta que sin darse cuenta apenas, el reloj de pared que estaría colgando en algún sitio de la vivienda, dio la última campanada, anunciando la medianoche y la hora de irse, de abandonar (llamémosle recinto), si no queríamos tener problemas con las autoridades incompetentes de la zona que ya todos sabíamos cómo se la gastaban. Y así, de poco y sin pausas, se fueron retirando cada uno de las a sus casas y Dios a la de todos. Bueno, algunos se demoraron un poco más, cómo nuestro protagonista por ejemplo que apenas asomó la nariz a la intemperie, Marianito y Manolito Álvarez que lo esperaban para el ritual de la arrancadilla, de la penúltima copa, por aquello de «total ya que venimos y estamos aquí…» Y allá que le pareció o comprendió que noche y copas no daba más de sí por mucho que se estiraran, satisfecho y ufano como el que más, emprendió el regreso a la Era de Mota.

Y llegando al Troncón, e iniciando apenas el paso del Retamar, notó como cierta flojera o laxitud en cuerpo y piernas. Aquí pasa algo raro pensó, y pensó también que las copas no fueron tantas como para sentirse tan flojo y como sonámbulo y no poder siquiera caminar. El trabajo durante todo el día, la caminá, más el baile… Sí ha sido duro, será el cansancio concluyó. Y como pudo se sentó en un trastoncillo a ver si se le pasaba el malestar, mientras seguía buscando una explicación a lo que le estaba ocurriendo. No encontró respuesta porque tampoco le dolía nada en concreto. Se puso de pie para intentar retomar nuevamente el camino. Pero nada, las piernas no le obedecían, por un momento se sintió como clavado o pegado al suelo, como una estaca.

 Angustiado y sudoroso, hizo varios intentos, pero desistió, al comprobar la inutilidad de su esfuerzo. Sintió escalofríos, miedo y agotamiento. ¡Cielo santo! que no sea grave, que todavía soy joven y no quiero morirme, se repetía aterrorizado. Hasta que de pronto, y desde un acebuchal más negro que la misma noche y lejano, se escucharon gritos risas y abucheos tan destemplados como su barriga.

-¡Malditas brujas!-dijo casi con alivio y gritando a pleno pulmón para que éstas le escucharan y supieran que estaba alerta- Ya me parecía a mí que la noche no podía terminar tan bien.

Mi padre sabía por experiencia propia o contadas por amigos, que con las brujas no se podía, que con ellas había que hilvanar fino, que aunque estas eran de las mejores no por ello, dejaban de ser brujas y que había que tener mucha paciencia y esperar. Y esperó hasta que empezó a alborear y cesaron las risas, guipidos y demás parafernalias de estos cascabeles sin cencerros.  Mientras tanto, mi padre, que para entonces aún no lo era, empezó a levantarse y a desentumecerse lentamente, recuperando la normalidad anterior, mientras camino y encantamiento quedaron atrás como un mal sueño.  Cuando llegó a su casa, su madre estaba ya levantada y trasteando por los alrededores.

 -¿Qué te pasa hijo que llegas tarde y estás tan blanco como un papel?

 – No me esté hablando madre. No me esté hablando, porque he tenido una noche…- y no dijo más

Tenteniguada, junio de 2020

MIGUEL DEL PINO MONZÓN (LELO)

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