SE ENCARECE EL AVAL A VOX

GERARDO TECÉ

Prepárense los padrinos de la ultraderecha para cualquier cosa. Que Ana Rosa no descarte tener que señalar a los menores inmigrantes de Canarias como los autores de la erupción del volcán. Ser avalista de la indecencia es lo que tiene

Sale caro mantener a Vox. No me refiero, que también, a los buenos miles de eurazos mensuales que nos cuesta cada uno de los 52 diputados ultras en el Congreso, dedicados a volcar todo su talento en el tradicional arte del insulto o, los más trabajadores, en llamar una y otra vez presidente en masculino a la presidenta mujer de la Cámara. Con tal de dejar claro que a ellos el género no les importa, lo que haga falta. Sale caro mantener a Vox y no me refiero tampoco, que también, al desgaste institucional que supone tener en los organismos a tipos dedicados a montar el pollo –o águila de San Juan, si se sienten más cómodos–. Interrumpiendo sesiones, saltándose el reglamento, negándose a abandonar la cámara cuando son llamados al orden o enfrentándose a periodistas por los pasillos del hemiciclo cuando descubren que hay vida más allá de Ok Diario. Todo esto sale caro, pero hay a quien Vox le cuesta aún más.

Mantener a Vox empieza a ser un capricho caro para sus avalistas

Mantener a Vox empieza a ser un capricho caro para sus avalistas. Aquellos que, hasta hoy, han pagado encantados la hipoteca ultra para que sus discursos de odio vivan entre las opciones democráticas como una más. Empezamos a verlo. Hace unos días, el líder del partido se paseaba por los micrófonos de Jiménez Losantos –caudillo de las ondas por la gracia de Dios– y era preguntado por la vacuna. No voy a decir si me he vacunado o no, respondía Abascal acogiéndose a su libertad individual y esperando una caricia en la espalda del mecenas. El periodista, quizá por estar en esa edad en la que a uno le interesa que el virus esté controlado, le afeó sin embargo que sembrase dudas sobre la vacuna en medio de una crisis sanitaria. Poco empático Losantos, que debería entender que su apadrinado no puede permitirse prescindir a estas alturas del juego de poner en riesgo el voto de antivacunas, terraplanistas, teóricos del microchip de Bill Gates o de que la vecina del quinto trabaja para la KGB.

Carlos Herrera, otro titán de las ondas y avalista de cabecera de Vox, no ha tenido más remedio esta misma semana que hacer frente al pago de una nueva carísima letra ultra. Tras la manifestación neonazi de Chueca, Abascal declaró solemne, como sólo quienes conocen La Verdad pueden solemnizar, que detrás de aquellos brazos alzados repitiendo los mismos eslóganes homófobos y racistas que aparecen en el programa de Vox, estaban las cloacas del PSOE y Podemos. Y allá que se fue de cabeza Don Carlos asegurando, ante sus dos millones y medio de oyentes, que aquellas cabezas rapadas muy probablemente militasen en el Círculo Skin Head de Podemos o en la Agrupación Socialista de Pinto. La hipoteca ultra cada día es más alta y puede hacer que a uno le acaben embargando la dignidad.

La batalla cultural de la ultraderecha, ese ejercicio 24/7 consistente en llamar dictadura progre a dar los buenos días y libertad a tirar la basura en mitad de la acera si, como librepensador, uno lo considera oportuno, no tiene límite. Ser avalista de Vox acaba siendo una ruina intelectual a la larga. La propia dinámica ultra marca la subida del precio constante a su aval: cada frikada, bulo y manipulación debe ser mayor que la anterior para alimentar la estrategia que consiste en colar el esperpento, cada día más grande, en medio del debate. Prepárense los padrinos de la ultraderecha para cualquier cosa. Que Ana Rosa no descarte tener que señalar en los próximos días a los menores inmigrantes de Canarias como los autores de la erupción del volcán. Ser avalista de la indecencia es lo que tiene.

GERARDO TECÉ

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