MANERAS DE MIRAR UN VOLCÁN

Desde el domingo 19 de septiembre, la erupción del volcán Cumbre Vieja sobreexpone a la isla de La Palma al hiperconsumo visual

Drones, imágenes por satélite, móviles, cámaras de televisión, softwares de simulación y medios televisivos vigilan desde el pasado 19 de septiembre los movimientos y fenómenos imprevisibles del volcán Cumbre Vieja, en la isla de La Palma. Un abanico de herramientas audiovisuales y panópticos digitales al servicio de la que ha resultado ser la erupción con mayor seguimiento mediático de nuestra historia. Un “cine del real” que podríamos describir como estimulante, perturbador e hipnótico, y cuyas lindes gramaticales coquetean por momentos con narrativas cercanas al transgénero cinematográfico –drama, acción, terror, cine mudo, experimental, ciencia ficción o comedia– a disposición de la plataforma que retrata el fenómeno y a merced de los diferentes gustos y sensibilidades de cada espectador. 

La imagen del volcán Cumbre Vieja asimismo, sin contar con los relatos humanos que la acompañan a veces en off, se retransmite por lo general silenciada. Mutilada de su sonoridad y vibraciones ininterrumpidas, se nos presenta en las pantallas como un ente al que podemos observar durante un tiempo definido –volcán en directo 24 horas, imágenes rápidas y deslumbrantes del volcán en diferido, efluvios de lava y fracturas de roca con montaje en bucle, fotografías y vídeos amateurs en los stories de Instagram– , sin experimentar un miedo innecesario que pudiera provocar en nuestras sensibilidades rechazo o cierto desinterés (el sonido real del volcán, semejante a detonaciones constantes de bombas de destrucción, podría resultar desagradable y poco seductor para el relato televisivo de mediodía) y sentirlo así como una fantasmagoría inocua –lejana– a la que tenemos disposición y acceso libres en todo momento –cercana–. Una percepción deformada y espectacularizada del evento que nos recuerda la supremacía y mercantilización visual de nuestra época, capaz de relegar al resto de los sentidos y noticias mundiales a un segundo plano, en el mejor de los casos, o a una exclusión total. 

“Los pueblos están expuestos a desaparecer” en la era de los medios, nos recuerda el filósofo e historiador de arte francés George Didi-Huberman en su libro Pueblos expuestos, pueblos figurantes (2012), ya sea por subexposición o sobrexposición de los mismos en la esfera pública. Por un lado, explica, la subexposición “nos priva sencillamente de ver aquello que en los medios podría tratarse: basta, por ejemplo, con no enviar a un reportero fotógrafo o un equipo de televisión al lugar de una injusticia cualquiera para que esta tenga todas las posibilidades de quedar impune”, mientras que la sobreexposición, recalca, la cual “no es mucho mejor, genera demasiada luz ciega” por “la reiteración estereotipada de las imágenes”. Así, “el pueblo de las ‘telerrealidades’ cree sinceramente brillar, apiadado de sí mismo, para después desaparecer en los cubos de basura del espectáculo”. 

Sí. La Palma está sobreexpuesta hoy. Y veremos por cuánto tiempo. Mientras tanto, nuestras miradas y óculos, incluso cuando no disponemos del sentido de la visión (los relatos que escuchamos proceden en su mayoría de discursos de nuestro mundo hipervisualizado), se encuentran gravitando en derredor de su catástrofe. Hemos visto planos cenitales de drones en el momento exacto en que la lava destruye las casas de los palmeros y palmeras –sin pensar en cuán doloroso puede ser para estas personas ver una y otra vez sus hogares viniéndose abajo–; hemos observado a una mujer llorar sobre una furgoneta con los pocos enseres que puede rescatar de su hogar –y que forman parte de su espacio de intimidad al que no tendríamos por qué tener acceso, incluido su dolor–; hemos contemplado a Ana Rosa Quintana en su programa sensacionalista despotricar de la ministra Reyes Maroto por construir un discurso turístico a favor del mercado del volcán –cuando la propia Ana Rosa se encuentra a merced del mismo mercado y de retóricas políticas de índole procapitalista–, etcétera; al mismo tiempo que, por montaje y elección del programa o noticiero de turno, hemos visto en contraplano de estos sucesos la imagen perfectamente filmada y encuadrada del volcán en 4k u 8k. 

La nitidez de lo filmado es importante. Mas no basta con verlo, sino con observarlo de tal manera que se confunda la imagen con la propia vida. Sobre todo, para que la resolución de la imagen no sólo se vuelva tan lúcida y fina como nuestro propio ojo, sino que lo dote a éste de una mayor capacidad visionaria –como si la nitidez nos volviera más coherentes y rápidos de pensamiento–. Eso. Que allá donde la vista no llegue, se encuentre el dron. También. Que allá donde la oscuridad se vuelve impracticable, responda la cámara de ISO amplificado. Porque todo es luz. Y si no lo es, haremos lo impensable para que así sea.

Sin embargo, los hay y las hay que se rebelan. Como algunos de los vecinos y vecinas de Los Llanos de Aridane, que, colapsados y entristecidos por su situación, se han alzado contra ese exceso de luz, contra esa invasión mediática que ocupa ahora sus calles y sus tierras y los condena a una mirada extasiada que luego los abandonará por el siguiente simulacro o espectáculo de desastre venidero. Algunos de ellos y ellas se han enfadado de hecho cuando los coches de turistas de volcanes, alentados por el circo mediático que los engatusa, han bloqueado sus calles mientras desalojaban sus casas. Algunos de ellos y ellas se han armado de valor y han pedido a algún fotógrafo aficionado o profesional que borrara la foto que acababan de tomar de ellos mismos sin su consentimiento, en pos de una soberanía sobre las imágenes ya perdida. Y al mismo tiempo, y paradójicamente, parte de estos vecinos y vecinas se acercarán horas después al volcán y lo fotografiarán; lo momificarán en la galería de imágenes de sus teléfonos móviles –ya sea con la imagen de la erupción en zoom aumentado o haciéndose un selfie con el volcán de fondo– y lo compartirán en las redes sociales y plataformas semipúblicas junto a la foto del plato de carne de cabra exquisito que probaron el otro día en el restaurante del pueblo de al lado –imágenes asimismo, legitimadas, popularizadas y aprehendidas de la cultura hipervisual a la que pertenecen–. 

“¿Cómo puede decir la gente que esta visión del volcán es hermosa? Yo la odio. Me parece la cosa más horrible que he visto nunca”, comenta la joven Marta a sus amigos palmeros, al pie de una de las colinas con mejores vistas a la erupción –curiosamente, un antiguo vestigio de otro volcán– mientras no puede dejar de contemplar su flujo incandescente. El volcán tiene algo poderoso que nos une a todos y a todas en un mismo gesto. El de mirarlo y volverlo a mirar durante horas, fascinadas, aterrorizados, conmovidas o emocionados por su magnanimidad y fuerza. Entristecidos por los daños materiales que ha provocado –y que se extenderán durante años, cuando los focos ya no estén puestos sobre La Palma– y al mismo tiempo, sorprendidas por las emociones encontradas que por momentos se hacen difícil de confesar en nuestro interior más profundo. 

Porque nos han enseñado a polarizar los sentimientos, a no discernir en algún lugar la complejidad del mundo y el misterio que todo lo abarca. A no recordar que tras las catástrofes naturales se renueva la vida y que esto es en sí un proceso fascinante. O todo lo contrario; a no reconocer que carecemos de empatía con las víctimas de este desastre y que las imágenes del volcán no son para nosotros y para nosotras sino un mero pasatiempo más.

Y podríamos continuar indagando en otras oscuridades si quisiéramos porque, ¿cuál o cuáles son las imágenes que nos faltan de La Palma?, ¿qué tipo de sombras o escenas nos son veladas ante los ojos?, ¿acaso son rostros?, ¿acaso animales?, ¿acaso los primeros balbuceos de una burocracia kafkiana?, ¿acaso los hurtos y pillajes de unos enseres abandonados? O contrariamente a lo que se considera oscuridad pero vive ensombrecido de igual modo por el mercado del melodrama mediático; ¿una Palma que continúa hacia adelante y no palidece y se baña en el mar y sonríe sobre las montañas donde el humo flota junto a sus pensamientos, conformados esta vez no tanto por poéticas y lindes del desastre, sino por imaginarios y signos de la aceptación? 

MARÍA ABENIA (CTXT –CONTEXTO Y ACCIÓN)

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