CONECTANDO CON LA NATURALEZA

Emisiones de gases, escasez de recursos naturales, extinción de especies, deforestación, aumento de la temperatura y del nivel del mar…¿acaso existe alguien ajeno a estas consecuencias debidas al maltrato del medio ambiente? Sin lugar a dudas, el cambio climático y la contaminación ambiental se presentan como problemas con un desenlace poco halagüeño.

Sin embargo, seguimos respirando, el agua sigue saliendo por los grifos y la tierra sigue dando frutos, al menos en el mundo occidental. En esta sociedad de celeridad, de búsqueda de resultados inmediatos, creo que, en general, importa poco lo que vaya a ocurrir dentro de 50 años. Los científicos alertan sobre las evidentes agresiones humanas hacia el medio ambiente y los impactos climáticos que golpean cada vez con más fuerza. No obstante, nuestras necesidades básicas continúan cubiertas, obtenemos recompensas a pesar de nuestro comportamiento abusivo y negligente.

James Clear en su libro «Hábitos atómicos» explica que somos más proclives a repetir una conducta cuando la experiencia es placentera. También insiste en la idea de que para consolidar un hábito éste debe de ser obvio, atractivo, sencillo y satisfactorio. Es aquí, donde hoy quiero llevar mi reflexión. Debemos amar la naturaleza para luego respetarla. Para crear el hábito del cuidado del medio ambiente, nada mejor que acercar la naturaleza al ciudadano de a pie. Una opción podría ser ofrecer experiencias sugerentes donde la gente empiece a conectar con la naturaleza y pueda observar directamente en su cuerpo, en sus pensamientos y en sus emociones resultados gratificantes. Experiencias asequibles para toda la familia (caminatas, conciertos entre árboles, meditaciones,…) que produzcan unos beneficios inmediatos.

Está claro que alarmando a la población con los posibles desastres medioambientales no estamos consiguiendo los cambios esperados. Echo en falta anuncios, reportajes, vallas publicitarias que nos hablen de las bondades que se producen al permanecer en contacto con la naturaleza. Contemplar los árboles, impregnarnos del aire puro de un bosque evidentemente mejora nuestro aparato respiratorio. Además, al mantenernos presentes en un entorno natural nos recargamos de energía y reducimos el estrés. Si entramos en un estado de serenidad, aumenta nuestra concentración y por ende nuestra creatividad. Si estamos relajados, reforzamos nuestro sistema inmunológico y, lógicamente este bienestar repercute en nuestra autoestima. Conectando con la naturaleza empezamos a conectar con nosotros mismos. Es incuestionable que estamos hablando de un hábito que afecta positivamente a nuestra salud física, mental y espiritual.

Gastamos cantidades ingentes de dinero en gimnasios, en dietas, en medicamentos, en estética, en psicólogos… para mejorar o recuperar nuestra salud. Cuidarse es un acto de amor hacia uno mismo y resulta totalmente loable. Sin embargo, no somos capaces de caer en la cuenta que tenemos la naturaleza ante nuestros ojos y no sabemos apreciar sus enormes beneficios.

Nicolás Chauvat, experto en filosofías orientales, en su libro «Daishizen» reconoce que para los japoneses el bosque es un espacio sagrado, una fuente de inspiración y un lugar donde conectar con la espiritualidad. El equilibrio entre cuerpo y mente es posible si nos aproximamos a la naturaleza.

Sugiero incluir en nuestras agendas semanales momentos para desconectar del ruido, del consumismo, de las pantallas, de las prisas,…momentos para encontrarnos con la belleza, con lo «real» y que la naturaleza nos regala cada día. Está ahí, a nuestro alcance y es gratis. Una vez que establezcamos este hábito como prioridad y resulte satisfactorio para nosotros, pasaremos de la inconsciencia a tomar conciencia y responsabilidad de nuestros actos.

Desirée González Concepción (LA POROVINCIA)

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