PERO SI YO NO QUERÍA OPINAR

El otro día me preguntaron si no pensaba escribir sobre el proyecto de reforma de la ley de salud sexual y reproductiva y de interrupción voluntaria del embarazo, y mi respuesta fue la siguiente: «No me quiero meter en ese jardín». La persona que me preguntó, amiga desde hace mucho tiempo, me miró como si no conociera a la persona que tenía delante. Y me incomodó.

Días más tarde, reflexionando acerca de su gesto, me di cuenta de que yo tampoco me reconocía en esa respuesta, ni siquiera en la decisión de no querer escribir sobre este tema porque sabía –y sé– que me iban a llover cientos de críticas. Así que aquí estoy, bajo el cielo gris de un domingo de mayo, escribiendo sobre lo que creo que debo escribir. Todos estamos cansados ya de escuchar hablar sobre los posibles cambios que tendrá esta ley si se aprueba.

Estoy segura de que, como es mi caso, ha sido el tema de conversación en más de una sobremesa, y también de que solo se ha puesto el foco en esos días de baja para las mujeres que tienen reglas dolorosas. He oído decir a algunas personas que por culpa de esto los empresarios se lo pensarán dos veces antes de contratar a una mujer.

Una ley necesaria

Esta reforma de ley contempla muchas más cosas, como que se investigue en métodos anticonceptivos masculinos para que toda la responsabilidad de evitar un embarazo no quede en nosotras. O que la pastilla del día después, que ahora cuesta veinte euros, y no todas las mujeres, por desgracia, podemos permitírnosla, sea gratuita en los centros de salud. También habla de educación sexual en todas las etapas educativas, necesaria como agua de mayo, sobre todo en una época social donde el consumo de pornografía se inicia a los ocho años. De estos aspectos no he escuchado hablar a nadie en los acalorados debates mojados en tempranillo y chinchón.

Pero, vamos, voy a ser valiente. Voy a hablar de la posibilidad de coger una baja por reglas dolorosas o de la edad a la que una adolescente puede abortar sin autorización paterna.

Empecemos por la regla. El otro día tuve que explicarle a un amigo qué es la endometriosis porque nunca había escuchado hablar de ella. No por incultura, sino porque esa es una de las muchas enfermedades femeninas de las que no se habla. Como si no existiera. Por si hay alguien por ahí que también ande despistado, les cuento: la endometriosis es una enfermedad inflamatoria que a su vez ocasiona adherencia entre órganos. Entre sus muchos síntomas están: un fuerte dolor menstrual, un frecuente dolor en las relaciones sexuales, el sangrado uterino anómalo y, en ocasiones, algunos problemas reproductivos.

En resumen, la regla para las mujeres que sufren endometriosis es un verdadero calvario, por tanto, ¿dónde está el problema de que cojan una baja de tres días para pasar el infierno en casa en lugar de en su puesto de trabajo? Yo, por ejemplo, sufro de cólicos premenstruales. Son tan dolorosos que algunas veces me cuesta respirar.

Nunca me he planteado coger una baja porque me educaron, tanto en casa, como a través de los anuncios de compresas con forma de algodón de azúcar, que debía vivir con ello sin quejarme. Esos anuncios me hacían sentir culpable al darme cuenta de que cuando a mí me venía la regla no tenía ganas de patinar ni de bailar como las chicas de la publicidad, por tanto, cuando era niña llegué a pensar que algo en mí no estaba bien.

Cuando he sufrido esos cólicos no he cogido una baja, pero he podido decirle a mi jefe que necesitaba trabajar desde casa. Siempre me lo permitió, al igual que a mis compañeras, y no creo que jamás se haya planteado echarnos. Por tanto, no se alarmen, esta ley no va a hacer que todas las mujeres finjamos tener la regla tres veces al mes para no ir a trabajar. Quien piense así, debería hacérselo mirar.

Por otro lado, nos encontramos ante la libertad para que las niñas de dieciséis años puedan abortar sin consentimiento paterno. Ante esto he oído decir a varias personas frases de este tipo «Con lo desatadas que están las niñas, lo van a usar como método anticonceptivo». «Niñas desatadas», expresión cruel donde las haya.

Sin embargo, nadie habla de la responsabilidad del chico en la relación sexual. A ellos se les da la libertad de disfrutar y a ellas las de cuidarse ante un embarazo. Equitativo a más no poder. Veamos: para evitar que esto suceda, está la educación sexual, de la que también se habla en esta ley; pero no solo una educación sexual en las escuelas, sino en las casas. Lo que ocurre es que en muchas casas no hay educación sexual.

¿Qué debe hacer una joven de dieciséis años que quizá no comparta las creencias morales o religiosas de los padres ante un embarazo no deseado? Tener un hijo porque sus padres lo exijan me parece un castigo, una forma de decir: «Mira, esto te pasa por tu culpa». Por primera vez se está poniendo el foco en la sexualidad femenina y en la menstruación, temas tabúes.

Las mujeres hemos crecido escondiendo la regla por pudor, por considerársenos impuras. Intentando no ser muy sexuales, porque eso no es de mujer seria. Teniendo cuidado de no embarazarnos, porque, ¡uy!, qué vergüenza si te pasa antes de tiempo, sin estar casada o sin que se te conozca pareja. ¡Joder!, ¿por primera vez se nos está permitiendo ser libres, y el foco se pone en la posibilidad de tener tres días de baja? ¿En serio?

Al principio pensé que con esta ley se nos estigmatizaba, que somos mujeres y en nuestra biología está menstruar, pero ¿saben qué? Que ser mujer menstruante no nos obliga a sufrir ni tampoco a silenciar nuestro dolor. Y ya está. En fin, yo, de verdad, no quería opinar.

Elizabeth López Caballero (La Provincia)

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