LA TIERRA ARDE

La Tierra arde. Las noticias de las últimas semanas son devastadoras: estamos batiendo récords en hectáreas quemadas en la Unión Europea. La peor temporada del siglo para nuestro país, dicen, y es que, según el Sistema de Información Europeo de Incendios Forestales (EFFIS), los incendios forestales han arrasado, aproximadamente, 270.000 hectáreas desde enero de 2022.

¿Podemos hacernos una idea de lo que suponen 270.000 hectáreas? Para orientarnos, recordemos que una hectárea equivale a 10.000 metros cuadrados. Ya podemos horrorizarnos; más aún si pensamos en la cantidad de vidas vegetales y animales que el fuego se ha llevado por delante. En algunos casos, también humanas. Estos días, en las redes sociales, he leído testimonios de amigos y conocidos que han asistido casi de primera mano al horror de los incendios. Personas que han tenido que desalojar sus hogares en Comunidad Valenciana, Zaragoza, Galicia…

El negacionismo da la espalda a lo evidente

Ángel González, uno de mis grandes referentes poéticos, escribió un poema bañado de ironía sobre la guerra. Terminaba así: “la guerra ha comenzado, / lejos –nos dicen– y pequeña / –no hay por qué preocuparse–, cubriendo / de cadáveres mínimos distantes territorios, / de crímenes lejanos, de huérfanos pequeños…”. Lo mismo ocurre con los incendios. Leemos las noticias y no lo pensamos demasiado. No queremos pensarlo, enfrentarnos al horror de asumir que arden los pulmones de nuestro planeta. Hasta que nos toca de cerca, a nosotros o a gente de nuestros círculos, y la realidad nos explota en los sentidos.

Resulta indignante que, a pesar de lo que está pasándole a los bosques, aún existan personas que continúen negando el cambio climático. Claro que no podemos infravalorar a los pirómanos, pero estas terroríficas olas de calor no son buenas ni naturales. He escuchado opiniones, nacidas de la ignorancia, que sostienen que “no existe el calentamiento global porque los inviernos son cada vez más fríos”. Y enarbolan, como un arma implacable, la borrasca Filomena de 2021. Yo no soy científica ni especialista en estos asuntos, pero alcanzo a comprender que el cambio climático tiene como consecuencia no solo las olas de calor, sino las temperaturas extremas, en general. Veranos que hacen arder al mundo e inviernos cada vez más crudos. Incendios y filomenas. Y quien siga negándolo, está cayendo en lo mismo de lo que acusaba Ángel González en su poema.

Una clase política que no está a la altura de la realidad

El ecologismo no es un asunto de cuatro “perroflautas” desnortados, hippies o actores filántropos. Todos deberíamos ser ecologistas, igual que deberíamos ser feministas, porque es algo lógico, porque lo contrario no tiene razón de ser. Somos responsables del planeta en el que vivimos, un planeta que, según los científicos, se encuentra ya herido de muerte. Es muy cómodo pensar que nosotros no viviremos las consecuencias, que será un problema para nuestros descendientes. Pero, además de tratarse de un planteamiento tremendamente egoísta, también es errado. Porque las consecuencias ya nos están golpeando en forma de incendios, de borrascas o de olas de calor. El hielo de los polos se derrite y amenaza con provocar inundaciones que borrarían las costas peninsulares, el agujero de la capa de ozono aumenta el riesgo de padecer cáncer de piel. El mundo que conocemos se desangra y no somos del todo conscientes.

Estamos a tiempo de frenar este desastre, de asistir a nuestra Tierra enferma. Lo podemos conseguir con acciones tan simples como el reciclaje, el ahorro energético o el uso del transporte público. Por supuesto, los gobernantes deben facilitar este compromiso y no complicarlo más. Pienso, por ejemplo, en el transporte público, y en la situación que tenemos en mi comunidad, Madrid, donde hace unos meses la presidenta, Isabel Díaz Ayuso, ha reducido un 10% los vagones de metro aludiendo a la subida de la luz. Las grandes aglomeraciones resultantes, las largas esperas, nos empujan, en muchos casos, a elegir el vehículo privado. En ocasiones como esta, la voluntad choca contra los intereses de los políticos.

Pero no debemos perderla. Es necesario seguir luchando y no abandonarse al sencillo pensamiento de “solo soy una persona en el mundo, ¿qué más da que yo no contribuya?”. Cada uno de nosotros formamos parte del delicado equilibrio de la Tierra y somos responsables de su cuidado. Es muy fácil mirar hacia otra parte, pensar en los incendios como guerras lejanas e intangibles, pero todo esto acabará explotando si no ponemos remedio. Mi discurso no es, en absoluto, original. Estamos muy cansados de leerlo y escucharlo en los medios, tanto que a veces suena vacío, repetitivo. Lo más bonito que podría ocurrirnos sería que dejase de ser necesario.

MARINA CASADO

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