ALIMENTAR EL INCENDIO QUE PRIMERO QUEMARÁ TU CASA

Hay una clase de tragedia que no necesita bombas ni dictadores para estallar. Le basta con urnas llenas de miedo, con bulos en formato corto, con promesas envueltas en banderas y amenazas disfrazadas de libertad. Le basta, sobre todo, con millones de personas votando con las entrañas vacías y el bolsillo roto… a favor de quienes les siguen vaciando el plato.
Es el drama cotidiano de la autoinmolación política. La hoguera del neoliberalismo no la encienden los millonarios: la atizan quienes nunca lo serán.
Y no porque no quieran, sino porque nadie les ha dicho que en este casino el crupier siempre gana y que la meritocracia es una ficción escrita por quienes heredan el tablero, las fichas y la casa.
Votar contra tus propios intereses no es un fallo de lógica, es un secuestro emocional. Es el resultado de décadas de desclasamiento inducido, de una cultura política que ha convertido el «no depender de nadie» en un dogma, cuando la interdependencia es la base misma de la civilización. Nadie, absolutamente nadie, respira sin un sistema de salud pública, sin una red de cuidados, sin un clima habitable, sin trabajadores que limpien, repartan, curen, enseñen, construyan.
… la ultraderecha no viene a salvarte, viene a desmantelarlo todo…
Pero ahí están: votando por quienes negarían su pensión, su hospital, su vivienda y hasta su derecho a quejarse. Porque el discurso del privilegio ajeno siempre vende más que la promesa de un derecho común. Porque es más fácil culpar a una madre migrante que exigirle cuentas a un fondo buitre. Porque el odio es una emoción sencilla y el pensamiento, una carga.
La paradoja es brutal: los mismos que gritan “libertad” lo hacen desde una plataforma precarizada, intoxicada por la propaganda, con la nevera medio vacía y la ansiedad bien llena. Son víctimas de un relato que los seduce con la falsa esperanza de que algún día serán los amos del fuego. Pero no serán los amos. Serán la leña.
Hay que decirlo claro: la ultraderecha no viene a salvarte, viene a desmantelarlo todo, y empezará por tu casa si es de alquiler, tu sueldo si es bajo, tu salud si es pública y tu voz si es disidente. Y cuando todo arda, cuando las llamas consuman las conquistas sociales que sostienen lo poco que nos queda, ni siquiera tendrás derecho a preguntar por qué.
La historia no siempre se repite como farsa. A veces se repite como suicidio colectivo.
REFLEXIÓN S.R.
