NI LA TIERRA ES REDONDA NI GIRA ALREDEDOR DEL SOL

arrieros1Decir que Paco Hernández, ya fallecido, era pariente mío por lado de abuela Pilar, no deja de ser una simple redundancia, o sencillamente una tontería. Porque si tenemos en cuenta que en el Valsequillo de entonces, como en casi todos los pueblos pequeños y del interior de las islas, donde hasta bien poco vivíamos medio incomunicados y, por consiguiente, teníamos que recurrir a la endogamia como algo natural e inevitable, por aquello de que no es bueno que el hombre y la mujer estén solos, aunque sean de la misma sangre o, incluso, primos hermanos, que ya sabemos que caminando deprisa y con la luz apagada ni se nota. Y porque, de alguna manera, también había que perpetuar la especie, que dicho sea aquí entre nosotros y en confianza, no me la pierdan. Por lo tanto, comprenderán que decir esto no es decir gran cosa. Nada del otro mundo. Y si además, en consecuencia, partimos del hecho de que por aquí la mayoría somos familias, recomendamos prudencia como norma y virtud, al menos  si queremos mantener las amistades de siempre y la dentadura completa, vamos, que no te la rompan por un quítame allá esas pajas.

 

En fin, que como bien dijo el Quijote, ya que últimamente me ha dado por citar a los clásicos, creo que tiene más que ver con la pedantería de la edad, que con la cultura propiamente dicha supongo, y es que decía, para no perderme, que mejor menealla que no enmendalla o al revés. En cualquier caso lo dejaremos así por si las moscas y concluyamos que el mentado Paco, era primo mío sin más.

Paco Hernández, como el grueso de los trabajadores de la zona y de aquella época que no laboraban en pozos y galerías o en alguna sorriba esporádica, tenían que hacerlo impepinablemente en la agricultura y en el caso de Tenteniguada, si no optabas por la aparecería en el sur, que era poco menos que una deshonra o un trabajo para esclavos, tenías que trabajar sí o sí en las dos únicas fincas del lugar y de ambos Juanes: Juan del Río o Juan Ramírez. Nuestro hombre lo hacía en esta última.

Pero un mal día enfermó del pulmón y tuvo que ser ingresado o recluido en el sanatorio de El Sabinal, el único que había para estos menesteres en toda la provincia oriental. Allí permaneció una temporada. Lo empelecharon y remendaron un poco en tanto le sugirieron que abandonara la agricultura, que cambiara de trabajo si quería estirar la existencia y echar un par de zafritas más por este valle o caldera de lágrimas.

Pero… ¿qué hacer y a dónde ir? Si la agricultura de por sí ya era y es bastante sacrificada, ¿qué decir de piquero en pozos y galerías o de aparcero? Dios aprieta pero no ahoga, lo que jode son los tirones que te da, se decía a sí mismo para consolarse y no desesperar, hasta que alguien, mientras se echaban unos piscos en la tienda de Pepito Ramírez o ¿Lolita la de Rosita?, le dijo que otro alguien vendía una mula y por qué no la compraba, que no andaba mal de precio y tal y se dedicaba a la cosa esa de arriero, que era un oficio bien mirado y de mejor futuro, si teníamos en cuenta que no existían carreteras que comunicaran la totalidad del pueblo y por lo tanto, el transporte había que hacerlo mediante este sistema, sopesando caminos y veredas empedrados y destartalados, que más de las veces se volvían intransitables de tanto fango y barro apenas caían cuatro gotas de agua.

Pero así eran y estaban las cosas y así había que aceptarlas porque lo exigía la necesidad y la economía lugareña. Suministros y víveres para las tienduchas. Acarreos de frutas, papas, mudás, materiales de construcción, bidones de gasoil para motores, etc… Mi pariente, junto a los hermanos Peñate, cubrían de la carretera hacia arriba, calle de La Pelota, Las Portás, El Almendrillo, Rincón propiamente dicho, con Las Cuevas y Las Peñas incluidas. Como si dijéramos la parte central-derecha del andurrial, porque por el lado izquierdo, El Roque, Los Peñones, Quevedo, Las Sabinas, El Montecillo, teníamos a Antoñito Sánchez y su jurria de hijos (al menos diez). De la parte baja del pueblo mejor hablaremos en otro momento para no cansarles sino lo justito.

Para ser un hombre enfermizo, o quizás por eso, por el instinto de supervivencia inherente a todo ser vivo, que nos hace aferrarnos a la vida (apenas olfateamos la enfermedad por el horizonte), y todo lo que ello significa, como a un clavo ardiendo, pienso, que era bastante perseverante y trabajador, ya que después de la mula torda, para seguir manteniendo el tópico y la copla y que a juzgar por el precio y la fecha de caducidad de la misma debía de tener sus añitos, puesto que murió pronto, o al menos antes de lo deseado por él y sus exhaustos bolsillos. Y lo hizo como todos los animales de carga de aquellos años: agotados y reventados por la dureza del trabajo. Pero había que tirar palante, porque había que comer, aunque fuera poco y mal, al menos tres veces al día (por mala costumbre).

Y previo préstamo familiar, que por cierto, fue un tanto rocambolesco, compró otro animal. Esta vez macho, joven y fuerte, hasta tal punto que sobrevivió a su dueño y al oficio, que entraría en declive a renglón seguido, desapareciendo no muchos años más tarde con la apertura de las carreteras y llegada de los coches, a cuenta gotas al principio y a granel más tarde, al tiempo que se extinguía uno de los oficios tan antiguos y ancestrales como nosotros mismos, los humanoides. Pero comoquiera que esta cueca se acaba, como dirían los chilenos, y nos hemos arregostados a la anécdota o al chascarrillo pretendidamente humorístico y el humor, que sepamos, no hace daño a nadie, siempre que no lo confundamos con la burla y la tomadura de pelo malévola y despiadada…Ahí va eso.

Hemos dicho que el pariente tuvo mula y mulo y a lo mejor hasta un burro, cosa que no sabemos, pero no hemos dicho o al menos lo suficientemente claro, que también tenía su genio, su carácter o, si lo prefieren, mala leche, amén de unos cuantos hijos (logrados tres) y sobrinos algunos más, que cuando salían de la escuela aterrizaban donde los animales y sus primos. A jugar unos con otros, hacer ruindades, a tocarles las narices a los adultos, pero sobre todo a incordiar a los bicharracos, vamos, como todos los chiquillos desde que el mundo es mundo. Y en uno de esos días, uno de ellos, aficiaíto y sin resuello por la carrera y soliviantado por la envergadura de la noticia, llegó hasta donde él.

-¡Tití, tití! ¿Sabe lo que dice la señorita?roque grande

-No…. ¿qué dice esa señora?

-Oh, que la Tierra es redonda y se menea alrededor del sol.

-¿Dónde se ha visto eso? Dígale usted a su maestra, que le dije yo, que eso es mentira.

-¿Por qué, tío Paco?-inquirió el chiquillo, abrumado y confuso, tal vez porque no le cabía en la mollera que su tío supiera más que su señorita que era y había estudiado en Las Palmas.

-Porque desde que yo recuerdo el Roque Grande siempre ha estado en el mismo sitio y en la misma posición, ni hacia abajo ni pa un lado, ¡carajo! Me van ustedes a decir a mí una cosa por otra.

No sabemos si el guayete, que no era otro que Angelito el ferruje o chapista se atrevió a dar el recado tal cual, pero sí sabemos que nuestro protagonista quedó ufano y eufórico, ante tal derroche de sapiencia y sabiduría. Y nosotros nos hemos quedado pasmados y sorprendidos ante tamaño e increíble descubrimiento.

LELO, Noviembre 2018

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