LOS HIJOS DEL VIENTO

rafa naveaLa historia de Canarias está ligada irremisiblemente a los movimientos migratorios clandestinos de sus habitantes en múltiples momentos a lo largo de los siglos, principalmente hacia el continente americano. Los últimos flujos importantes se dieron en los años 40 y 50, en pleno siglo XX,   y tuvieron como destino Venezuela. Una vez que se revisan los archivos de los historiadores que relatan las causas y maneras en que miles de isleños emprendieron este viaje, no se puede poner en duda la audacia y valor temerario que enfrentaban en busca de futuro y esperanza

Y es que durante el período que transcurre entre la Guerra Civil   Española   y 1952, son muchos los canarios que se arriesgan a realizar una travesía de más de 3.000 millas marinas en todo tipo de embarcaciones, algunas de ellas de apenas nueve metros de eslora, con el objeto de arribar a los puertos venezolanos. Si bien este tipo de emigración es una constante desde el siglo XVI y supuso una acusada despoblación insular y el desequilibrio entre el número de mujeres y hombres jóvenes en el archipiélago, es hacia 1930 que se cierra uno de los períodos de la emigración canaria a América. La crisis del capitalismo a nivel mundial por un lado, y el advenimiento de la República en España y las expectativas que genera entre las clases trabajadoras, por otro, suponen un atisbo de futuro entre los habitantes de las islas y la apuesta por permanecer en su tierra.

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La contienda nacional (1936-1939) y posteriormente la Segunda Guerra Mundial dibujan un panorama completamente diferente de la realidad socioeconómica canaria. La nueva situación política conlleva un aislamiento a nivel exterior que penaliza la economía insular, muy orientada al mercado e inversiones extranjeras. El intervencionismo estatal que dificulta el desarrollo de ganadería y agricultura a nivel de subsistencia, el aumento de la población y el revanchismo político de parte del lado vencedor de la Guerra Civil son los otros detonantes de un nuevo éxodo de población hacia tierras caribeñas, con la dificultad añadida de que emigrar de manera legal era muy difícil. A las trabas impuestas por el gobierno español–certificados de buena conducta, presentación de contratos de trabajo emitidos por el consulado extranjero- se une la ruptura de relaciones por parte de Venezuela en protesta al nuevo régimen político, hecho que se extiende hasta 1949, año en que una sublevación militar llevó al país sudamericano a un período de dictadura.

BARCOS FANTASMAS

En una primera etapa tras la Guerra Civil son grupos reducidos que viajan como polizones en barcos italianos los que llegan al puerto venezolano de La Guaira. Estos barcos, con origen en Génova, hacían escala en Santa Cruz de Tenerife y una vez que arribaban a tierra venezolana, la tripulación entregaba a los canarios a las autoridades y éstas les emitían documentación y los dejaban libres. Es en los años finales de la década de los cuarenta y al principio de los cincuenta cuando este fenómeno de la emigración clandestina se organiza en viajes en pequeños barcos, auténticos cascarones en muchos casos, que eran conocidos en el imaginario del pueblo canario como los barcos de la libertad, los barcos de la ilusión y, sobre todo, los barcos fantasmas.

Estos barcos, más de setenta según los historiadores, eran viejos pesqueros cuya función principal era faenar en aguas locales y en el banco canario-sahariano. También había algunos veleros y motoveleros que realizaban trayectos entre puertos del archipiélago, y otras pequeñas embarcaciones europeas que realizaban viajes de placer hacia América, y en el puerto de La Luz sus tripulantes acordaban transportar a grupos reducidos de emigrantes a cambio de unas seis mil pesetas por persona. Más de un centenar de canarios llegaron a las costas venezolanas en barcos ingleses, suecos, holandeses y alemanes.HIJOS VIENTO2

Salvo casos aislados, como los del barco Juanita -tenía el casco de hierro y trasladó a 65 personas en 1950-, o el yate Benaohare –En 1952 realizó a vela y motor en sólo 21 días el viaje a Venezuela-, el estado de los barcos que emprendían el viaje era lamentable. Muchos de ellos nunca llegaron a América y quedaron varados y a punto de hundirse en las costas de Senegal o Sierra Leona, e incluso algunos no pudieron ni salir de las aguas canarias. En cuanto a su tamaño, podíamos encontrar barcos de casi cuarenta metros de eslora- Nuevo Teide- y embarcaciones de apenas diez metros–Dragón-. De las crónicas de aquellas hazañas temerarias encontramos reseñas como la de la embarcación Nublo, de apenas nueve metros y capitaneada por un joven de 19 años, que llegó a Venezuela con quince emigrantes; o el velero Elena, de siete metros de eslora y que trasladó a once emigrantes a costas brasileñas.

A FAVOR DEL VIENTO

Casi todos los barcos que se aventuraban a cruzar el océano eran motoveleros, pero son contados los que tocaron tierra americana con el motor funcionando. Bien por averías o bien por falta de combustible, gran parte de la travesía se realizaba impulsada por el viento.

Los vientos alisios, una constante en el Archipiélago canario, y la corriente norecuatorial fueron los factores determinantes para que muchos emigrantes lograran cruzar el océano. No en vano desde los tiempos del descubrimiento los navegantes conocían bien el empuje de los alisios y las corrientes y por eso Canarias era lugar de avituallamiento habitual para todos los barcos que se dirigían hacia América, sabedores de que una vez partieran contarían con el viento de popa constante. El puerto de La Guaira, situado a apenas treinta kilómetros de Caracas, era el punto de destino de estos viajes, pero las malas condiciones de los barcos, los vientos huracanados y la falta de víveres y agua hicieron que muchas embarcaciones arribaran a otros de la costa o de Isla Margarita, incluso después de hacer escala en Trinidad y Tobago, Guayana Francesa, Guayana Inglesa o Martinica.

UN DESTINO INCIERTO

HIJOS VIENTO3Si bien la llegada a Venezuela representaba para los emigrantes canarios una oportunidad para prosperar y dejar atrás las penurias y dificultades que enfrentaban en su tierra, hay que diferenciar las condiciones que se encuentran aquellos que llegaron bajo el mandato del gobierno social-demócrata de Rómulo Gallegos, en oposición frontal al régimen franquista, y el nuevo panorama político que afrontan los llegados a partir de noviembre de 1948 con el golpe de estado y la formación de una junta militar. De hecho el gobierno democrático miraba con buenos ojos la inmigración con el objeto de colonizar grande extensiones de tierra del interior venezolano y entre otras medidas, implementó la concesión de créditos a bajo interés ayudando a los recién llegados a prosperar. Esta buena disposición de las autoridades y el hecho de que se opusieran a la dictadura española alentó el camino de la emigración clandestina canaria. Los llegados en 1947 y 1948 eran recibidos como héroes y una vez atendidas sus necesidades más urgentes recibían documentación y quedaban en libertad para emprender su nueva vida.

Pero esa llegada constante de inmigrantes y algunos episodios como el del velero Arlequín, que arribó a La Guaira con sus bodegas repletas de alcohol de contrabando, generó un malestar creciente en sectores del país que cuestionaban esta política de brazos abiertos. La misma Comisión Nacional de Inmigración trasladó al Gobierno su preocupación por el equilibrio social del país.

La propia oposición política democrática llegó a comparar a los emigrantes con los antiguos conquistadores españoles y habló en términos de invasión gradual abogando por su confinamiento en zonas agrícolas inhóspitas y alejadas de los centros urbanos, al no poder ser devueltos a su país por no existir relaciones diplomáticas.

Todo este caldo de cultivo que se estaba generando empujó al presidente Gallegos a firmar un decreto por el que se prohibía la entrada al país a indocumentados y no se permitía arribar en ningún puerto a barcos que trajeran emigrantes clandestinos. Los primeros barcos que sufrieron estas medidas fueron los llegados tras la promulgación del decreto: El Express, el José Morales y la Estrella polar. Y fue la antesala del trato que recibirían los que llegaron en los meses posteriores al golpe de estado, cuya junta militar catalogó a los inmigrantes como indeseables, malhechores, comunistas y piratas. Más de 250 personas llegadas en media docena de barcos fueron internados en Guasina, un islote en el Delta del Orinoco que en época de lluvias quedaba con- vertido en una ciénaga con temperaturas de 35 grados y en el que se hacinaban los desgraciados emigrantes junto con peligrosos criminales.

FIN DE LA EMIGRACIÓN CLANDESTINA

Es a finales de 1952 cuando cesa este goteo incesante de viajes clandestinos a Venezuela. Las causas las encontramos en primer lugar, por las repatriaciones a las que son sometidos muchos canarios tras los nuevos acuerdos entre los gobiernos venezolano y español. En segundo lugar, la mayor facilidad para obtener certificados de buena conducta y el aumento de barcos españoles que hacen la ruta a Venezuela desde puertos canarios facilita y abarata el coste de emigrar de forma legal. Por último, a estas alturas casi todos los canarios tienen amigos o familiares en Vene- zuela que pueden enviarles lo que era conocido como carta de llamada, especie de contrato de trabajo para poder viajar legalmente.HIJOS VIENTO4

No es posible concretar el número exacto de canarios que emigraron clandestinamente a Venezuela en los años cuarenta y cincuenta, por la propia naturaleza de la clandestinidad, pero las estimaciones de los historiadores y cronistas hablan de entre 7.800 y 8.100 personas, de la cuales 6.000 lo hicieron entre 1948 y 1952.

La historia se repite. La emigración, pero sobre todo hoy la inmigración, desde o hacia Canarias, es un flujo constante. Personas que, arriesgando muchas veces sus vidas, se han desplazado de unos países a otros en busca de una vida mejor. Rafael Navea nos refresca en este reportaje la memoria de un ‘cuento’ pasado, pero que sigue vigente entre nosotros y que aún no ha escrito su último capítulo.

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