VALSEQUILLO EN FLOR. REGALO OMNIPOTENTE DE LUZ

Cuando Valsequillo florece por dentro
Buscaba entre los ventorrillos de las calles, entre los aromas de las comidas, entre la bulla del visitante, entre los folkloristas de parranda, primero.
Seguía buscando: entre el equilibrio de la fiesta, la variedad de la exhibición, el cuidado de la tradición, la fluidez del disfrute, después.
Y volví a la esencia, para recrear el espectáculo del colorido, de la variedad, de la sorpresa, de la gracia manifiesta en un encantamiento postulado de virtud y raíz.
La fiesta del almendrero en Valsequillo tuvo un visitante especial que remató un legado intransferible, con rigor de molde. Para la posteridad.
Y fue el regalo divino de la luz del sol.
Primero perezoso en su despertar —como si la madre luna lo hubiera invitado la noche anterior, imantada de plenitud— a llevarlo a las fiestas del almendrero en Valsequillo. Tardó un poco en desperezarse, pero luego fue como un chiquillo el Día de Reyes: saltó de la cama, estiró sus brazos candentes y vigorosos y corrió por barranquillos y llanuras, despertando relinchones y trebolinas.
En las medianías, las retamas sacudieron el sopor de las umbrías y lanzaron su perfume de fiesta, tradición y esplendor. Reventaron de virtud y color los almendreros, como un caldero de roscas candentes. Fue una exhibición natural sin parangón.
Nadie se quedó dormido. Las cabras y el ganado lanar arrejuntaron a la jurria para sacar de paseo una romería escoltada entre pezuñas y patas.
Primero se asustaron ante tanta algarabía, hasta que el pastor paterno habló con el ganado. Barranco arriba subieron al pueblo, entre diálogos de silbo y saltos de pastor. El barranco de San Miguel recogió el testigo, escoltando a sus animales como los antiguos canarios hacia su tagoror.
Valsequillo mágico se vistió de tradiciones y repelió con seguridad a las muchedumbres. Tanto, que la fluidez y la sensatez adquirieron el rigor de la normalidad, esa que también se echa de menos en fiestas tan trascendentales.
Tras el último susto con la feria de la fresa, sonaba a “no volverán” el calvario de las colas y el tráfico. Esta vez, la fe de los gobernantes, la virtud de la responsabilidad en materia de seguridad y el despliegue de soluciones ayudó a que el milagro de la saturación se redujera al civismo de la concordia.
Valsequillo olía a potaje, a garbanzada, a cochino frito; a frangollo y almendras tostadas, a tortillas de harina y chorizo untado. Las cestas de pan se zarandeaban ajundías por las esquinas, y la miel en tarros embadurnaba de marrón dulzón los cristales.
Todo era un plató de cine, con esmoquin de canariones disfrazados de tradición. Calle arriba, el rancho sacudía las espadas para recordar a sus antepasados, con cantos primarios de pura esencia.
En el Rincón del Pilar, mientras un improvisado ruedo de vacas pasta bajo los flamboyanes, un colectivo de puretas recrea un baile de taifas antiguo. Tocadores y señores postulan a las damas con la elegancia del tiempo, mientras la Virgen, en su armario, se sienta junto a las señoras.
Valsequillo fue tan grande y hermoso que el paisaje se emocionó de color. Fue tan radiante y conciso que la luz reventó la naturaleza mágica de sus escenarios.
Y en ese pacto de bondad se paseó por sus barrios —La Barrera, el casco, Las Vegas, Tenteniguada— todos en su diversidad y esplendor, sin agravios, redondeando un día milagroso de luz.
Estuve en Valsequillo y la mañana se me fue corriendo, como el aroma por las esquinas. Luego vi las colas del hambre sana, ensayando la herencia de la posguerra. No vi al cura ni la iglesia abierta, ni la banda municipal. Sí estaba, la trilla sacudiendo la paja en el ojo, el cochino estirado esperando la devoración.
También vi gente alegre; a un alcalde orgulloso charlando con su pueblo, acompañado de otra alcaldesa mediática y espontánea, sin protocolos ni ostentaciones. Sencillos. Cercanos.
Una chica preguntaba angustiada dónde estaban los almendreros en flor, mientras timples y parrandas charrasqueaban bajo los toldos. Un señor encantador seguía en comunión con una piedra, partiendo almendras y enseñando a los niños a no majarse.
A unos les pareció un fracaso —aunque no sabían explicar por qué—; a otros, fantástica, por la calidez que allí se destilaba.
Hoy estoy en paz con mis palabras. Encontraron eco al decir que lo más hermoso de esta fiesta, en la sencillez del deseo compartido, fue el regalo maravilloso de una mañana de primavera, tejida de armonía y tradición.
Hasta los pájaros viajaron en guagua gratis, de un barrio a otro, y los almendreros agitaron sus ramas como mangas de colores.
Feli Santana








