LELO SIEMPRE ME PARECIÓ EL ABUELO DE HEIDI
Raíz, memoria y dignidad de un pueblo

En esa mirada paisana y amable, llena de esencia y andares. Siempre amando la montaña, que forma parte de su paisaje; convirtiendo la comunión con la tierra en una exigencia de su felicidad.
Lelo del Pino cultivó, de su querida Tenteniguada, el alivio de sentirse útil y sostuvo la bandera que reivindica la lucha por la tierra y la justicia social. Comulgó siempre con la revolución de izquierdas, aprovechando la complicidad de su pensamiento filosófico con la vida.
El amigo Lelo es, casuísticamente, memoria y acción; pensamiento y denuncia de una clase de personas comprometidas con la cultura social. Heredero de tradiciones, cuentos y memorias. Sentarse a charlar con Lelo es participar de los retazos del tiempo, encontrar la medida de lo oportuno y lo consecuente. Carpintero de tierra adentro, devolvió a la misma sus plantaciones anuales de almendreros, cuidando siempre el equilibrio.
Que su pueblo le reconozca en las entrañables fiestas del almendrero en flor con el Gajo de Plata solo viene a reflejar la generosidad de complacer, con su estilo, a un hombre bueno, curtido en la esencia de sus antepasados para repartir, a puñados, cuentos e historias de lomitos y barrancos por los andurriales de medianías.
Valsequillo es anécdota cotidiana de sentires y arrancadillas, de cachazudos y ermitaños de labranza; y en esa tolerancia propia del estilo de pueblo, la observación encauza la memoria histórica al relato de las vivencias, como testigo del cultivo de las tradiciones orales y de las leyendas sensatas que solo un ávido observador socarrón alimenta en el pensamiento.
Ese algo más que Lelo transporta —su experiencia labrada— lo convierte en consejero entrañable y ciudadano ejemplar, cuando sigue lidiando con la bandera de la concordia y la ejemplaridad para los suyos; cuando enhebra, desde la sabiduría, las lecciones y convierte su impronta en respuestas a las actitudes de lucha por el bienestar social.
La figura de Lelo del Pino es, para Tenteniguada, la fiel respuesta del paisaje adorado en invierno: el colorido que salpica los almendreros en umbrías y solanas; el colchón de nubes que baja a la labranza del refresco en los atardeceres invernales. El repique de las campanas de la iglesia, como mensajero encriptado de religiones y costumbres antiguas; la bulla en los bares y el silencio en los entierros; el sacho en las tornas, como el serrucho en el corte; los relinchones salpicando un paisaje amarillo de gracia y alivio.
Y en el atardecer, sumido en un libro, cultiva el pensamiento de la lectura, que lo transporta sobre los riscos de Tenteniguada, hilvanando y meditando historias del mundo y la esencia del tagoror, danzando entre las hogueras del tiempo y el frío de las tarosadas.
Nuestro Lelo Del Pino, siempre me pareció la imagen del abuelo de Heidi…
De mirada amable, tranquilo, sabio, con la hermosura del tiempo colgada de sus barbas blancas. En ese Gajo de Plata cuelgan un montón de caricias de los tuyos, el eco del canario agradecido y respetuoso con los hombres de buena voluntad, así en Valsequillo como en el cielo.
Feli Santana
