UNA VACUNA QUE LEVANTA EL ÁNIMO

ANXEL VENCE
ANXEL VENCE

El laboratorio que en su día inventó la Viagra acaba de provocar una fuerte erección a las Bolsas de todo el mundo con una vacuna dotada -y bien dotada- de una eficacia del 90 por ciento contra la Covid-19. Nada más publicarse el hallazgo, la nueva fórmula milagrosa le ha levantado al parqué español su mayor crecimiento en diez años, cifrado en un 8,6 por ciento de subida en un solo día.

Noticias así elevan el ánimo de la población y, lo que es más importante, el de los mercados de valores. Cuando la Bolsa sube, lo hace también la moral de la gente, últimamente tan alicaída por otras erecciones menos deseables como, un suponer, las de la creciente curva de infectados por el SARS-CoV-2. Ahora que la segunda ola del virus nos iba sumiendo en la miseria, parece llegar por fin la kriptonita capaz de hacerle perder sus inmensos poderes al bicho.

La dichosa vacuna Pfizer

Otras muchas vacunas están ya en fase más o menos avanzada; pero solo la de la farmacéutica Pfizer ha conseguido poner a cien a los mercados del mundo entero sin más que anunciar su hallazgo. Parece lógico. La credibilidad que los inversionistas le dan a esta vacuna -en contraste con su escepticismo frente a las demás- reside, sin duda, en que sus inventores son los mismos de la Viagra.

Conviene no olvidar que los milagros quedaban reservados a las vírgenes de Fátima y Lourdes hasta que esa firma norteamericana patentó la prodigiosa Viagra. Gracias al medicamento mágico, los varones a los que la edad o alguna dolencia privaban de los placeres de yacer con fembra placentera (como aconsejaba el Arcipreste de Hita) pudieron, por fin, subsanar tan lastimosa carencia. Un milagro contemporáneo.

De los benéficos efectos de la Viagra dio cuenta, no hace mucho, el pueblo irlandés de Ringaskiddy. Allí instalaron los fabricantes del producto una de sus factorías, que expelía por sus chimeneas un humo que, a modo de feliz contaminación, ponía palotes a los vecinos de la localidad sin más que aspirarlo. Contaba una camarera del lugar que, por su experiencia, bastaba «un soplo de aire» para que los parroquianos del bar se le pusieran «tiesos». Quizá exagerase.

Humos aparte, los usuarios de la ya célebre Viagra confirman las bondades de la pastilla azul. Funciona como un tiro, por decirlo de manera coloquial; y no parece que sus efectos colaterales sean lo bastante disuasorios, a juzgar por la ya larga experiencia de varias décadas.

Tan grande y revolucionaria ha sido la influencia de este fármaco que en Estados Unidos llegaron a proporcionárselo gratuitamente a los parados, años atrás, con la idea de que al menos pudieran llenar su ocio a la espera de encontrar un trabajo. Una medida de lo más misericordiosa si se la compara con los subsidios y aburridos cursillos de formación que se les ofrecía entonces a los desempleados españoles.

No menos trascendental podría ser ahora el efecto de la vacuna contra el virus desarrollada por los felices inventores de la Viagra. Si, en efecto, proveyese del elevado grado de inmunización que anuncian sus descubridores, la nueva pócima evitaría al mundo millones de muertes y pérdidas económicas mucho más millonarias.

Solo es de esperar que la reacción de las Bolsas, siempre tan sensibles a estos asuntos del dinero, sea el preludio a la confirmación de que el brebaje funciona. Ya iba siendo hora de que alguien experto en erecciones nos levantase la moral.

ANXEL VENCE

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