FELIPE Y EL PSOE

Rafael Álvarez Gil

Una cosa, natural en política, es que un líder y organización mate al padre en términos freudianos y otra bien diferente es que se abra un cisma interno fruto de que se interrumpa la continuidad histórica de una etapa a otra. Es decir, que un partido deje de reconocerse en su legado y trayectoria. En este dilema se encuentra Felipe González: quiere cumplir su rol de digno preboste que supo liderar la renovación del PSOE tras el cónclave de Suresnes y, sin embargo, nadie en Ferraz le hace caso. O, peor aún, se ha convertido en un enemigo a batir por la jauría cibernética y la justicia tuitera.

Felipe González, un preboste privilegiado

El expresidente del Gobierno no influye en el PSOE, su última ocasión fue cuando destronó a Pedro Sánchez en 2016 porque se corría el riesgo de ir a unas terceras elecciones generales donde el centroizquierda seguiría bajando. Empero, aquella operación acabó fracasando porque en el proceso de primarias entre Sánchez y Susana Díaz se finiquitó el modelo de partido que germinó en Suresnes. Luego Sánchez se enfrentó al Grupo Prisa y ahora, amén de la carambola exitosa de la moción de censura contra Mariano Rajoy, está en La Moncloa.

Adriana Lastra marcó las distancias con González y este le responde ahora: «Nadie me manda callar». ¿Pero qué hará el expresidente? Porque la evolución del PSOE y su criterio personal seguirán desviándose irreversiblemente. Él es, de largo, el político célebre de la Segunda Restauración. Y ambiciona retornar a un bipartidismo dinástico y sistémico que no volverá. Por lo que el PSOE se ve obligado a entablar un frente de izquierdas con los nacionalismos periféricos porque, de lo contrario, la única opción es abrazarse al PP. Y una gran coalición a la alemana es solución, si acaso, puntual pero nunca estructural. El horizonte certifica que el trecho entre González y el PSOE será cada vez mayor.

Si justo el expresidente en 1993, tras perder la mayoría absoluta, prefirió pactar con el ‘pujolismo’ antes que con la IU capitaneada por Julio Anguita, ¿cómo va a simpatizar con ERC y EH Bildu? No le sirvió la candidatura de Díaz, que cometió el error de intentar abandonar la política andaluza e ir a Madrid a destiempo. Y el funcionamiento de un partido de cuadros, forjados bien en su época o con José Luis Rodríguez Zapatero, sucumbió y tampoco retornará. Nació entonces el ‘nuevo’ PSOE, bautizado por Sánchez. Así las cosas, González predica en el desierto. Si opta por el silencio y el recato de la desaparición pública, que no lo hará a tenor de su voluntad, no hay crisis; si decide seguir, tal como ha indicado, denunciando lo que considera erróneo, esta situación no puede alargarse indefinidamente. Ni para él ni para Alfonso Guerra. Alrededor de Sánchez mascullarán cómo retirarlos a uno y otro, puede que incluso de la militancia.

El tiempo dirá. Eso sí, el divorcio es evidente: la decadencia del sistema del 78 conlleva la crisis del PSOE. Por eso en Ferraz se preguntan qué hacer con ambos.

RAFAEL ÁLVAREZ GIL

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