LA CRISIS POLÍTICA (Y TERRITORIAL) Y EL SALTO A LO DESCONOCIDO

rafael alvarezDetrás del tema sanitario subyace una crisis política: tanto dentro del Gobierno como a cuenta del asunto territorial donde se ha enclaustrado el modelo autonómico; lo que, en circunstancias normales, debería reflejarse de algún modo en las relaciones entre el PSOE y sus socios parlamentarios con el debido desmarque. Los nacionalismos se inquietan ante el 155 encubierto que ha permitido la urgencia. Es decir, a la hora de la verdad, se recentraliza el poder obviando al autogobierno, que es lo que viene a denunciar Quim Torra. La operatividad total desde La Moncloa deja a los presidentes de comunidades autónomas emulando a los gobernadores civiles de antaño. No cabe duda: habrá consecuencias cuando esta pesadilla (ojalá que sea pronto) acabe. Pero cuando el Estado se las ve y se las desea, no sin razón, los Estatutos de Autonomía no pueden denotar una sensación de carta otorgada. En el federalismo asimismo puede haber medidas coercitivas emprendidas desde un mando único, de reagrupamiento del poder, faltaría más, pero se ha desatado la naturaleza de un modelo de descentralización que fue concebido en la Transición principalmente para dar encaje a Cataluña y que ahora corre el riesgo de diluirse jaleado por la derecha mesetaria.

 

Lo que teme el soberanismo catalán y, por ende, debería provocar una reflexión en el resto de los nacionalismos, es que se visualiza que el nivel de descentralización no irá a más y que, por lo tanto, gana enteros la premisa de la derecha que en la Transición vio en las autonomías un punto de llegada (de no ir a más en ningún caso) mientras que para las izquierdas (se supone) eran tan solo un comienzo.

«El estado de alarma y el despliegue policial y militar nos lleva a otra dimensión. Supone un salto político a lo desconocido»

Ahora bien, lo que los nacionalismos periféricos temen en este momento es que el PSOE se haya sumado (o se vea tentado a hacerlo) al carro de la recentralización al alimón del panorama de urgencia y crisis sanitaria. Porque no está evidenciado en ningún lado que el modelo de Estado (uno u otro) sea determinante (mejor o peor) para combatir el coronavirus. Cuando menos, es discutible. Ese recelo ya está presente en el PNV y, por supuesto, en JxCat y ERC.

El estado de alarma y el despliegue policial y militar nos lleva a otra dimensión. Supone un salto político a lo desconocido cuyos efectos con el tiempo no podemos calibrar. Para hacernos una idea en el imaginario social y salvando las debidas distancias, ni Adolfo Suárez en plena Transición ejecutó un estado de alarma o similar.

Cuando esto pase, el escenario político tornará en otro. Esto no será un paréntesis de unas semanas o un par de meses para después retornar a la cotidianeidad antigua. Antes o después los aplausos (más que merecidos) en los balcones dirigidos a los héroes sanitarios, no podrán tapar el descontento político latente.

Serán las próximas encuestas las que calibren el pulso social. Tampoco cabe obviar las importantes tensiones en el Gobierno de coalición y los potenciales llamamientos a un Ejecutivo de unidad nacional. La susceptibilidad instalada entre la ciudadanía, entre todos nosotros, existe e irá a más con el transcurso de las jornadas y el confinamiento quede consolidado para superar los quince días previstos inicialmente en el estado de alarma.

En fin, la sociedad empieza a despertar del shock del fin de semana. Pero no sabemos a qué atenernos de cara a hacernos una idea de lo que vendrá cuando todo esto finalice. Las sensaciones son muy distintas, por no decir opuestas, y solo el calendario a medida que se consuma dejará pistas en relación al nuevo universo político. El coronavirus irrumpe como disrupción tajante.

RAFAEL ÁLVAREZ GIL

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