CUANDO QUEDARSE EN CASA NO ES UNA OPCIÓN

REBECALa recomendación de las autoridades de quedarse en casa para frenar la propagación del Covid-19 se está convirtiendo para muchos en un sacrificio de dimensiones épicas. Los grupos de whatsapp de amigos y familia no dan tregua con mensajes de quienes no disimulan su agobio y aburrimiento por un confinamiento que no es un capricho y que debería servirnos para reflexionar sobre la fragilidad de unas vidas sobre las que creíamos tener todo el control, hasta el punto de que habíamos planificado al dedillo muchos de los episodios que estaban por llegar.

Sin embargo, parece que todo lo que nos preocupa de un encierro que los expertos nos dicen es la herramienta más potente con la que contamos hasta la fecha para frenar el avance de la pandemia, es no poder ir al gimnasio, tomarnos una caña o darnos un paseo por Las Canteras. Vamos, que nuestra rutina haya saltado por los aires.

 

Entiendo que a la chiquillería el confinamiento se le haga cuesta arriba porque es mucha la energía a canalizar y llega un momento en que hasta los videojuegos saturan. Y si no, que se lo digan a quienes como unos vecinos míos han optado mandar a sus hijos un rato a la azotea cada día para que se desfoguen un poco jugando al fútbol y no se suban por las paredes.

Otra cosa son los adultos. Personas hechas y derechas que salen a los balcones a expresar, voz en grito, su aburrimiento tras haber permanecido apenas dos días es casa. Este domingo, primer día de ‘condena’, un amigo comentaba en un grupo de whatsapp qué habríamos hecho en una situación similar a esta 30 años atrás, en alusión a todas las posibilidades que en la actualidad nos ofrecen las nuevas tecnología en aras del ocio el entretenimiento y de las que carecíamos entonces. Mi respuesta fue que seguramente jugar al parchís en familia y echar unas risas haciéndonos trampas.

Pero hoy parece que hemos perdido la capacidad de concentrarnos en una actividad y nada nos conforma. Cuando tenemos a nuestro alcance la mayor oferta de música, cine, teatro, literatura o juegos de la que nadie ha podido disfrutar jamás y a la que podemos acceder desde cualquier dispositivo electrónico con conexión a internet, resulta que somos incapaces de encontrar algo lo suficiente atractivo como para dejar de lamentar nuestro encierro diez minutos.

Incluso los hay tan inconscientes que no dudan en saltarse la prohibición de salir a la calle sin un motivo justificado sin entender la irresponsabilidad que eso supone para ellos mismos y sobre todo para quienes sí que se ven obligados a transitar nuestras calles para garantizar los suministros sanitarios y de alimentos y para velar por la seguridad de todos.

Me resulta incomprensible que asistamos en directo al incremento en el número de casos y de muertes cada día y que unos cuantos, lejos de atender la recomendación de un personal sanitario que se desvive por dar respuesta a las personas afectadas, solo capten el mensaje en forma de sanción económica que los agentes policiales se han visto obligados a imponerles.

Creo que lejos de lamentarnos de nuestra suerte deberíamos festejar nuestra suerte, que no es otra que la de estar vivos y tener salud. Por eso pienso que deberíamos tomar esta situación como una oportunidad más que como un castigo, una oportunidad para hacer esas cosas que siempre se han de quedar para otro momento porque la exigencia del día a día devora nuestro tiempo. Es el momento de retomar el libro que muchas veces duerme sobre la mesita de noche esperando la ocasión en que el sueño no nos venza, de ver la serie de la que todos hablan y para la que nunca encontramos un hueco o poner en orden el armario y deshacernos de tantas cosas que no necesitamos. Y sobre todo, para ponernos al día con quienes tenemos al lado.

Pero sobre todo esta circunstancia singular que nos toca vivir nos brinda la ocasión de reflexionar sobre la fortuna que tenemos de tener la nevera llena o de poder ir al super si se nos antoja algo, de disponer de agua corriente y electricidad y de decir que las cuatro paredes de nuestros hogares se nos caen encima por este confinamiento forzoso. Y es que hay otra realidad más allá de nuestro ombligo, la de personas que carecen de lo básico, incluida la compañía de otro ser humano, y para las que desafortunadamente permanecer en casa ni siquiera es una opción.

REBECA DÍAZ

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