CON VOZ PROPIA

V. EL HOMBRE QUE SIEMPRE LLEGABA CON UNA IDEA DEBAJO DEL BRAZO

Todos los pueblos tienen personas que hacen cosas.

Y, de vez en cuando, aparece alguna capaz de hacer que las hagan los demás. No abundan, de esos nacen muy pocos. Aquí hubo uno.

Nunca llegaba con las manos vacías. Si no traía una canción, venía con una ocurrencia o aparecía con un libro.

Con diez minutos hablando con él era suficiente para que uno acabara diciendo ¿Y si lo hacemos?

Tenía esa rara habilidad de convencer sin mandar, de ilusionar sin prometer de hacer un tenderete sin avisar.

Y sobre todo, de mirar el pueblo como quien mira un cercado lleno de semillas, sabiendo que cada una necesita un cuidado distinto.

No trabajaba solo nunca. Porque entendía algo que algunos tardan toda una vida en aprender, que los pueblos no cambian por culpa de un líder.

Cambian cuando muchas personas descubren que también pueden empujar y participar, y empezó a pasar una cosa curiosa.

El que sabía cantar acabó enseñando, los que conocían un sendero terminaron guiando a otros, los que tenía facilidad para organizar acababan organizando y el que sabía escuchar… ese era el más importante de todos.

Porque fue naciendo una costumbre que hoy parece fácil, pero entonces era casi revolucionaria. Compartir.

Compartir lo que uno sabía, compartiendo el tiempo, las ganas y hasta los errores. Y cuando eso ocurre ya no hace falta preguntar quién manda.

Porque todos empiezan a sentirse partícipes y responsables.

Fue entonces cuando el pueblo empezó a descubrir rincones que siempre habían estado allí, como los barrancos por donde ya casi nadie caminaba, los senderos que solo conocían las cabras y los viejos, las casas antiguas que guardaban más historias que muebles, eras donde todavía parecía escucharse el ruido de la trilla cuando soplaba el viento.

No iban de excursión, iban a presentarse.

A decirle al pueblo, mírate bien… porque todo esto también eres tú, y el pueblo empezó a reconocerse, no solo en el casco, también en los barrios.

Porque comprendieron que un pueblo no termina donde acaba una calle, pero sí continúa y empieza en cada puerta donde alguien sigue sintiendo que pertenece a un lugar.

Así comenzaron a encenderse pequeñas hogueras, conversaciones en un barrio, reuniones en otro, y había actividades donde nunca había pasado nada.

Un grupo de vecinos descubriendo que juntos podían hacer mucho más que cada uno por su cuenta. Nadie hablaba todavía de participación, ni de dinamización, ni de proyectos. Se hablaba de echar una mano, que diciéndolo así parece menos importante. Pero mueve montañas.

Y mientras unos enseñaban y otros aprendían y escuchaban, algunos recuperaban historias y otros descubrían que cada barrio tenía la suya.

Y así se organizaban caminatas, entendiendo que recorrer un camino era también recorrer la memoria de quienes lo habían abierto a fuerza de pico y sacho.

Todo estaba unido aunque entonces casi nadie lo veía. La cultura dejaba de ser una actuación y empezaba a convertirse en una manera de vivir.

Había tardes en que daba igual si aquello terminaba en una charla, un ensayo en una fiesta o una reunión. Lo importante era que la gente salía de su casa se encontraba, se conocía y aprendía a confiar. Y un pueblo que aprende a confiar en sí mismo acaba descubriendo que también puede decidir su futuro.

Sin discursos sin necesidad de levantar la voz, simplemente dando un paso detrás de otro, como se suben los caminos en nuestra tierra.

Fue por aquellos años cuando entendí que las mejores escuelas no siempre tienen pizarras, algunas veces tienen una mesa larga, un termo de café o unos botellines, un timple, un laúd y unas guitarras apoyadas en una esquina. Y alguien empeñado en repetir una frase que todavía hoy me sigue pareciendo una de las más sabias que he escuchado nunca.

Si esto no lo hacemos nosotros… ¿quién lo va a hacer?

Nadie respondió.

No hacía falta. Porque sin darse cuenta, ya habían empezado a hacerlo.

Y aquella fue, quizá, la primera vez que comprendí que un pueblo no se transforma cuando cambia de alcalde. Empieza a transformarse mucho antes.

El día en que sus vecinos descubren que el pueblo también les pertenece.

MIGUEL MONZÓN

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