V. CUANDO LOS CAMINOS LLEGARON HASTA LA PLAZA

Hay caminos que te llevan por el monte, otros llevan a una era, algunos terminan en un barranco, unos pocos, sin que nadie lo planee, acaban llegando a la plaza.
Aquellos muchachos seguían haciendo lo mismo de siempre, escuchar, aprender, organizar, compartir. Solo que ahora había una pequeña diferencia, el pueblo ya no era el mismo.
Ahora cuando se hablaba de un camino, siempre aparecía alguien dispuesto a limpiarlo, cuando una fiesta corría el riesgo de aflojarse, había manos para volver a animarla, igual que cuando un barrio necesitaba una ayuda, nunca faltaba un vecino diciendo, ¿Y si entre todos…? Y casi siempre ese entre todos acababa siendo verdad.
Aquello ya no era una costumbre. Era una forma de vivir, y las formas de vivir tarde o temprano, hacen preguntas incómodas.
¿Por qué este barrio siempre espera más que los otros?
¿Por qué aquel camino sigue igual después de tantos años?
¿Por qué unas cosas parecen imposibles… hasta que las hace un grupo de vecinos un domingo por la mañana?
No eran preguntas contra nadie. Eran preguntas a favor del pueblo. Y eso cambia completamente las cosas, y es que cuando uno aprende a querer un lugar de verdad, deja de conformarse con mirarlo y empieza a cuidarlo.
Así fue naciendo otra manera de entender el compromiso, no hacía falta carnés, ni consignas, ni grandes discursos, con las botas llenas de tierra, con las manos ocupadas y a veces con noches quitadas al descanso.
En las reuniones se empezaba hablando de una actividad y terminaban hablando del barrio entero. De un barrio se pasaba a otro y de pronto alguien sacaba un problema que llevaba años ahí…
Había quien pensaba que aquello seguía siendo solo cultura, pero la cultura llevaba tiempo haciendo su trabajo por dentro. Había enseñado a escuchar, a respetar opiniones distintas, a que nadie sobra cuando el objetivo es común, y sobre todo que un pueblo no pertenece a quien lo gobierna, pertenece a quien lo quiere.
Un día alguien dijo una frase que fue pasando de boca en boca, señores si somos capaces de organizar todo esto… también seremos capaces de arreglar otras cosas.
Y nadie respondió.
Porque, en el fondo muchos llevaban tiempo pensándolo, y no fue una decisión fue una consecuencia, es como el agua cuando encuentra su cauce.
Había gente que nunca imaginaron verse hablando en una reunión de vecinos, pero acabaron haciéndolo, defendiendo un barrio, queriendo recuperar tradiciones Y descubriendo que también había que recuperar la costumbre de escucharse unos a otros
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Las puertas que antes se abrían para cantar, ahora también se abrían para conversar y las mesas donde se preparaba un picoteo servían después para hablar del alumbrado, del agua, de la plaza, del local o de una necesidad que llevaba demasiado tiempo esperando.
Y allí, entre café, bocadillos, unos botellines y alguna que otra discusión, se fueron dando cuenta de que aquello ya era otra cosa.
Todo parecía distinto y, sin embargo, todo era exactamente igual porque el motor seguía siendo el mismo, el cariño.
Y con los años llegaron las diferencias cosa que era inevitable, si es que hasta los hermanos discuten cuando quieren a la misma madre, y aquí no iba a ser distinto. Y mientras unos pensaban que el camino debía seguir por un lado otros juraban que era mejor doblar por el otro.
Desde fuera hubo quien creyó que aquello era una ruptura, yo nunca lo vi así lo que vi fueron ramas, cada una buscando la luz por un sitio distinto, pero todas nacidas del mismo tronco.
Y eso es algo que el tiempo por mucho que pase, nunca consigue borrar.
Todavía hoy, cuando paseo por mis barrios y veo a alguien arrimar el hombro sin esperar nada a cambio, sonrío para mis adentros…porque sé que esas cosas no nacen de un día para otro, alguien tuvo que enseñarlas.
Alguien tuvo que creer muchos años antes, que la mejor manera de cambiar un pueblo no era levantar la voz.
Era levantar personas.
Y esa, aunque casi nadie la escriba en los libros, sigue siendo la obra más difícil de todas.
MIGUEL MONZÓN
