CON VOZ PROPIA

I.- YO TAMBIÉN TENGO MEMORIA

Hay quien dice que los pueblos no tienen memoria.

Yo creo que se equivocan.

Lo que pasa es que la memoria de un pueblo no se guarda en los archivos. Se queda pegada en las piedras de los caminos, en el rumor del agua cuando baja por una acequia, en el olor de una parra al caer la tarde, en un almendrero que florece todos los febreros aunque nadie se lo pida o en una conversación cualquiera, de esas que empiezan hablando del tiempo y terminan arreglando el mundo.

Yo soy Valsequillo.

Y he visto pasar tanta gente que, si hablara de todos, no acabaría nunca.

He visto nacer niños que después se hicieron hombres. He visto despedir a muchos que se marcharon buscando un futuro lejos de estas tierras. He visto volver a otros con alguna cana de más, una maleta llena de experiencias y el mismo vicio de siempre, pararse a hablar con cualquiera antes de llegar a su casa.

Porque aquí siempre fuimos así.

Antes de preguntar a dónde vas, preguntamos ¿cómo está tu madre, y la familia?

Y eso, aunque parezca poca cosa, dice mucho de un pueblo.

No tuve nunca un reloj presidiendo la iglesia para marcar las horas, como en las historias que hablan de los pueblos. Nunca me hizo falta. Aquí el tiempo lo marcaban otras cosas.

Las campanas de San Miguel. El agua llegando a la cantonera. La sombra de la iglesia estirándose por la plaza. El primer almendrero que florece. El olor de la tierra y las papas recién cogidas.

Y el silencio.

Sí… el silencio también marca el tiempo.

Porque hubo años en que empecé a quedarme demasiado callado. Los jóvenes se marchaban. Los viejos se iban apagando.

Y con ellos se iban palabras que ya nadie repetía, canciones que ya nadie cantaba y costumbres que parecían condenadas a desaparecer sin hacer ruido.

Yo mismo llegué a pensar que aquello era ley de vida.

Que los pueblos, igual que las personas, también envejecen.

Hasta que un día aparecieron unos muchachos.

No eran más listos que nadie. Ni más importantes.

La verdad es que, vistos desde fuera, tenían más pinta de buscadores de imposibles que de otra cosa.

Mientras otros corrían detrás de las novedades, ellos andaban detrás de los recuerdos.

Y eso, para la época, tenía su punto de locura. Preguntaban demasiado.

Preguntaban por qué un camino se llamaba de aquella manera. Por qué un naciente tenía aquel nombre tan raro.

Quién era el que había levantado un muro piedra sobre piedra sin más ayuda que sus manos.

Qué significaba una palabra que solo pronunciaba una de nuestras vecinas mayores del barrio.

Cómo era aquella estrofa que el pastor tarareaba y decía que la aprendido de su padre.

Al principio muchos sonreían. Déjalos, ya se cansarán. Pero no se cansaron. Cuanto más descubrían, más preguntas hacían.

Y cuanto más preguntaban, más gente empezaba a recordar.

Había algo curioso en ellos. No iban enseñando. Iban aprendiendo.

Escuchaban más de lo que hablaban.

Y eso, en cualquier época, siempre ha sido una virtud que escasea.

Yo los veía caminar por mis senderos con una libreta bajo el brazo. Entraban en las casas buscando una canción y salían con una historia. 

Preguntaban por una fiesta y acababan descubriendo un oficio.

Iban detrás del nombre de un barranco y terminaban escuchando media vida de quien se lo contaba.

Ellos todavía no lo sabían.

Pero estaban haciendo algo mucho más importante que recoger recuerdos.

Estaban devolviéndoles valor.

Porque una cosa es tener memoria.

Y otra muy distinta es darse cuenta de que merece la pena conservarla.

Fue entonces cuando empecé a notar que algo estaba cambiando.

Muy despacito. Sin pancartas. Sin discursos. Sin hacer ruido.

Como crecen los almendreros.

Hubo quien volvió a sacar un instrumento que llevaba años colgado en una pared. Hubo quien recordó una letra que creía olvidada.

Hubo quien abrió un baúl donde dormían fotografías, papeles y pequeños tesoros que ya nadie miraba.

Y hubo muchos mayores que dejaron de pensar aquello de ¿Para qué voy a contar esto, si ya no le interesa a nadie?

Porque, casi siempre, aparecía alguno diciendo, Cuéntelo otra vez… no vaya a ser que mañana ya no haya quien se recuerde.

Y el viejo sonreía.

Sin darse cuenta, no estaba contando una anécdota. Le estaba regalando un pedazo de pueblo al futuro.

Yo, que llevo aquí mucho antes que todos ellos, empecé a comprender una cosa.

Hay personas que llegan a un sitio para vivir en él.

Y hay otras que llegan para despertarlo.

Aquellos muchachos todavía no eran conscientes.

Creían que estaban buscando canciones, nombres, historias, oficios y caminos.

Pero, sin querer, estaban sembrando algo mucho más grande. Estaban enseñando a un pueblo entero a volver a mirarse con orgullo.

Y créanme…

Ese fue el principio de todo.

MIGUEL MONZÓN

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