VII. LO ÚNICO QUE DE VERDAD MERECE LA PENA
CUANDO UN PUEBLO APRENDIÓ A RECORDARSE

Si has llegado hasta aquí, ya sabrás que esta historia nunca fue de cuatro muchachos, ni de un grupo, ni siquiera de una época.
Fue mi historia, la historia de un pueblo, de Valsequillo, y de una manera de quererme.
Con los años he aprendido que las cosas importantes casi nunca empiezan como después aparecen en los papeles, en las fotografías o en los libros.
Empiezan una noche cualquiera, en una conversación, cuando alguien tiene una ocurrencia, o un ¿y si hacemos esto? Y muchas veces sin saber muy bien hasta donde se puede llegar.
Porque yo no soy solamente mi iglesia, ni mi plaza, ni el ayuntamiento, ni mis casas, ni mis barrancos, ni mis senderos, ni mis nacientes… ni siquiera ese reloj que algunos jurarían haber visto siempre en mi iglesia y que, sin embargo, nunca existió.
Yo soy las personas, las que estuvieron, las que llegaron después, las que se fueron y todavía llevan un cachito de mi dentro.
Soy aquel vecino que un día abrió una puerta para que otros pudieran entrar, el que limpió un camino o enseñó canciones, o se sentó a escuchar a un viejo, aquellos que tuvieron y tienen un rato para un ensayar, para ayudar sin que nadie se enterara ni se entere.
Soy todos esos pequeños gestos que casi nunca salen en los libros y que, sin embargo, son los que me han ido haciendo como soy. Y también soy las personas que consiguieron que otros quisieran seguir viviendo en mí, aunque algún día tuvieran que marcharse.
Y AHORA, SI ME PERMITEN, VOY A GUARDAR SILENCIO.
NO PORQUE YA NO TENGA NADA MÁS QUE CONTAR.
AL CONTRARIO.
TENGO DEMASIADAS COSAS.
Historias que nunca llegaron a escribirse, nombres que se fueron perdiendo, conversaciones que solo recuerdan quienes estuvieron allí y pequeños gestos que seguramente nadie consideró importantes en aquel momento.
Pero a lo mejor eran precisamente esos los que más importaban.
Porque las historias de verdad nunca terminan cuando se acaba la última página, terminan el día en que ya nadie las cuenta.
Y mientras quede alguien que siga preguntando, escuchando, enseñando, aprendiendo o echando una mano sin esperar nada a cambio…mientras haya alguien que abra una puerta para que otros entren… mientras haya alguien que mire un camino, escuche una historia, una canción y piense que no se puede dejar perder…mientras haya alguien que se siente junto a un mayor para escuchar lo que todavía recuerda…yo seguiré encontrando el camino de vuelta hacia mí mismo.
Y eso… eso sí que no hay tiempo capaz de borrarlo.
Porque después de tantos años, de tantas personas, de tantos caminos y de tantas historias, he aprendido una cosa, que posiblemente lo único que de verdad merece la pena no es lo que unos hicieron por mí, es lo que consiguieron que otros siguieran haciendo después de ellos.
Y si algún día alguien pregunta quién empezó todo aquello, quién sabe, igual no encuentra una respuesta.
Y CASI MEJOR QUE SEA ASÍ.
PORQUE CUANDO UNA HISTORIA ACABA SIENDO DE TODOS, DEJA DE TENER DUEÑO.
Y entonces ya no importa quien puso la primera piedra.
Importa que alguien siga poniendo la siguiente.
A TODAS LAS PERSONAS QUE ALGUNA VEZ ME QUISIERON, TRABAJANDO POR MI, AUNQUE CASI NADIE LLEGARA A SABERLO.
A los que estuvieron, a los que están y a los que vendrán.
Porque yo soy Valsequillo.
Miguel Monzón
