CON VOZ PROPIA

III. EL DÍA QUE EL PUEBLO DEJÓ DE PEDIR PERMISO PARA SER QUIEN ERA

Hay cambios que hacen mucho ruido.

Y hay otros que solo descubres cuando ya llevan años ocurriendo.

Este fue de esos.

Nadie convocó una reunión para decidirlo. No hubo un bando pegado en la plaza.

Ni salió nadie diciendo que, a partir del lunes, Valsequillo iba a mirarse de otra manera. Simplemente pasó.

Un día, sin saber muy bien por qué, dejó de darnos vergüenza decir de dónde eramos. Parece una tontería. Pero no lo es.

Hubo un tiempo en que muchos pensaban que lo bueno siempre venía de afuera. Las mejores ideas. Los mejores profesores. Los mejores músicos. Las mejores fiestas. Las mejores soluciones.

Era como si vivir en un pueblo obligara a pedir perdón por ser del pueblo.Y eso, aunque no se dijera, dolía.

Hasta que empezamos a descubrir que aquí también había sabiduría.

Solo que hablaba bajito. Vivía en casas humildes. Vestía ropa de trabajo.

Y nunca presumía de lo que sabía.

Recuerdo a un hombre que conocía cada sendero mejor que las líneas de su mano. No llevaba mapas. Los llevaba en la cabeza.

Y una mujer que era capaz de cantar una canción entera sin haberla escrito jamás en un papel.

O aquel otro que discutía media tarde por el nombre de un risco porque decía que cambiarle el nombre era como cambiarle el apellido al abuelo.

Entonces algunos empezaron a comprender una cosa muy sencilla.

Que un pueblo no se pierde cuando derriban una casa vieja.

Empieza a perderse cuando deja de saber por qué aquella casa estaba allí.

Y sin hacer ruido fueron ocurriendo pequeños milagros.

Volvieron canciones que parecían cansadas de esperar.

Los caminos empezaron a llenarse otra vez de pasos.

Las plazas recuperaron conversaciones que no hablaban solo del tiempo.

Las noches dejaron de ser únicamente noches. Algunas volvieron a llenarse de misterio. De personajes que caminaban entre la risa y el respeto.

De historias que los mayores llevaban contando toda la vida y que, de pronto, los niños escuchaban con los ojos como platos.

NO ERA TEATRO. NO ERA FOLCLORE. ERA ALGO MUCHO MÁS DIFÍCIL DE EXPLICAR.

Era un pueblo reconociéndose. Y cuando un pueblo se reconoce, deja de imitar. Empieza a caminar con sus propios pies.

Lo curioso es que nadie parecía darse importancia.

Mientras unos preparaban una canción, otros andaban limpiando un sendero.

Mientras alguien buscaba una vieja fotografía, otro discutía con un abuelo porque juraba que aquella historia había ocurrido un poco más arriba, junto a una era que ya casi nadie recordaba.

Y siempre aparecía alguien dispuesto a echar una mano.

Sin preguntar de quién era la idea. Ni quién se llevaría el mérito.

Aquello tenía algo que hoy echo de menos. La alegría de hacer las cosas porque sí.

Porque el pueblo lo merecía. Porque era bonito.

Porque daba gusto ver a un viejo emocionarse al comprobar que alguien seguía pronunciando aquellas palabras que él creía condenadas al olvido.

Con el tiempo empezaron a llegar personas de otros lugares.

Venían a contar. Pero también venían a escuchar. Y aquello fue un descubrimiento.

Resultó que un pueblo pequeño podía convertirse, por unas horas, en una ventana abierta al mundo.

Había noches en las que uno salia con más preguntas de las que llevaba al entrar.

Y eso era una buena noticia. Porque las respuestas, tarde o temprano, envejecen. Las preguntas mantienen joven a un pueblo.

Sin darse cuenta, aquellas reuniones fueron sembrando otra costumbre.

La de pensar juntos. La de discutir sin romperse. La de entender que querer un pueblo no consistía en decirlo muy alto, sino en dedicarle tiempo.

Mucho tiempo. El que nunca sale en las fotografías. El que nadie aplaude.

El que nadie paga. Y fue entonces cuando comprendí algo que todavía hoy sigue siendo verdad.

Las personas pasan. Las generaciones cambian. Los nombres se olvidan.

Pero las maneras de hacer las cosas… esas permanecen.

Porque un niño que creció viendo a los mayores compartir lo que sabían, de mayor también compartiría lo suyo.

Porque quien aprendió que un camino era parte de la historia del pueblo nunca volvería a verlo solo como un camino.

Porque quien descubrió que una canción podía guardar la memoria de varias generaciones jamás volvería a cantarla de la misma manera.

Sin saberlo, habían conseguido la obra más difícil de todas.

No levantar un edificio.

No organizar una fiesta.

No ganar una discusión.

Habían logrado que un pueblo empezara a educarse a si mismo.

Y esa clase de escuelas…

MIGUEL MONZÓN

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