EL TIZNAO (2)

—¡Este jodido chiquillo me va a sacar del mundo!
Ya entrado en la senda, que por momentos se cerraba en retamas, comenzó a desvanecerse el camino poco a poco, y ya casi tenía que adivinar por dónde continuar.
Le habían dicho que un poco más arriba de la Media Libra de Pan, y a la izquierda, se encontraban las piedras, que eran tres, pero que solo dos tenían ese peculiar sonido. Nadie sabía su procedencia, tan solo los paganos guanches se reunían en sus ritos allí, probablemente haciéndolas sonar para adorar al Maligno, un tal Alcorac, al que daban más credibilidad que a Nuestro Señor Jesucristo…
Cuando llevaba un rato caminando entre retamas y helechos, comenzó a darse cuenta de que iba a ser casi imposible que encontrara las tres piedras; ya empezaba a caer la noche y no quería quedarse a oscuras en aquellas laderas, y mientras cavilaba cómo encontrar el camino de vuelta, una densa niebla comenzó a hacerse dueña de todo lo que podía ver el Tiznao.
El mar de nubes comenzó a agolparse en las laderas, cerrando toda visión que pudiera ayudar al Tiznao a orientarse. Cuando el inocente tomó conciencia de la situación en la que se encontraba, su mente se paralizó y un frío sudor corrió por su frente. El tiempo se detuvo: nunca en su vida se había encontrado fuera de lo que conocía, y todos los cuentos que, a través del Canelo, le habían llegado empezaron a rebotar en las paredes de su cabeza; imágenes del Perro Maldito y de viejas de horrible rostro cubiertas por velos, el ulular del viento entre la vegetación, fueron transformados en su mente por susurros de lenguas desconocidas.
Ni aunque hubiera encontrado las tres piedras y las hubiera hecho sonar, habrían temblado tanto sus delgadas rodillas. Comenzó a caminar sin rumbo cierto, con la indecisión del que se asoma al vacío: cada paso era una duda, cada dirección una nueva incertidumbre, y fue así que, sin saber cómo, llegó a una cueva con una pequeña entrada, y allí se metió.
En lo alto se podía adivinar una bóveda con una apertura horizontal de medio metro aproximadamente, que permitía que la poca luz de día que quedaba iluminara vagamente el contorno de toda la estancia. Pudo distinguir unas marcas en lo alto, alrededor de donde el débil foco de luz apuntaba; también observó una especie de figuras geométricas en las paredes inferiores, además de objetos de cerámica esparcidos por el suelo, con el polvo de generaciones acumulado sobre ellos. Ya faltaba poco para que la noche sobrevolara completamente aquellas tierras con su manto y la oscuridad se apoderara del reino del Maligno…
En casa, Doña Aurelita empezaba a preocuparse, pues ya hacía rato que tenía que haber llegado Pablín, como lo llamaba cariñosamente. -¡Este jodido chiquillo me va a sacar del mundo!- refunfuñaba mientras encendía el hornillo, al tiempo que colocaba las escudillas sobre un trozo de tela, a modo de mantel, alrededor del cual se iban arrimando para cenar leche con gofio a la luz de un quinqué.
Cuando fueron pasando las horas, el enojo empezó a transformarse en angustia al ver que de Pablín no se sabía nada, y fue cuando directamente mandó a su marido, Cornelio de las Lamentaciones, a consultar a los vecinos si habían visto al muchacho por un casual.
El pobre hombre siempre estuvo a la sombra de Doña Aurelia, que lo dirigía como si fuera una de las ovejas de Triunfito el pastor cuando su perro Suspiro corría detrás de ellas. No obtuvo ni una seña del muchacho, y por orden de Aurelita fue a avistar al cura, Don Vicente, que a esa hora podríamos decir que en cierto modo albergaba dentro de sí alrededor de litro y medio de la sangre de Cristo, así era su fervor por el Santísimo… Por lo que de su boca solo se oyeron advertencias del poder de la Bestia: —Seguro que algo bueno no estaba haciendo, estoy cansado de decirlo, el Maligno acecha con sus perros desde las sombras…— al tiempo que se viraba para maestro Finito y, sin soltarse de la barra —no sea que la sangre de Cristo lo hiciera caer sobre los sacos de trigo que se apilaban a un costado—, añadió: —Ponga otro fisquito más, que parece que la noche viene apretada y me voy a tener que ir ya…
HERMANN HELLBUSCH
