BENIGNO DE LA ALEGRÍA (I)

Cuando el joven Benigno de la Alegría emprendió el camino hacia la cumbre, sabía que haría noche en el pequeño caserío del Colmenar, no había subido nunca, ni conocía la zona pero confiaba en las indicaciones que le había dado su tío, que era marchante además de matarife. Tenía que llegar a la Plaza de San Miguel y después bajar por una pequeña calle que desembocaba en el mismo barranco, lugar donde reposaban las cuatro casas y un pequeño cuartel de caballerías, preguntaría por don Nicolás el carpintero en la bajada al pequeño pago y este le acomodaría para pasar la noche bajo techo, estaba todo hablado…
El joven Benigno de la Alegría iba a comenzar un nuevo trabajo en los altos de la isla, como aprendiz de herrero tenía conocimientos suficientes para trabajar en la Herrería de Numancio Ortega en San Mateo, donde se forjaban y afilaban herramientas propias de la labranza además de hacer cencerros para ganado y otras cosas que con el metal se pudieran ofrecer. Recomendado por su mentor en Ingenio don Chago Sosa a Numancito el de la cumbre, que como solo había tenido hijas, necesitaba una mano de hombre que le ayudara, pues los años se estaban apoderando de el.
Tan solo cargaba con una pequeña saca en la que guardaba una muda de ropa y unas alpargatas para ponerse cuando fuera preciso presentarse bien en casa de Don Nicolás, o en la propia herrería cuando llegase, como objeto de valor en una pequeña bolsita de tela llevaba un colgante con un relicario ovalado con la foto de su madre que en la gloría esté, como recuerdo. Era la única imagen que conservaba de ella, se la había llevado la tuberculosis cuando el era pequeño.
El camino se acercaba a las faldas del municipio de Valsequillo, y una imponente casona roja dominaba el valle que se abría a Telde, y tras rodearla se enfilaba un camino en dirección al centro de la isla. Tras pasar la casona, la otra mitad del valle se contemplaba en su parte alta donde acababa cerrada por una inmensa caldera volcánica que daba origen a todo el valle. Solo había caminado unos pasos desde la casona cuando al pasar una pequeña arboleda de pinos se le apareció una joven que podría tener su edad, y que tomaba el mismo camino que él.
La muchacha era bastante extrovertida por lo que enseguida entablaron conversación. Su nombre era María del Alma, se lo habían puesto en honor a su Bisabuela, él le contó que se dirigía al Colmenar para hacer noche y continuar hacia San Mateo al día siguiente, que si conocía a don Nicolás el carpintero, pues allí estaba su primer destino. Ella soltó tremenda carcajada por la coincidencia, ella era la hija de don Nicolás. Ambos continuaron camino, no sin sorprenderse por la increíble coincidencia. Benigno de la Alegría se sentía calmado con la compañía, María del Alma tenía una forma de expresarse tan especial que le hacía sentir serenidad, sus nervios por la nueva vida a la que se asomaba se habían disipado, se olvidó del cansancio de sus pies descalzos y tan solo disfrutó del camino y del increíble paisaje que se abría ante el a cada paso.
Llegaron a la plaza del pueblo, su iglesia era una edificación rodeada de calles empedradas y antiguas casas. María del Alma lo hizo entrar al templo para que contemplase a su patrón San Miguel, un santo que dominaba bajos sus pies al mismo diablo de las tinieblas en forma de Perro Maldito. Cuando Benigno de la Alegría lo vio en lo alto se sobresaltó, y agradeció que el Arcángel San Miguel lo hubiera atrapado y sometido, si no ¿qué sería de este mundo…?
Salieron del templo girando a la derecha. Se podía escuchar el alboroto en el Bar que se encontraba en el lateral del camino que bajaba al Colmenar, bajo una parra contigua se jugaba a la zanga y se bebía como si no hubiera un mañana, siguió a María del Alma y comenzaron a bajar una cuesta empinada, ya se divisaba el pequeño caserío. Tras recibir la indicación de la puerta en la que debía tocar, María del Alma lo abandonó y continuó a buscar un balde de agua al barranco. Benigno de la Alegría pensó que sería agua para poderse asear antes de acostarse. Cuando tocó el portón de madera, le abrió Nicolasito el Carpintero, un hombre serio e intimidante, de pocas palabras. Parecía estar enfadado con el mundo:
- “Usted es el tal Benigno de la Alegría supongo…” -dijo con una voz grave.
- “Sío señor”- respondió el joven.
- Pues pase, este es su cuarto esta noche, ahí tiene una palangana si quiere enjuagarse, en el pasillo tiene una talla si quiere beber agua y no me haga ruido en la noche, mañana con el alba puede usted continuar camino… si quiere cenar algo se sube usted la cuesta y en el bar de la plaza puede usted comer, le dejo el gancho en la puerta para que pueda usted volver si sale, pero le repito que nada de ruidos…
Aquel hombre sí que era de genio. No se le ocurrió al pobre Benigno de la Alegría ni abrir la boca, pasó a la estancia y se aseó lo suficiente como para subir al comer algo pues en su barriga se estaba abriendo un vacío que pedía a gritos ser completado tras la jornada acontecida. Subió la dura pendiente hasta la plaza, el bar tenía dos entradas, pero con unas puertas de media altura en las que no se podía pasar sin agacharse, la concurrencia se veía que era habitual, pues se trataban todos con la familiaridad que solo se da si se frecuenta lo suficiente, por lo que su entrada no pasó desapercibida y aunque nadie dijo nada, todos supieron de su presencia.
- “¿Qué va a ser lo suyo?”-le preguntó el dueño que se hallaba tras una barra bastante alta.
- “Si me pone usted un vasito de vino y lo que tenga para comer..
- ¿Le viene bien una escudilla de potaje con un pisco gofio?
- Eso mismo va bien
Nuestro hombre tras comer se reconfortó, llenó el abismo de su barriga y tras pagar salió y se sentó en la plaza, desde el interior del templo se oían voces susurrando los misterios del rosario. Le volvió a la mente la imagen de María del Alma, le había caído bien, recordó la impresión que le había causado la visión del aquel Perro Maldito que intentaba escapar del Arcángel, pero la tranquilidad que le daba la compañía de María del Alma lo había serenado. Probablemente ya no la vería más…
Cuando se cansó de contemplar el anochecer decidió bajar para entrar a la casa con luz, no fuera que Nicolasito no le hubiera dejado un quinqué o una vela encendida y se tropezase o hiciese ruido, cualquiera se atrevía a hacer ruido con el genio del aquel hombre. Cuando bajó a la casa ya estaba todo en silencio, por suerte encontró una vela encendida en el pasillo con la que se orientó para entrar en su estancia, la luna llena entraba por la única ventana y le permitía moverse sin tropiezos por el lugar.
La habitación se componía de un camastro de madera, una mesa con una palangana y una silla. Se sentó, volvió a sentirse nervioso cuando pensó en la nueva vida lejos de todo lo que conocía, los fantasmas de la incertidumbre trataron de conquistar aquella cabeza desde que la intuyeron en calma, pero el cansancio, el vino y la barriga llena fueron despejando el nerviosismo… y la imagen de María del Alma… sacó el relicario y tras abrirlo y besarlo lo colgó en poste del testero de la cama y se reclinó sobre la misma. Se durmió con la imagen de aquella muchacha tan diferente.
HERMANN HELLBUSCH
