ESO TIENE TRUCO

tameshiwari           Antes cuando éramos chicos si un chiquillo le tocaba la oreja a otro, eso se convertía en un desafío, así que cuando dos chiquillos se ponían a discutir, no faltaba nunca el provocante que los finchaba diciendo aquello de: ¡tócale la oreja, tócale la oreja!; otra cosa que se solía hacer cuando dos estaban a pique de pelear era esto: se hacían dos cruces en el suelo, una delante de cada contendiente y luego se le decía a cada uno “ esta cruz, la que quedaba a sus pies, es de la madre de aquel”, al otro se le decía lo mismo y si uno se los dos desbarataba (o desparataba como decíamos antes) la cruz, ya estaba el pleito armado. Porque como todos sabemos gente ha habido, hay y habrá que le gusta meter los perros en el zarzal y ellos se quedan fuera.

            La plaza de San Miguel ha sido un lugar de usos múltiples, allí se ha jugado, bailado, mociado, peleado y sétera. Pues bien, sucedió que un día se celebró una exhibición de artes marciales, concretamente de shorinji kempo. La pollería no puede acordarse porque hay mucho de esto ya, pero los sollajos como nosotros deben de recordarlo seguro. Nada que aquello fue un acontecimiento del carajo pa’riba, estaba la plaza espichada, tirabas un duro y no caía al suelo, y aquellos “karatekas” como les decíamos nosotros, partiendo una tonga de ladrillos con el canto de la mano; uno fue y le partió a otro un palo en la canilla y del taponazo llegó un cacho abajo a la casa de don Cristóbal, se estralló en la puerta de rejas como un cartucho; otro (aquello fue lo que más me gustó) partió un palo con el canto de la mano, el palo estaba finchado en dos papeles y estos finchados un poco más arriba (séase por derriba) en dos cuchillos que sostenían otros dos individuos (perdonen el modo de señalar). Partió el palo sin romper el papel, aquello fue la caraba.

            Pero como no todo el mundo piensa igual sucedió que se encontraba entre los espectadores Periquín y a su lado Miguelo Peñate y pega Miguelo a finchar a Periquín diciéndole “esto…, esto yo no me lo creo”, “pa mí que esto tiene truco”. Pa que ustedes se sitúen, estaba Periquín, virándos pa’llá pa las Vegas, en el banco que está al canto arriba, frente al bar Monzón, el que está más cerca de la iglesia. El hombre estaba con la pata izquierda en el piso, la otra en el banco, el codo derecho apoyado en la rodilla y el puño debajo de la barbilla y Miguelo pinchándolo, “pero muchacho, tu no ves que eso es to una trampa, los ladrillos, los ladrillos ya están partíos y más na que tocarlos se parten sólos muchacho; el palo, seguro que lo tienen serruchao con un corte finito pa que no se note y por ay se parte, pero tu no lo ves claro”.

Chacho, salta Periquín como un saltaperico al centro de la exhibición gritando: ¡ESO TIENE TRUCO, ESO TIENE TRUCO¡ Los japoneses se cogieron un mosqueo del carajo pa riba, pero trataron de tranquilizar a aquel volador esrabonao, y él empeñado ( cabezú que ha sido este hombre toda la vida), nada que a él no lo convencía nadie de que aquello no tenía truco. Entonces el máximo representante de la exhibición le dijo: “mire, si quiere que le demuestre que esto es cierto, usted me parte a mi un palo en la canilla y luego yo le parto a usted otro”, Periquín sin pensarlo le dijo con aquella vocecilla que Dios le dio: “no, yo se lo parto a usté en el pescueso”.

{jcomments on}

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.