II. LOS QUE ENSEÑARON AL PUEBLO A ESCUCHARSE

Dicen que hay personas que dejan huella. Yo he conocido unas cuantas.
Pero también he conocido otras que hicieron algo mucho más difícil, conseguir que la huella la dejara un pueblo entero.
Aquellos muchachos siguieron preguntando. Y cuanto más preguntaban, más puertas se abrían. No porque tuvieran ninguna llave especial.
Las puertas las abrían los demás.
Las abrían los viejos cuando veian que, por fin, alguien tenía tiempo para sentarse a escucharlos sin mirar el reloj.
Las abrían las mujeres que guardaban canciones en la memoria como quien guarda una receta de familia.
Las abrían los pastores, los agricultores, los artesanos y toda esa gente que nunca salió en los periódicos, pero que sabía cosas que no enseñaban en ninguna universidad.
Yo fui viendo cómo las tardes empezaban a llenarse de conversaciones.
No eran reuniones importantes. O por lo menos, nadie pensaba que lo fueran. Un café. Un botellin. Una guitarra apoyada en una silla, un timple. Un papel lleno de tachones.
Y alguien diciendo, espera… mi abuelo contaba otra versión. Y vuelta a empezar.
Había días en que discutían más por una palabra que otros por una herencia. Y curiosamente, siempre terminaban riendose.
Porque habían descubierto algo que merece la pena recordar.
Que cuando uno busca la verdad de un pueblo no gana quien más habla.
Gana quien mejor escucha.
Poco a poco fueron apareciendo melodías que llevaban demasiado tiempo dormidas. Palabras que casi se habían quedado desamparadas. Historias que solo vivían en la cabeza de cuatro mayores.
Senderos que seguían existiendo, aunque las zarzas hubieran intentado borrarlos.
Nombres de riscos, de lomos, de nacientes y de barranquillos que parecían empeñados en no desaparecer mientras hubiera alguien dispuesto a pronunciarlos.
Y yo empecé a notar una cosa. Ya no eran ellos solos.
Cada vez había más gente haciendo preguntas. Más vecinos mirando el pueblo con otros ojos.
Más jóvenes descubriendo que la modernidad no consistía en olvidar lo de antes, sino en saber de dónde vienes para decidir adónde quieres ir.
Hubo noches en las que las casas se llenaron de gente para escuchar hablar de cosas que, hasta hacía poco, parecían interesar solo a cuatro locos.
Y resultó que aquellos cuatro locos tenían razón.
Porque un pueblo que deja de aprender acaba creyendo que ya lo sabe todo.
Y ese es el principio de la pobreza, aunque se tenga dinero.
Después empezaron a ocurrir cosas todavía más curiosas.
Historias que llevaban años escondidas volvieron a caminar por las calles.
Viejas voces regresaron cuando muchos pensaban que se habían apagado para siempre.
Hasta los miedos antiguos, esos que nuestros abuelos contaban AL anochecer bajando la voz para asustar a los chiquillos, volvieron una noche a sacar una sonrisa al pueblo entero.
No era nostalgia. Era identidad. Era recordar que un pueblo también necesita sus leyendas. Sus silencios. Sus misterios.
Porque un lugar que olvida sus cuentos termina creyendo cualquier historia que le cuenten desde afuera.
Y mientras todo aquello iba pasando, casi sin hacer ruido, sucedió algo todavía más hermoso.
Empezaron a aparecer personas que querían enseñar. Pero no enseñar como quien reparte respuestas. Enseñar como quien despierta curiosidad.
Vi a jóvenes que llegaban con más dudas que certezas y se marchaban con una talega llena de preguntas nuevas.
Vi a otros descubrir que educar no era llenar una cabeza de conocimientos. Era encender una chispa.
Y cuando esa chispa prendía, ya no había quien la apagara.
Algunos llevaron esa manera de entender la vida a una escuela.
Otros a una asociación. Otros a un grupo de música. Otros a un barrio.
Y alguno terminó llevándola hasta una mesa donde se decidía el futuro del pueblo.
Pero eso vino después. Lo importante ocurrió mucho antes.
Lo importante fue que aprendieron una lección que no aparecía en ningún libro.
Que la cultura no era un espectáculo. Era una forma de cuidar a la gente.
Porque cuando un vecino recupera una canción, un camino o una historia, en realidad no está mirando hacia atrás.
Está diciendo a los que vienen detrás, toma… esto también es tuyo. No lo dejes perder.
Y así sin darse cuenta, aquellos muchachos fueron dejando de ser un grupo. Empezaron a convertirse en una manera de mirar.
Y esa, créanme, es la única forma de permanecer cuando pasan los años.
MIGUEL MONZÓN
