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UNA NOCHE COMO ESTA…

Valsequillo homenajea a sus mayores en una velada de música, convivencia y reconocimiento a quienes han dedicado años a mantener viva la participación y el espíritu de pueblo

Esta antológica frase es también el título de una memorable canción de mariachi en la voz del gran Vicente Fernández. Su alegre melodía escenifica la gloria de los momentos vividos en reunión, amistad y familiaridad. Yo acostumbro a escucharla en la versión de Alexis Escobar y siempre me invade una extraordinaria sensación de lucidez y plenitud.

Y esos gozos fueron precisamente los que acompañaron la gran velada de la noche de don Miguel —por aquello del respetable santoral—. La noche del Mayor. La noche de nuestros mayores, de nuestros abuelos y, en definitiva, de quienes han alcanzado esa hermosa plenitud que concede la veteranía.

Fue un acto con marcado carácter de pueblo y de familia. Una gran cena coordinada y engalanada con la mejor logística, donde la profesionalidad de Chencho y su equipo dejó un listón alto y elegante.

Sentar a varios centenares de personas bajo un mismo techo y alrededor de las mismas mesas no es tarea sencilla. Tampoco lo es coordinar los barrios, disponer de un servicio de transporte para facilitar el desplazamiento de nuestros mayores y conseguir que cada detalle encuentre su sitio.

Detrás hubo mucho trabajo y, sobre todo, un afecto especial hacia quienes nos precedieron.

La música, la excelente cena, el baile, las conversaciones y los reencuentros hicieron que, por momentos, todo pareciera sacado de un cuento de palacio. La sensación general fue brillante, pero más allá de la organización hubo algo todavía más importante: la felicidad que se respiraba.

Detrás estaba la Concejalía de Servicios Sociales coordinando; Cultura y Festejos organizando; y un buen número de personas de diferentes departamentos aportando su grano de arena para hacer posible una noche concebida para nuestros mayores. Un encuentro grande en dimensiones, pero cercano y familiar en el sentimiento.

Hubo también tiempo para el reconocimiento.

Angelito Ramírez y Ramón López recibieron la distinción y el cariño por tantos años de diligencia, constancia y dedicación al Club San Miguel. Dos personas que entendieron hace mucho tiempo que trabajar por los demás no consiste solamente en ocupar un cargo, sino en estar. Estar cuando hace falta. Ayudar, organizar, sumar y mantener viva la ilusión.

En las palabras del alcalde, Juan Carlos Hernández, y de la concejala Inma García, estuvieron presentes el agradecimiento y el reconocimiento a nuestros mayores por todo el esfuerzo de educar en la vida, de levantar familias, construir pueblo y conservar ese carácter valsequillero de medianías que parece poder con todo y, además, encuentra siempre algún motivo para celebrarlo.

La noche de don Miguel fue estirando sus horas bajo la luz cálida de un verano que comienza a marcharse y de un otoño que ya se anuncia. El tiempo cambia de ciclo casi sin avisar, mientras permanece esa mirada serena, cálida y algo agrietada de quienes han recorrido muchos caminos antes que nosotros.

Las fiestas de San Miguel continúan marcando su hoja de ruta, dando vida al pueblo y compartiendo esos momentos que construyen comunidad y protegen nuestra identidad en todas sus escalas.

Porque en septiembre, en Valsequillo, pasan muchas cosas maravillosas.

Y casi todas tienen que ver con la vecindad, con la cultura, el arte, la música, las tradiciones, el deporte, nuestros personajes y esa particular manera de agradecer la vida que tenemos los pueblos cuando todavía sabemos reconocernos los unos en los otros.

Y en la cara amable de la noche seguía sonando el mariachi, mientras Yoni y Aya amenizaban uno de esos bailes de antiguos salones que no entienden de edades, sino de ilusión y de ganas de vivir.

Había algo de Cocoon en aquella escena.

Como en aquella entrañable película, parecía existir una fuente invisible de energía capaz de devolver el entusiasmo, rejuvenecer el ánimo y recordarnos que los años pueden pesar en el calendario, pero no necesariamente en las ganas de vivir.

Porque hay momentos, personas y encuentros capaces de devolvernos una energía que creíamos perdida.

Y así fue apagándose lentamente la noche de don Miguel, entre conversaciones, música, abrazos y algún baile que se resistía a ser el último.

Septiembre seguirá su camino. El otoño terminará llamando a la puerta y el calendario continuará arrancando hojas, como siempre lo ha hecho.

Pero quedará en la memoria ese calor compartido.

Esa hermosa sensación de un pueblo reunido alrededor de sus mayores.

Quizá por eso, mientras regresaba a casa, volvió a rondarme aquella canción.

Y comprendí que tampoco hacían falta demasiadas palabras para resumir lo vivido.

Hay noches que pasan. Hay otras que permanecen.

Y esta…

esta fue una noche como esta

 Feli Santana

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