SEGISMUNDO SINFOROSO

Segismundo Sinforoso era guapo, pero no cualquier clase de guapura. A su paso suspiraban las flores, cantaban los pájaros y aullaban todos los perros de la zona, se sabía que llegaba pues el aire comenzaba a cargarse de aromas de primavera. Las jóvenes de aquellos pagos trataban de llamar su atención cuando lo veían pasar, celándose unas a otras en sutil competición por la atención de aquel espécimen. Él alzaba sus verdes ojos y les sonreía con ese carisma que solo tiene los guapos.
Cuando en las tardes de verano se bañaba en la charca Chica, tras los matorrales las infelices se deleitaban con el musculoso torso de Segismundo Sinforoso, que devolvía sutiles los rayos de sol que con él daban.
Nadie sabía de donde procedía su estirpe, unos decían que de Príncipes Antiguos, y otros que de los Dioses de las Edades Primeras, incluso hay quien afirmaba una tercera opción que fundía las dos teorías hablando de un casamiento entre Dioses de la Edad Primera y Príncipes Antiguos. Como quiera que fuera y como todo en este mundo, el que despierta halagos, también despierta envidias…
Aunque Segismundo Sinforoso albergaba 21 inviernos ya, no se le conocía pretendida ni siquiera se le atisbaba interés por ninguna joven en particular, aunque sí se le notaba el interés por las jóvenes en general…, él se limitaba a cumplir con sus tareas diarias, y al finalizar cada día se retiraba bajo el manto de la noche, para volver a aparecer a la mañana siguiente, más guapo y deseado si cabe.
Fue así que con el paso de las estaciones su influjo sobre el entorno fue aumentando lenta pero inexorablemente, a cada sendero que andaba fue cubriéndose de un vergel incalculable con enredaderas colgantes y flores exuberantes, la fauna enloquecía cuando recibía su presencia, los perros ya no solo aullaban, sino que además se buscaban entre ellos para entregarse al amor, los pájaros en su competición musical regalaban melodías increíbles y embriagadoras, las jóvenes de la zona se rendían al calor de sus carnes y sucumbían en torrentes de placer. Algún que otro joven sintió también como se tensaba su carne hasta explotar una y otra vez. El cura incluso se veía obligado a permanecer sentado para que su sotana no mostrase su erección incontrolable. Las ancianas del lugar comenzaron a sentir cosas olvidadas, sus cachetes rojos mostraban un calor perdido con los años.
Segismundo Sinforoso ya no necesitaba pasear por el pueblo, ni hacer sus tareas, su cuerpo desprendía una energía que lo convertía por momentos en faro de luz, en este estado todo podía pasar, desde lo ínfimo a lo magnánime, desde lo más oscuro a los más luminoso, desde lo más mundano a lo más sublime. Una delgada línea de equilibrio sostenía todo aquel entramado de sensaciones, deleites, placeres y luces.
El pueblo fue integrándose en aquel estado de paroxismo, el tiempo dejó de tener importancia, los días y las noches cambiaron su significado. Todo lo que abarcaba el radio de acción de Segismundo Sinforoso fue sumido en aquella vibración maravillosa. Las estaciones se sucedieron velozmente, las plantaciones dieron frutos casi al instante, los ganados se multiplicaron, los ríos regalaron peces como nunca, parieron las mujeres, y sanaron los enfermos…
Cuando parecía que los sentidos ya no podían abarcar más y cuando la carga de electricidad en el ambiente estaba a un punto del colapso, de forma repentina una explosión de vida estalló en colores, aromas, placer, tranquilidad, satisfacción y un sin fin de sensaciones imposibles de explicar si no se han vivido. Después, todo se difuminó…, el vacío se hizo en la cabeza de Segismundo Sinforoso, un dulce sabor a saliva se apoderó de su boca, sus músculos se relajaron y su carne se destensó…
De lo lejos llegaba una voz -“¡arriba gandul, que llevas media mañana durmiendo!”. Segismundo Sinforoso se desperezó, estiró sus extremidades y abrió sus ojos lentamente, y mientras se los restregaba tomó conciencia de su estado de vigilia, noto su entrepierna húmeda y su miembro aún apuntando hacia la nada… rememoró lo vivido nuevamente y pensó mientras acariciaba el epicentro de su placer: -”joder que gustito, menos mal que me dio tiempo a acabar antes de que me despertara…”
El día transcurrió, Segismundo Sinforoso siguió con sus labores, sabiendo que lo mejor que le daría el día no igualaría ni por asomo lo vivido la noche anterior… -”que me quiten lo bailao….”
HERMANN HELLBUSCH
