VALSEQUILLO COMIENZA A RECONSTRUIR SU GESTIÓN

Tras un periodo de desajustes y decisiones aplazadas, el municipio inicia un proceso de reorganización con voluntad y método, dejando atrás la deriva y comenzando a reconstruir su gestión.
Hay momentos en los que la realidad deja de ser interpretable y pasa a ser inapelable. Durante demasiado tiempo se optó por no mirarla de frente, avanzando en una inercia que, lejos de corregirse, se alimentaba a sí misma. No fue una sucesión de errores aislados, sino una forma de gestionar que terminó por normalizar lo inaceptable. Y cuando eso ocurre, las consecuencias no tardan: llegan, se acumulan y acaban por imponerse.
Resulta llamativo comprobar cómo, desde la oposición, se intenta hoy reconstruir ese relato con matices que entonces no existieron. Pero la memoria colectiva no se reescribe con facilidad. Lo vivido permanece, y más aún cuando sus efectos han sido tan visibles. No se trata de insistir en el pasado, sino de entenderlo para no repetirlo. Porque hay inercias que, si no se señalan, corren el riesgo de perpetuarse bajo nuevas formas.
El cambio en Valsequillo no responde a un capricho ni a una alternancia rutinaria. Responde a una necesidad compartida de recuperar el pulso de lo público. Y ese pulso empieza a notarse en lo cotidiano: en los detalles que antes pasaban desapercibidos, en la apertura de canales que hoy permiten ver y entender, en una gestión que, sin estridencias, comienza a ordenar lo que durante demasiado tiempo estuvo detenido.
Las recientes dificultades no han sido ajenas a ese pasado. Las infraestructuras que fallan, los servicios que se resienten, no surgen de la nada. Son, en gran medida, la expresión de decisiones aplazadas o mal resueltas. Reconocerlo no es buscar culpables, es asumir una base real sobre la que actuar. Porque solo desde ese reconocimiento se puede construir con solidez.
El relevo ha tenido que asumir esa tarea sin margen para la complacencia. Con la urgencia de quien llega a contener una situación exigente y con la responsabilidad de quien sabe que no basta con intervenir: hay que reorganizar, planificar y dar sentido. No hay espacio para improvisaciones, pero tampoco para excusas. Hay trabajo, y hay una dirección que empieza a marcar un ritmo distinto.
Las estadísticas, por sí solas, no explican lo sucedido. Detrás de cada dato hay decisiones, tiempos y prioridades. Por eso conviene mantener una mirada crítica, no como ejercicio de confrontación, sino como herramienta de aprendizaje. Afrontar la realidad —con serenidad, pero sin rodeos— ha sido uno de los primeros pasos de esta nueva etapa.
Y esa etapa se construye desde una lógica distinta: analizar, priorizar, intervenir. Como en un hospital de campaña, donde lo urgente marca el orden, pero donde también se diseña el tratamiento a medio plazo. No todo se resuelve de inmediato, pero todo empieza a tener un lugar y un sentido.
Recuperar la dignidad institucional no es una consigna, es un proceso. Exige constancia, coordinación y una voluntad que no se desvíe. En ese camino, comienza a percibirse una dirección clara, una batuta que no busca protagonismo, sino armonía. Los instrumentos, poco a poco, afinan. Y el conjunto empieza a responder a lo que la ciudadanía demanda.
Queda camino, sin duda. Pero también hay una certeza: el municipio ha dejado de avanzar a la deriva. Y cuando eso ocurre, cuando hay rumbo, trabajo y una ilusión compartida, las piezas —por fin— empiezan a moverse en la dirección correcta.
Feli Santana
