EL TIZNAO (5)

La oscuridad volvió nuevamente, agotado el infeliz, comprendió que poco podía hacer si no venían a por él y, por primera vez, cuando empezaba a encarar su tercera noche en los dominios del Maligno, dejó de luchar con la situación, no había nada que pudiera hacer si su cuerpo no le acompañaba.
Sin saber cómo, desde que tomó la decisión de dejarse ir, una paz empezó a regar su cuerpo arado por el hambre, la soledad, el miedo y las visiones comenzaron a disiparse. La cueva se inundó de una cálida luz como por artes extrañas, él sabía que la noche estaba bien entrada, pero la paz que se hizo en él fue más fuerte que la lógica de su cabeza.
Sin saber de dónde ni cómo, ante su cuerpo se presentó una figura humana, de sexo incierto, nunca supo si de hombre o mujer, que se agachó ante él y le puso una mano en la frente. Lo que el Tiznao sintió en ese momento no era de este mundo, inmediatamente dejó de sentir hambre, frio y miedo.
Unos ojos color miel se clavaban en los suyos, tan solo creyó oír de aquel ser una palabra: “confía..”, pero nunca supo si la había oído o había sido su imaginación, lo cierto que volvió a dormir plácidamente, cuando despertó no sabía si fue un sueño lo que había vivido o realmente ocurrió pero lo que era seguro es que había recobrado aliento y fuerzas para intentar nuevamente encontrar el camino a casa. Simplemente comenzó a caminar y como mismo un caballo vuelve a casa desandando su camino, consiguió volver a sendas conocidas.
Cuando llegó a su casa se encontró a su madre preparando el luto.
-Madre ¿quién se murió?
Cuando Aurelita se giró y lo vio, por poco se muere ella. Corrió a abrazarlo mientras le gritaba:
-¡Yo a ti te mato que me vas a sacar del mundo desgraciado!…”
La noticia corrió rápido por el pago cumbrero, en nada se presentaron Don Vicente el cura y el Señor Alcalde, que interrogaron al muchacho y oyeron la historia completa. El Tiznao relató como se había iluminado la cueva y se le había presentado aquel ser extraño y espectacular, aunque confesó que no sabía si había sido un sueño.
Don Vicente el Cura, alzando las manos hacia el cielo y con los ojos rojos, y esta vez de la emoción y no por la sangre del Santísimo corriendo por sus venas, gritó a viva voz:
-¡Milagro, milagro!!!
Y fue así que en poco tiempo, y sin que tan siquiera el Tiznao supiese encontrar aquella mágica cueva nunca más, la que una vez fuera lugar sagrado de los paganos guanches, se empezó a peregrinar al pago del nuevo destino de Don Vicente el Cura, que desde aquel día se había apropiado de aquel milagro ganándose el favor del Obispado.
El nuevo destino era un pequeño poblado en un bosque de pinos en el centro de la isla, y en torno a un pino espectacular que dominaba a los demás por su altura y grosor recreó el suceso. Todavía hoy se adora aquella figura del más allá que mostró el camino al Tiznao, aunque hoy la llamen la Virgen del Pino.
HERMANN HELLBUSCH
