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UNA NOCHE PARA EL RECUERDO

El arranque de las fiestas de San Miguel 2026 entrará en la memoria del pueblo con esa templanza serena que supone entregar a Valsequillo sus propias glorias, coordinar su sabiduría festiva y canalizar las emociones en una apuesta donde no falten la creatividad, el entusiasmo y esa dosis abundante de ilusión que acaba arrastrando a todos los colectivos a participar.

Y es que Valsequillo se presta a esas alegrías cuando aparece la conjunción de unidad, tradición y ganas de hacer pueblo.

Anoche arrancaban oficialmente las fiestas con el pregón y la bajada de San Miguel. El patrón acompañó simbólicamente a su cronista en la presentación y enriqueció el ambiente con la experiencia y la memoria de Mayoya, aquella mujer que llegó a Valsequillo para quedarse y terminó formando parte de varias generaciones del municipio.

Su actividad profesional en pediatría la convirtió durante años en la madre consejera del pueblo, en la enfermera docente de los niños y casi en la médica de cabecera de aquellos jóvenes que hoy, ya adultos, siguen recordándola como su pediatra entrañable. Ejerció su profesión con esa sabiduría que se forja en la necesidad, la experiencia y el contacto diario con las personas.

Mayoya se ganó el cariño de Valsequillo con algo que no se estudia en ninguna facultad: la calidad humana que hace grandes a las personas.

Bajo los laureles de San Miguel comenzaron a crepitar las tracas, volaron los confetis y se armonizó la puesta en escena de las fiestas con el patrón bajado de su altar, compartiendo la mirada desde la puerta de la iglesia.

Fue un acto sencillo, pero cargado de simbolismo.

De esos que atrapan al público porque todo parece cercano, vecinal y verdadero. Uno de esos momentos en los que alguien querido por el pueblo repasa sus andanzas profesionales y personales mientras alrededor se reconoce una parte de la memoria colectiva.

Después la armonía cambió de escenario y se trasladó a Tifaritti, donde esperaba el concurso de Romera y Romero Mayor de las fiestas de San Miguel.

Y allí llegó otra de las sorpresas de la noche.

Una puesta en escena mimada, coordinada con elegancia y buen hacer, que convirtió un acto sencillo y tradicional en uno de esos nuevos espacios festivos que pueden acabar encontrando su sitio en el calendario de San Miguel.

Armando Suárez representaba en silencio ese orgullo de quien ve crecer una idea y contempla cómo los colectivos responden.

Participaron numerosos barrios con sus candidatos, mostrando vestimentas y representaciones típicas ante un jurado encargado de valorar cada propuesta. Las actuaciones complementarias, la coordinación y el ambiente dieron cuerpo a un acto que terminó coronando como Romero Mayor a Nauzet, representando a la Asociación Cultural de Tenteniguada, y como Romera Mayor a Carmina, de la Asociación de Vecinos Añaten, del casco de Valsequillo.

La noche sirvió además para sortear el orden de las diecisiete carrozas que el próximo sábado engalanarán una romería que promete color, música y alegría.

Y así fue pasando la noche.

Con encanto.

Con un nuevo escenario.

Con una puesta en escena sencilla, pero planificada.

Y con un pequeño ejército de voluntarios siguiendo instrucciones, pendiente de cada detalle para que todo funcionara.

Sin demasiado ruido, quizá estamos asistiendo a otra manera de manifestar las glorias del pueblo y de entender sus fiestas tradicionales: con cultura, participación, memoria y la ilusión de los colectivos a flor de piel.

Porque las fiestas no las construye únicamente un programa.

Las construye la gente.

Y anoche Valsequillo volvió a demostrar que, cuando el pueblo se reconoce en lo que celebra, la fiesta deja de ser calendario y se convierte en recuerdo.

Feli Santana

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