PINO ROSA SUÁREZ MARTEL. UNA VIDA APRENDIDA A PULSO

De niña jornalera a graduada en Ciencias Políticas, Candelaria Suárez Martel convirtió el trabajo, la cultura y la justicia social en las grandes causas de su vida.
A medida que uno se hace mayor descubre, en la mirada y en las relaciones cercanas, historias de personas que se enfrentaron con valentía a su destino. Vidas que ayudan a comprender de dónde proceden muchos de los derechos que hoy consideramos naturales.
Pino Rosa Suárez Martel pertenece a esa generación de mujeres que tuvieron que abrirse camino en una sociedad marcada por las diferencias sociales y el dominio masculino. Lo hizo trabajando, estudiando y defendiendo aquello en lo que creía. Su vida es un largo recorrido de esfuerzo, cultura y compromiso, contado con la naturalidad de quien nunca ha necesitado presumir de sus conquistas.
Me enteré de mi verdadero nombre porque me mordió un perro
Mi verdadero nombre es Candelaria, aunque en el pueblo casi nadie me conoce así. Para todos he sido siempre Pino Rosa.
Me enteré cuando tenía trece años. ¿Y sabes por qué? Porque me mordió un perro.
Mi madrina iba a ser mi tía Candelaria, pero tenía catorce hijos y mi madre pensó que aquello podía suponerle un gasto. Entonces, una vecina de El Sur llamada Pino Rosa se ofreció a apadrinarme.
—Yo seré la madrina de la niña.
Y así comenzaron a llamarme Pino Rosa. Sin embargo, mi padre ya había ido al registro y me había inscrito como Candelaria.
Después de la mordedura, don Francisco, el médico de siempre, denunció a los propietarios del animal. La Guardia Civil empezó a preguntar por El Sur por una niña llamada Candelaria Suárez.
Cuando llegaron hasta mi madre, ella respondió:
—No, yo no conozco a ninguna Candelaria.
Los guardias tuvieron que explicarle que buscaban a su propia hija, a la niña que todos conocían como Pino Rosa. Fue entonces cuando recordó mi nombre oficial y salió corriendo detrás de ellos para aclarar el malentendido.
Así descubrí que me llamaba Candelaria.
Hoy puedes preguntar en el pueblo por ese nombre y pocos sabrán quién soy. Pero pregunta por Pino Rosa y todo el mundo me conoce.
La niña a la que llamaban Garrapata
Nací el 13 de agosto de 1950 en Los Moriscos, en El Carrizal de Ingenio, en una zona conocida como Marfú. La partera no llegó a tiempo y fue mi padre quien tuvo que cortar el cordón umbilical.
Aquellos eran años de muchas necesidades. Vivíamos en el sur, en chozas de piedra o en casetas de madera.
Comencé a trabajar con nueve años para ayudar a mi familia. Tuve que mentir y decir que tenía doce. Como era tan pequeña, me apodaron Garrapata.
No estaba escolarizada. Trabajaba de sol a sol por veinte pesetas diarias y, cuando terminaba, todavía salía con mi hermano y mi primo a buscar nidos de calandros.
Un día comprendí que hacía el mismo trabajo que las mujeres mayores. Fui hasta el mayordomo y le pedí que me pagara lo mismo que a ellas.
Me ofreció veinticinco pesetas.
—Pero no las quiero solamente hoy. Quiero cinco pesetas más todos los días.
Y las conseguí.
Era una niña, pero ya comenzaba a entender que, cuando el trabajo era el mismo, el salario también debía serlo.
Nómadas dentro de nuestra isla
Durante aquellos años fuimos nómadas dentro de nuestra propia isla. En verano vivíamos en Valsequillo y, cuando llegaba el invierno, nos trasladábamos allí donde hubiera trabajo en la zafra del tomate.
Recorrimos el sur desde Arinaga hasta Veneguera, pasando por Juan Grande, Maspalomas, Pedrazo y Las Carpinteras.
En una de aquellas fincas, un mayordomo improvisó una escuela nocturna para los niños que trabajábamos en la aparcería. Aquel hombre fue mi primer maestro. Nos enseñaba a sumar y las reglas básicas, pero llegábamos tan cansados que casi nos quedábamos dormidos entre los tomateros.
En 1975 me matriculé en Radio ECCA. Era analfabeta porque nunca había tenido la oportunidad de asistir a la escuela.
Allí conseguí los estudios primarios, realicé cursos de inglés y aprendí contabilidad. Radio ECCA fue mi verdadera escuela. Me enseñó a estudiar y despertó mi interés por la lectura y la escritura.
Yo miraba los libros y no podía leerlos. Aquello me parecía terrible.
—En cuanto aprenda a leer y a escribir, ya no pararé.
Y así fue.
La primera batalla
Cuando tuve algo más de edad, propuse a mis padres que dejáramos de desplazarnos al sur y nos quedáramos trabajando en Valsequillo. Éramos cuatro hermanos y aquella vida de mudanzas resultaba cada vez más dura.
Comencé en los tomateros de Mirabala y, más tarde, mi hermana Antonia y yo entramos en unos invernaderos dedicados al cultivo de flores. Permanecí allí ocho años, desde los quince hasta los veintidós aproximadamente.
Fue allí donde descubrí la injusticia del poder.
En mi casa no se hablaba de política. Yo no comprendía palabras como fascismo, democracia o dictadura. No sé si no se hablaba por desconocimiento o por miedo.
Todo cambió cuando despidieron injustamente a dos compañeras.
Junto a otras mujeres iniciamos una lucha para defenderlas. Entre ellas se encontraba Constanza, mi gran amiga y compañera, que había podido estudiar y me animó a seguir formándome.
La protesta nos costó castigos, represalias y enfrentamientos con la dirección. Nos trataban como a niñas porque nos negábamos a aceptar determinadas exigencias y a trabajar al destajo bajo las condiciones que imponían.
Finalmente, la empresa fue sancionada por la Magistratura de Trabajo y el responsable de aquellos abusos terminó despedido.
Aquella fue mi primera lucha colectiva, pero no sería la última.
Trabajar y estudiar
Durante aquellos años trabajaba de día y estudiaba de noche. Al terminar la jornada subía hasta Tafira para asistir a las clases de la Universidad Laboral, donde cursé BUP.
Mi vida se resumía en dos palabras: trabajar y estudiar.
En plena época franquista fui también delegada de la Sección Femenina. En 1973 participé en unas elecciones locales y resulté elegida consejera local del Movimiento.
—Imagínate que hoy me relacionaran con el Movimiento…
Eran otros tiempos y aquellas fueron las circunstancias que me tocó vivir. Yo apenas comenzaba a comprender la política y la sociedad que me rodeaba.
Cuando abandoné los invernaderos ya me había formado como auxiliar y técnica de enfermería. Constanza Martín y yo dejamos la empresa, sin derecho a paro, y encontramos trabajo en la Clínica San Roque.
Permanecí allí más de veinte años, principalmente en turnos nocturnos, mientras continuaba estudiando. También trabajé en Taliarte, en el Hospital Materno Infantil e hice sustituciones en el Hospital Insular.
En varios de aquellos centros formé parte de los comités de empresa. La defensa de los trabajadores se convirtió en otra constante de mi vida.
La carrera interminable
En 1988 superé el acceso para mayores de veinticinco años en la Universidad Nacional de Educación a Distancia y comencé Ciencias Políticas.
Aquello sí me apasionaba.
Estudiar una carrera mientras trabajaba no resultó fácil. Algunos años aprobaba una asignatura; otros, dos o tres. Avanzaba despacio, pero nunca abandonaba.
Cuando solamente me faltaban dos materias, cambiaron el plan de estudios y añadieron otras nuevas.
—Madre mía, no voy a terminar nunca.
Pero continué.
Finalmente, a los sesenta y nueve años obtuve el grado en Ciencias Políticas y de la Administración. Me había costado décadas, varios planes de estudio y muchas noches sin descanso, pero lo conseguí.
Una vida por la cultura
Desde muy joven he estado implicada en la vida social y cultural de Valsequillo. He participado en obras de teatro, asociaciones vecinales y diferentes colectivos. Durante más de veinticinco años he permanecido vinculada a Asamblea Valsequillera.
También he escrito siempre, especialmente poesía. Algunos de mis poemas, dedicados a la naturaleza, al almendro en flor, a Tejeda y a Valsequillo, han recibido premios.
Guardo muchos textos. La gente me dice que debería publicarlos, pero todavía no lo he hecho.
La lectura, la escritura, la fotografía y los viajes han alimentado mi curiosidad. Viajar es conocer otros pueblos, otras costumbres y otras maneras de vivir. Ya no se tienen las mismas posibilidades que cuando una tiene veinte años y cree que puede comerse el mundo, pero sigo conservando las ganas de aprender.
Mi vida ha estado llena de trabajo, cultura, escritura, política y participación social.
Me jubilé con sesenta y cuatro años, después de sufrir una caída y permanecer un tiempo de baja. Decidí entonces que había llegado el momento de cerrar mi etapa laboral.
Había comenzado a trabajar con nueve años.
Creo que ya tengo motivos para estar cansada y empezar a disfrutar del descanso. He trabajado desde que era una niña hasta prácticamente ahora.
Feli Santana
