…Y ME QUEDÉ FERNANDO JARO

De todas las cosas que le debo a Valsequillo y a los/las valsequilleros/as, es la de aceptar saber reírse de la vida, empezando por reírse de uno mismo.
Desde que era un crío me comí la vista leyendo el TBO a la luz de una vela y ya era miope con escasos 10 u 11 años.
Cuando me tocó ir al instituto, las gafas de televisor plateadas ya estaban echas gofio, y tocaba cambiar de montura.
Al pobre Lennon lo acababan de coser a balazos a la puerta del hotel donde vivía y pensé que sería un buen homenaje ponerme unas gafas con cristales circulares como las que tenía el genio de Liverpool en su época dorada en solitario.

Pero pobre de mí, al poner un pie en el pueblo, a todas estas, el más burletero de la isla después de Agaete, yo todo flipado con mis nuevas gafas me cruzo con un amigo y no se le ocurre otra cosa que decir: «¡¡¡Mira, igualito que Harold Lloyd!!!».
Ese era el nombre de un astro del cine mudo, contemporáneo de Chaplin y Buster Keaton, que TVE estaba reponiendo por aquel entonces y llenaba los huecos de las tardes con sus gracietas.
Y Fernando Jaro me quedé para toda la vida, es más, hay conocidos míos que cuando se cruzan con una persona del pueblo, y sale en la conversación «yo conozco a uno de Valsequillo, se llama Fernando…», «¿Fernando…?, ¿qué Fernando…?»
Y entonces esa persona amiga empieza a dar referencias mías a ver si converge de alguna manera, y tras hacer varios retratos robot la cosa no coge color hasta que el interlocutor larga aquello de: «…Aaaahhh, tú estás hablando de Fernando Jaro…»
En aquel entonces, siendo un pollillo todavía, me cabreaba pero pronto me di cuenta que a mi alrededor no había nadie sin nombrete y yo no iba a ser menos (de hecho, el que me lo puso fue otro Fernando que le decíamos y decimos Fernando Putillas, cuyo origen venía por lo de Fernando Díaz Cutillas, famoso locutor canario de la época).
A mi tropa compuesta por el cachimba, el jeringuilla, pascala, el boliche, colombo, pacolvira y demás, se les acababa de unir Fernando Jaro y entendí que lo mejor que podía hacer era llevar mi nombrete con gallardía.
En los siguientes carnavales de Agüimes me agencié un sombrero redondo de paja, unos pantalones bombachos, una chaqueta con hombreras, que la cogí del ropero del viejo, y unos zapatos que se habían puesto de moda en los 80 que se llamaban de payaso, porque eran tal cual. Se vendían en una tienda del puerto que se llamaba Rosalía y era famosa por vender los borregos que todo el mundo tenía o los guarachos, famosas sandalias hechas a partir de una sola tira de cuero.
Me disfracé de Harold Lloyd y la gente se partió la caja y definitivamente pasé a formar parte de la noble parentela valsequillera de la que me siento orgulloso de ser uno más por más que pasen los años.
Feliz Navidad.
FERNANDO TOSCANO BENÍTEZ
