LA NIEBLA Y EL MAR ESTABAN TRISTE ESCUCHANDO AL VOLCÁN

Feli Santana
Feli Santana cargado de anécdotas y costumbrismo

Se borró el paisaje y se llenó de una extraña sensación de suspense, un aire de trasiego revuelto. Escudriñar nuevas formas caprichosas del paisaje que esconde y enseña tras el vapor de nubes blancas, abstracciones combinadas, una inmensa humareda que nace en el cielo y baja a la tierra buscando aire donde acolchar su instinto de negar espacios visibles. 

Volvía a casa después de trabajar y me quedé impregnado de una sensación de ausencia de mis montañas, alguien borró mi paisaje, algo estaba sucediendo con un poder natural, se estaba manifestando otra vez, es esa sensación de que somos juguetes del tiempo, de la tierra y sus valentías en manifestaciones extraordinarias, no estaba preocupado, estaba fascinado por el fenómeno.

Observaba el comportamiento de las nubes, que se movían a sus anchas, como atrapando paisajes vivos para borrarlos del mapa. Pensé en los invidentes, pero no me atrevía a comparar la sensación, esto era mirar para ver todo blanco y borroso. 

Miguel, salió a saludarme y conectó la expresión del descubrimiento de la niebla y el pensamiento seductor de su increíble poder, ¿has visto el paisaje? ¿Qué suspense verdad? Era obvio que había analizado las vistas y las sensaciones, me alegré de ese instinto de observación, tiene una sensibilidad especial, sin duda; pensar, mirar, cuestionar, sentir.

En realidad, no hacía frío, más bien calidez, pero la indescriptible versión de la niebla que vino sin avisar, fue un espectáculo más de la madre naturaleza, acostumbrada a hablar sin palabras, a comportarse con ciertos patrones de similitud análogos a las estaciones, que le toca lucir y mientras por las hojas perennes correteaban gotas de agua transparentes, como lágrimas sin dolor, como una expresión otoñal más de belleza de los atardeceres.  

Le propuse subir a la azotea y tomar unas fotos y sentir esa sensación que nos regalaba el otoño infrecuente. Es verdad que ya las cumbres cobijan los bancos de niebla densa, que vistos desde aquí abajo, nos recuerda que llega el invierno y todos contentos, pero esta visita inesperada muy por debajo de las cotas normales de altura, fue un hermoso regalo a la lucidez y al análisis. Fíjate, las aves no vuelan en estas circunstancias, no llueve alisio, es una especie de vapor seco que prende todo con absoluta anarquía como el humo denso, pero sin olor a quemado. Inoloro, insonoro e inofensivo, aunque absolutamente rebelde.

Al día siguiente mientras volvía al trabajo, costeando por la autovía hacia la capital, advertí el dulce plato de mar, que regalaba la mañana sereno, dormido, como una enorme balsa líquida que dejó de mecer ondas constante. No había señal de movimiento en el agua, el último rizo de la ola en la orilla era un revuelto sin energía, apenas un golpe seco y sencillo que no quería despertar la mañana. Busqué razones y culpables, juzgué al tiempo, al día especial, a los caprichos del mar, a las sirenas dormidas. Y encontré al culpable, a la culpable de tanto concierto de serenidad vespertina. La luna llena que quiso dejar las aguas de la inmensa bahía de Las Palmas, con los luceros de los barcos destellando limpios y en silencio. 

A veces deduzco que el paisaje habla, que los elementos trasmiten sus encantos por el sosiego que exhiben, por la magia que destila su luz o la belleza de sus formas. Es una comunión espiritual del paisaje y nos remite a alguna parte de la habilidad del pensamiento para el cauce de las sensaciones como armonía de la belleza de la vida.

Y recordé de nuevo el volcán, esa otra bulla constante que no cancela su furia, que sigue vomitando rabia con el paso de los días, que se ensaña con las laderas, con las fincas, con el pueblo, que solo apacigua su rabia el mar, solidificando el fuego de su garganta. Ya no me quedan palabras para definir su maldad, los científicos han creado universidad y laboratorio, el pueblo ha aprendido a calmar su lamento, que nace en la montaña y cubre los llanos de humo y lava, de espantoso rugido y lluvia ácida, a quien acudimos a sacudirnos las penas, quien barre las calles del espanto, los jardines del luto, los ladridos de los perros roncos, los plátanos negros de cenizas, los invernaderos fundidos de rofe y picón, las paredes reventadas de soldadura ardiendo. El cielo negro de presagios y maldades, los cantos amargos de oración. Más pensando en tu suerte, vida. 

FELI SANTANA

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