NINGUNA MUJER NACE PUTA

No, ninguna mujer nace para puta. La frase no es mía. Ha servido para titular libros y conferencias que han buscado lo que conmigo han conseguido: golpear la conciencia y convencerme de que estaba equivocado. Durante un tiempo creí, cegado por mi ignorancia, que una solución a la trata de blancas que rodea a la prostitución estaba en la regularización de ese sector. Lo llegué a defender con vehemencia. Al fin y al cabo, pensaba, siempre habrá mujeres, y hombres, que en un ejercicio de libertad personal, decidan vender su cuerpo y practicar sexo con extraños a cambio de dinero.

La realidad demuestra que quien llega a cobrar por sexo lo hace asfixiada por un entorno social, económico o personal que no le deja otra salida

Pero esta frase y la identificación de algunos de los mitos que envuelven al que eufemísticamente se le ha llamado el oficio más antiguo del mundo me han abierto los ojos. Esa regularización solo contribuiría a legalizar la explotación sexual de la mujer, a dar un barniz de legalidad al proxeneta que tanto desprecia la dignidad de sus supuestas trabajadoras. Ni es dinero fácil, como se suele vender, ni es tampoco nunca una opción de libertad para una mujer. La realidad es tozuda y demuestra que quien llega a cobrar por sexo, a menudo por tarifas cada vez más bajas, lo hace asfixiada por un entorno social, económico o personal que no le deja otra salida. O peor, forzada y obligada por redes mafiosas que con frecuencia las aíslan de su mundo para someterlas y rendirlas a los bajos placeres de los puteros.

Ya no miro con la indiferencia de la costumbre a las mujeres que se agolpan a las puertas de algunas casas de la calle Molino de Viento, en la capital. Las asumía porque las veía como parte del paisaje de mi ciudad, como los anuncios de prostitución en los periódicos o los locales revestidos de llamativos y horteras carteles de neón que jalonan las entradas a las grandes capitales de este país. Ahora se me hace cuesta arriba que en una sociedad civilizada, o supuestamente civilizada, en la que se protegen los derechos de las personas, haya negocios con escaparates humanos en el que en su mayoría mujeres extranjeras viven hacinadas en modernos, y tolerados, campos de concentración.

Siento que, por más lejos que estemos de esos mundos, todos somos un poco puteros en la medida en que lo hemos interiorizado y consentido. Y lo peor de todo es que ni siquiera somos conscientes.

GAUMET FLORIDO

{jcomments on}

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.