LAS ÉLITES QUE ADMINISTRAN LA DEPENDENCIA DE CANARIAS

La dependencia de Canarias no se sostiene únicamente desde Madrid, Bruselas o los grandes centros financieros.
Para mantenerse necesita intermediarios dentro del propio Archipiélago como son determinados sectores políticos canarios, empresariales, administrativos y mediáticos que presentan como inevitable un modelo del que obtienen poder, influencia, contratos, suelo, beneficios fiscales o acceso privilegiado a las instituciones.
Estas élites canarias intermediarias no actúan como una clase dirigente comprometida con la construcción de un proyecto propio de país.
Su función histórica ha sido otra, la de adaptar las decisiones externas a la realidad canaria, gestionar sus consecuencias y evitar que la población cuestione las estructuras que las producen.
Cuando el turismo bate récords, pero los salarios no permiten vivir con dignidad, hablan de crecimiento.
Cuando la vivienda se convierte en un activo de inversión y las familias son expulsadas de sus barrios, hablan de seguridad jurídica.
Cuando nuevos proyectos consumen suelo, agua y energía sin retorno social suficiente, hablan de progreso.
Cuando Canarias reclama mayor capacidad para regular residencia, capitales o vivienda, responden que no es posible, que Europa no lo permite o que el debate puede perjudicar a la economía.
Presentan como técnico lo que es político, como prudencia lo que es una renuncia consensuada, como apertura lo que en demasiadas ocasiones es indefensión de la población. Y presentan como moderación una aceptación permanente de que las decisiones estratégicas se tomen fuera. Por eso señalan siempre a Madrid cuando son los responsables de las situaciones.
Su mayor éxito ha sido convertir la dependencia en sentido común. Han conseguido que una parte de la sociedad asuma que Canarias solo puede vivir del turismo, que debe aceptar cualquier inversión exterior, que limitar el crecimiento es imposible, que proteger la vivienda perjudica al mercado y que reclamar herramientas propias constituye una amenaza para la estabilidad. Lo importante es no incomodar. Son los medianeros del lugar que miran por sus personales intereses.
Pero esa estabilidad no es neutral. Es la estabilidad de quienes conservan posiciones de poder mientras el país acumula precariedad laboral, pobreza, presión residencial, saturación territorial y emigración juvenil.
Es un equilibrio construido para que nada esencial cambie.
Las élites intermediarias no necesitan negar la identidad canaria. Les basta con reducirla a actos institucionales, fiestas, discursos y símbolos sin capacidad política.
Aceptan una identidad cultural inofensiva, pero reaccionan cuando esa identidad reclama control sobre el territorio, la economía, la educación, los recursos o las infraestructuras estratégicas.
No habrá transformación real sin cuestionar esta intermediación interna.
No basta con reclamar más competencias al Estado o un cambio en la relación con la Unión Europea.
También es necesario democratizar el poder dentro de Canarias, fiscalizar los grandes proyectos, controlar las puertas giratorias, revisar los beneficios fiscales, exigir transparencia en la adjudicación de contratos y evaluar qué intereses determinan la política económica y territorial.
Canarias necesita dirigentes que defiendan al país, no gestores encargados de hacerlo compatible con los intereses de otros.
Necesitamos instituciones que protejan a la población, no administraciones dedicadas a contener las consecuencias del modelo económico y político.
Necesitamos una economía al servicio de la sociedad canaria, no una sociedad obligada a adaptarse a las exigencias del negocio.
La dependencia exterior se reproduce porque encuentra la inestimable colaboración interior.
Desmontarla exige señalar con claridad a quienes la administran, romper sus redes de privilegio y construir una nueva mayoría social capaz de convertir Canarias en sujeto político de su propio futuro.

Ricardo González Roca Fonteneau
