Y A SU BULO LO LLAMÓ LIBERTAD

GERARDO TECÉ
GERARDO TECÉ

Hay presos en las cárceles españolas que usan menos veces al día la palabra libertad que los líderes de la actual derecha. Si encontrásemos a un historiador extranjero despistado y lo sometiéramos al test de identificar políticamente a ese Pablo Casado que aparece en el telediario reclamando libertad desde primera hora de la mañana hasta última de la noche, el tipo no tendría ninguna duda de estar ante un joven líder del PCE, traumatizado por la represión, cárcel, tortura y falta de libertades que sufrieron sus padres y abuelos durante el franquismo. Es comprensible lo que le sucede al chico, pero creo que debería relajarse un poco, le recetaría el historiador, al que nunca le diríamos, para evitarle un patatús profesional, que se trata del líder de aquel partido fundado por ministros de aquella dictadura. No entendería nada.

De un tiempo a esta parte se repite en los círculos intelectuales de la derecha extrema –el programa de radio de Federico y poco más–  un mantra que Vox ha entendido a la perfección desde sus orígenes y que el PP imita como puede en la actualidad: la batalla cultural, hay que dar la batalla cultural a la izquierda. Una batalla cultural consistente en intentar remontar un partido que la derecha lleva perdiendo por goleada desde hace décadas en este país: el del debate público sobre ciertos asuntos que tienen que ver con lo social y los derechos civiles en los que, si la derecha se ponía en la foto, siempre salía mal retratada.

La derecha fachita y mentirosa

Si la izquierda lleva años imponiéndose en el debate público no ha sido por su gran brillantez, ni por una maravillosa estrategia de comunicación, ni por una gran inteligencia que no tiene. Si ha ganado sin bajarse del autobús ha sido porque sus argumentos naturales –aceptar y respetar al diferente, anteponer al pobre frente al rico, etc., etc.– encajan como un guante con los valores de la educación cristiana arraigada en este país. Unos valores que a la derecha, por mucho que acuda los domingos a misa de doce, le incomodan. Hubiera sido inimaginable hace solo unos años que alguien, por muy racista e inhumano que fuese, se atreviese a criticar públicamente que un barco rescate en alta mar a personas jóvenes que han naufragado en una patera. Ese silencio lógico –nadie quiere reconocer públicamente ser un miserable– le daba automáticamente la victoria a la izquierda y le proporcionaba estatus de persona a esos a los que hoy se les llama menas. Hoy hay muchos que sí se atreven a mostrarse tan miserables como son gracias al eficaz método de escudarse en bulos. Como ese que dice que quienes rescatan náufragos en el mar son traficantes de personas. Dar la batalla cultural es llamar traficante al que ayuda, víctima al maltratador y oprimido al privilegiado. La batalla cultural de la derecha es renombrar nuestro día a día sin base de realidad, ni criterio, ni vergüenza sin importar que al historiador despistado le pueda dar un síncope.

Libertad, libertad. Libertad para que entre todos paguemos sus colegios privados y libertad para colocarle un candado parental al niño. Libertad para conseguir carreras y másteres sin pisar el aula o libertad para que mi religión sea materia educativa. Libertad para que la única lengua que hablo se imponga en los territorios con lenguas propias. Libertad para elegir qué juez quieres que te juzgue. Libertad para pagar a los trabajadores el salario que me dé la gana. Libertad para poder tratar como a un enfermo al hijo homosexual. Libertad para especular con el precio de la vivienda. Libertad para que Louis Vuitton abra sus puertas a pesar de la pandemia y libertad para que las placas y estatuas que homenajean a quienes le quitaron la libertad al pueblo sigan en pie. Libertad para privatizar la salud de todos. Libertad para torturar a un animal en una plaza y libertad para meter el todoterreno en el centro de una ciudad contaminada. Víctima de la opresión si nada de esto sucede. Las ansias de libertad de nuestra derecha son tan grandes que no caben en una canción de José Luis Perales. Y a su bulo lo llamó libertad.

GERARDO TECÉ

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