FINAL DE CICLO POLÍTICO
A quienes creen en el valor del servicio público:

Hoy, al mirar atrás y reconocer el tiempo perdido, vemos también la esperanza de quienes han esperado con paciencia —mal llamados perdedores—. Son ellos quienes, con su constancia, revelan que todo proyecto político tiene un final. Como suele decirse, a todo bicho viviente le llega su San Martín, y también a los partidos que caen por arrogancia o por cobardía.
La democracia moderna, con todas sus imperfecciones, conserva la virtud de la competencia crítica. Su propósito es claro: aportar lo mejor para el bienestar social. Pero gobernar una maquinaria pesada y compleja exige un esfuerzo continuo, una gestión cualificada y una vigilancia constante. Cuando eso falta, el desgaste y la egolatría terminan imponiéndose.
Catorce años de mandato son demasiado tiempo para cualquier institución. Acaban generando hábitos de posesión, rutinas de pasotismo institucional y un olvido progresivo de los controles y los objetivos que deberían estar siempre presentes. En ese entorno, los servidores públicos actúan sin entusiasmo, las responsabilidades se vuelven miserables, y quienes rodean al poder aplauden con falsedad mientras la libertad y los valores sociales se deterioran.
Hemos sobrevivido a estas situaciones de artimañas y desgastes continuos, y esto nos ha llevado a un final de ciclo inevitable. El pueblo, soberano e inteligente, cambia de rumbo cuando lo considera necesario, y no duda en exigir responsabilidades a quienes fallan en su cometido. El juicio democrático es el que dicta sentencia, y sus reglas son claras: rigor, libertad y justicia.
No ayuda echar mano de reproches infantiles para justificar errores. La dignidad pública no se cuestiona con palabras, sino con hechos. El servicio público tiene un valor que debe sostenerse con transparencia, valentía y compromiso verdadero. Si alguien lo interpreta como un pasaporte para la especulación o el enredo, se equivoca profundamente.
Es tiempo de limpieza, de transparencia y de dejar atrás lo que ya está caducado. Este final de ciclo dejará sus logros y sus errores; pero para la ciudadanía queda una pérdida de calidad social y patrimonial, junto con la esperanza de recuperar la ilusión. El dicho popular es claro: los políticos son como los pañales; hay que cambiarlos a menudo para evitar males mayores.
Recordemos, entonces, que el servicio público pertenece a todos. Ni los bandos ni los intereses particulares pueden convertir la institución en un terreno de sobornos o privilegios. La voluntad del pueblo se gana con trabajo bien hecho, claridad en la gestión y soluciones reales para las necesidades colectivas.
Que nadie crea que puede convertir nuestro ayuntamiento en la hacienda del amo.
FELI SANTANA
