EL INVIERNO QUE DEVOLVIÓ LA VIDA A LA TIERRA

Una pieza de prosa poética inspirada en los barrancos, las montañas y el renacer del paisaje tras las lluvias abundantes, entre alisios, niebla y memoria rural.
En el lecho del río seco, la huella de sal mineral dejó en la tierra la marca de su paso: piedras blancas arrastradas con violencia cuando la corriente de agua bajaba. Las costras adheridas dejaban contraste y nivel. Y allí se desató el temporal; a su paso bajó el caudal bravío de las cumbres. Su naturaleza indómita, despiadada y salvaje ganó la libertad en la pendiente. Ahora, inerte y cambiado, yace el arrastre de su despiadado andar.
Atrás quedó el invierno abundante, tiempos de antaño que volvieron para regenerar el ciclo negado: lluvia sin tregua, paisaje saciado, una entrega exuberante de un bien olvidado. Los campos claman verdor; las plantas renacen sin tregua: una épica gloriosa de los mejores inviernos, una primavera esplendorosa llena de vida y concierto.
Y las nubes se quedaron agarradas a la montaña. Su piel vaporosa, invisible, anula el bosque y llora lágrimas que cuelgan de las ramas. El ambiente es tregua, es arropo y desconsuelo, es tributo y anhelo. Vendrán tiempos de calor, desenvainando el hacha de una guerra de sofocos y hormigas. Mientras, en su generosa espera, el alisio impregna sus llantos sentidos de un calor que pronto llama a las puertas del secano. Y no habrá tregua: solo lamento y candela, que retrasan las frescas noches de altura y alientan el sopor del hastío.
¿Qué quedó del invierno?
Trajes verdes de abundancia, tejidos por arañas costureras. Mariposas peregrinas que boicotearon los colores; abejas bulliciosas que polinizaron los albores. Y el pasto que guardó a los conejos y su libertad: madrigueras abundantes, hoyuelos que salpican el paisaje. Más brotes espigados, más aves a tu lado, más trinos encantados; una algarabía que grita emoción, un paisaje que anuncia vegetación. Pastos de ganado, rebaños que anclan sus pezuñas en las laderas, rasurando el crecimiento de sus barbas.
Ya gravitan las miradas; los yerbajos cubren los montes. La lana crece para las esquilas, los cachorros braman. Son tiempos felices: comida y libertad, abundancia y armonía, cuyo destino es brotar.
Sigo mirando la tierra, escudriñando su estampa colorida: ocres y verdes oscuros, rincones apartados, silencios en los muros, abundancias en los prados. Piedras de molino que volvieron a girar, salpicadas por los chorros, arrastrando intensidad.
Y en las noches de luna llena, amores entusiasmados de la mano van a la serena. Cantan los grillos escondidos, destacan luciérnagas errantes, emociones de tiempos vividos y andares de viejos caminantes. Queda la madrugada y el frío, emoción en la alborada y consuelo del aterido.
Feli Santana
