ENCUENTRO DE VERSEADORES DE LAS VEGAS

El legado de Paquito Sánchez y la nueva generación mantienen viva en Valsequillo la tradición del punto cubano y la improvisación verseadora.
Hay muchos pueblos que, orgullosos de su esencia, muestran sus legados desafiando al tiempo y remarcando las tradiciones, conectando —con mañas de hilanderas— las guías de la continuidad hasta el presente. Muchos de estos milagros se reproducen en el seno de familias antiguas que continúan ese honor como vestigios de una rara viveza ancestral.
Paquito Sánchez es el patriarca, bisabuelo y precursor que siente y disfruta de sus genes camino del siglo de existencia. Su virtud, y la de sus herederos, fue no abandonar nunca el nexo de aquellos cantos antiguos que, a través del Rancho de Ánimas, enarbolaron la continuidad con infinitos destellos de revitalización generacional.
El tiempo y los valores hicieron que esos milagros fueran esculpiéndose como doctrina infantil en los pequeños retoños, que pronto despuntan con su propia escuela de cantos. A esta suerte se une la cercanía de un gran maestro, Yeray Rodríguez, que ha elevado el verso y la estrofa, rescatando las improvisaciones y las tradiciones del pueblo cubano con los puntos cubanos y sus sones de otros tiempos.
En Valsequillo, esta escuela de Verseadores ha remontado hasta cotas importantes de participación y continuidad, teniendo a bien convocar un festival anual en las fiestas de Las Vegas, en honor y homenaje perpetuo a la figura patriarcal de Paquito Sánchez, como chamán de una inmensa tribu familiar donde la comunicación se realiza por versos y el arte de la métrica se encadena a la rima sonante.
En la noche fresca de Valsequillo, el rasgueo de la bandurria se alternó con la guitarra y la percusión para revivir esos momentos. Una tregua para los viejos Verseadores, mientras tomaba la fuerza y el relevo la generación más reciente de la juventud. Un verdadero recital de nuevas promesas que, auspiciadas por su escuela, elevan el encuentro a un acto entrañable, lleno de la gracia del pueblo y de las familias, manteniendo la didáctica y la fuerza espontánea de un estilo cercano a los rancheros: voces rasgadas y cadencias evolutivas de un canto sin pulir.
Anoche, el séptimo Encuentro de Verseadores de Las Vegas tuvo la gracia y la suerte de la continuidad: un pasaporte vitalicio de largo recorrido que añora y protege los estilos del punto cubano, del son y del poema; de la esencia caribeña que conectó a los migrantes de otros tiempos, aquellos indianos que llegaron, se fueron y volvieron, dejando en el aire los versos de la vida, la seducción de los valores y la armonía del destino.
Paquito Sánchez se levantó el sombrero en señal de amor y armonía; de familia grande y larga vida de autores y Verseadores; de jóvenes orgullosos de defender sus valores, de cantos rimados y vocablos receptores. Una legión de chavales, escalonados y resueltos a recordarle a la vida las enseñanzas antiguas de la tradición, mientras el orgullo familiar queda reflejado, elevando el encuentro a dinastía y legado
Feli Santana
