EL APARTAMENTO

El verano fatal de pandemia ya acaba y, a estas alturas, ya podemos empezar a reconocer que nos hemos engañado colectivamente

GERARDO TECÉ
GERARDO TECÉ

El apartamento tenía vistas a una gasolinera de la BP y a un descampado gestionado por la propia naturaleza. Vistas diferentes, rollo Breaking Bad, lo llamamos. Junto a las malas hierbas del descampado, un par de grúas y una hormigonera avisaban de futuros apartamentos, cuyas vistas, a pesar de que en la web colgarán seguramente una imagen paradisíaca, no serán otra cosa que la fachada de nuestro edificio. Como en vacaciones las prioridades cambian, las vistas exteriores nos distrajeron del apartamento en sí. Al descubrir que aquel palacio para una semana de vacaciones era sobre el terreno una habitación pequeña, aplaudimos la destreza del fotógrafo –merece el World Press Photo, dijimos, sin olvidarnos de asignar el Nobel de Economía al que había puesto precio a la estancia–. Hay gente muy buena en lo suyo.

Si las vistas y el interior eran curiosas, más detalles merecían ser destacados, como las escaleras de acceso a la habitación. 18 peldaños cuya contrahuella estaba diseñada para centros de alto rendimiento deportivo. O como el aparato de aire acondicionado sobre la cama para combatir el calor húmedo del reducido habitáculo. Un aparato pensado para hacerte soñar en este verano de pandemia en el que pocos se han atrevido con los grandes viajes. Uno activaba el cacharro en modo silencio, cerraba los ojos y podía sentir la libertad de viajar lejos, dentro del motor de un Boeing 747. Como la elección del destino venía incluida en el precio, hubo una siesta en la que decidí plantarme, subido a aquella turbina, en la bella Copenhague. Teniendo en cuenta el enfriamiento y el dolor de garganta posteriores, aún dudo si fue un sueño o de verdad estuve allí.

El verano acaba.

Han pasado ya varias semanas desde la escapada al apartamento y sigo pensando en aquel engaño, en aquella estafa vacacional con mucha melancolía. Volvería a dejarme engañar sin dudarlo. Aunque me pidieran el doble de precio, el espacio fuese la mitad y la gasolinera pareciese el doble. El verano sirve para engañarnos porque el engaño, aunque tenga tan mala prensa como buen número de fieles, es la forma más natural de evadirse, de evitar daños irreparables en una válvula de escape castigada por el roce del trabajo de once meses y medio al año. En verano, nos engañamos jugando a ser millonarios esos días en los que el despertador no suena a pesar de ser lunes.

Nos engañamos simulando que disfrutamos más de un sofisticado mojito lleno de malas hierbas –ya sé de dónde las sacan– que de una simple cerveza o un vaso de agua bien fría. Nos engañamos pensando que los encontronazos con los seres queridos se deben a factores externos y no a la exposición a la realidad que supone tener tiempo compartido con ellos. Un verano, siendo adolescente, incluso me engañé pensando que aquella novia no contestó durante todo el verano porque se había quedado sin saldo.

Vistas desde el apartemento

El verano fatal de pandemia ya acaba y, a estas alturas, podemos empezar a reconocer que nos hemos engañado colectivamente. Hemos imaginado que el virus que paró nuestras vidas en primavera había sacado una bandera blanca para darnos tranquilidad tras unos meses de tensión extrema. La realidad es que los virus no sacan banderas blancas. En primavera nos engañamos diciéndonos que aquel confinamiento, que aquellas medidas tan drásticas como dejar de ver a los seres queridos, habían sido un acto de responsabilidad, cuando eran simplemente miedo a lo desconocido.

El miedo ha desaparecido y el autoengaño ha cambiado parcialmente nuestra visión, sin importarnos demasiado que los virus no jueguen a estas cosas.

Al cierre del verano, España vuelve a liderar, otra vez, el ranking europeo de la covid-19, con una distancia tan abismal sobre el resto que nos volvemos a preguntar qué ha pasado, sin que pirámides poblacionales, residencias, o estilo de vida nos den una explicación certera. Los colegios, que en marzo cerraron porque circulaba un virus dañino y altamente contagioso, se preparan para abrir sin importar que el escenario sea exactamente el mismo.

Lo harán, eso sí, tras tomar una serie de medidas que esperemos que demuestren su eficacia: cruzar los dedos para que todo salga bien. Si engañarse en lo personal puede llegar a ser un acto de salud mental, engañarse con las cosas colectivas, con las cosas del comer, con las cosas del sobrevivir, suele ser un suicidio. Un suicidio que llevamos a cabo encantados de la vida y con total naturalidad, porque engañarnos es, por encima de toros, flamenco o paella, puro ADN de esta tierra.

La corrupción, el mal de cada día

Asimilamos con naturalidad que los presidentes de las comunidades autónomas encargados de las competencias de Salud lleven meses engañándose y engañándonos. Parados, mirándose las caras unos a otros como si lo de “presidente” fuera un mote en vez de un cargo. Yendo, como manada de elefantes, al ritmo que marque el más lento. Intentando no enfadar a nadie, no señalándose, empeñados en pasar inadvertidos en la gestión de una pandemia que requiere algo más que inmovilismo. No ha habido mayor golpe a la España de las autonomías en cuatro décadas que el asestado durante estos meses por quienes las presiden. Asimilamos con naturalidad estrategias de confrontación política girando en torno a una pandemia.

Con el estado de alarma recién levantado, Díaz Ayuso dejó de estar supervisada y usó su libertad de gestión para buscar en la lista de competencias qué cosas de las que ocurrían en Madrid y alrededores no le correspondían gestionar a ella, sino al Gobierno central. Y descubrió Barajas. Llevamos meses escuchando la predicción de que todos los males futuros que lleguen a Madrid –y ya llegan– nada tendrían que ver con ambulatorios cerrados, fiestas nocturnas, ausencia de rastreadores o las plazas de toros abarrotadas, sino con Barajas. Belén Esteban lo confirma desde el propio aeropuerto y ya no hay duda de que no hacer nada y sembrar culpas pacientemente era una posibilidad en este país azotado por una emergencia sanitaria.

Asimilamos con naturalidad que el mismo Pedro Sánchez que apoyó el 155 para Catalunya, ni contemple hoy la posibilidad de activarlo en el Madrid de una Díaz Ayuso que empieza a parecerse demasiado a los Trumps y Bolsonaros a los que les dimiten sus responsables de salud aterrorizados por sus políticas. Dejar hacer a Díaz Ayuso será bueno para el Gobierno central, pronostica el cerebro que controla los movimientos del presidente, Iván Redondo. Aceptamos como parte del juego político que haya ciudadanos desprotegidos. Desobedeciendo, a propósito, la Constitución española, que obliga al presidente del Gobierno a vigilar que no haya nadie cuya salud quede desprotegida por el hecho de ser, por ejemplo, madrileño.

Asimilamos el engaño de que en lugares turísticos como Andalucía, la pandemia se enfrente con propaganda institucional repetida y aplaudida en los telediarios. Mientras 450 profesionales del Servicio de Vigilancia Epidemiológica están encargados del rastreo de positivos, función clave en este momento según todos los expertos, hay deambulando por las playas andaluzas 3.000 “vigilantes” cuya función principal es pasear con indumentaria del Gobierno andaluz recordando la importancia del uso de la mascarilla. Imposible entender cómo Andalucía recoge en estos momentos los peores datos desde abril. Sólo una altísima capacidad para aceptar el engaño explica que volvamos a vernos en las mismas: líderes indiscutibles.

Un estudio reciente confirmaba que las regiones del mundo con más casos de corrupción política eran también las regiones en las que los ciudadanos ajenos a la política cometían más fraudes en sus vidas personales. Extrapolen y entenderán por qué nos espera un otoño más duro del que creíamos merecer. Entonces echaré aún más de menos aquella estafa con vistas a la gasolinera.

GERARDO TECÉ  (CTXT – CONTEXTO Y ACCIÓN)

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