EL PERINQUÉ: EL PERRO QUE LADRÓ
El perro no ladró una hora, ni dos, ni tres… Ladró toda la noche.

Desde el barranco de San Roque no llegó el susurro del agua ni el correr de las piedras, llegó el ladrido desesperado de un perro.
En el barranco, desde la punta de arriba hasta la punta de abajo, los foráneos, gente que duerme fuera, vota fuera y tributan fuera: en Las Palmas, en Telde, en Guía, en Gáldar, en Agüimes o San Bartolomé, compran un trozo de tierra, de risco o ladera, y se creen con el derecho, cualquier derecho, incluso con el derecho a abandonar a sus vergüenzas para que roben la tranquilidad del lugar.
Esos foráneos asumieron que los perros comen un día a la semana, puede con suerte que dos, los afortunados comerán tres veces por semana. No habrá problema mientras no salga a flote el problema. El sueño del dueño descansa en otro lugar: En Las Palmas, en Telde, Guía, Gáldar, Agüimes o San Bartolomé, donde habita.
Pero en San Roque vive gente. Gente corriente.
Trabajadores, empleados, curritos, niños, bebés, madrugadores de escuela, enfermos, cuidadores, amas de casa, enamorados, jubilados, parados, Alzhéimer, demencia senil y enfermedad mental.
San Roque no está vacío.
Como el perro, pide atención, ladrido a ladrido.
El barrio de San Roque, en el limbo de una línea divisoria entre dos municipios, ha sufrido la histórica indiferencia de los gobiernos, cualquier gobierno.
Así que ni a las buenas gentes de San Roque, ni al santo, ni al gallo que rompe el amanecer, les importará, es más, será motivo de esperanza, que el alcalde y concejales usen coche oficial y vengan de visita al barrio, pregunten al vecino sus problemas…
Un día, dos, y tres.
Y también pueden tomar café.
El café no distingue de colores, es negro para todos y tiene el aroma universal del café.
REYES BOLAÑOS



