EL 155, RAJOY Y RIVERA

rafael alvarezTratar Cataluña como si fuera Argelia, exportar el jacobinismo parisino a la colonia o territorio de ultramar. Más o menos, salvando las diferencias históricas, es lo que pretende Ciudadanos que haga el PP. Ir más allá de la legalidad vigente y la salvaguarda de la unidad territorial, Albert Rivera quiere que Mariano Rajoy instrumentalice la aplicación del artículo 155 de la Carta Magna a modo de una versión moderna de los Decretos de Nueva Planta. Y entonces aflora el instinto más profundo de Ciudadanos: finiquitar a los nacionalismos. La UCD se entendió entonces, mejor o peor, con vascos y catalanes. Ciudadanos no es eso sino el resurgir de la españolidad uniforme, inmutable e inalterable a la diversidad política que alberga el país.

 

Rivera no es el centrismo ante la derecha que simboliza el PP. No, para nada; aquí hay dos derechas (bien distintas) que pugnan por ocupar el mismo espacio electoral. Pero concurre una gran diferencia: los populares han sido protagonistas de las últimas décadas y, por lo tanto, asumen que los nacionalismos periféricos son igualmente actores políticos a tener en cuenta. Por eso el PNV cede con el apoyo a los Presupuestos Generales del Estado del año en curso en aras de dar tiempo para que se desinfle el efecto Ciudadanos en las encuestas. Una alianza gubernamental entre PP y Ciudadanos, con indiferencia del orden en el poder, destroza por supuesto a la izquierda (fragmentada, alejada socialmente) pero arrincona por completo a los nacionalismos. Unas banderas por otras. Pero ni pizca de aquello que fue el espíritu constitucional del 78.

Si PP y PSOE siguen la estela de Ciudadanos de laminar a los nacionalismos y achicar los espacios de autogobierno a lo largo y ancho de España, supondría dinamitar antes o después el sistema constitucional que hemos conocido. Hay que reconocer el éxito, con sus luces y sombras, de las comunidades autónomas. En este periodo puede ser rentable electoralmente el discurso de Rivera, pero tiene un coste institucional soterrado. El PP debe desmarcarse de este frenesí nacional de Ciudadanos. Y el PSOE no puede excluir la opción de rubricar una gran coalición a la alemana. Es una paradoja, no cabe duda, pero solo el entendimiento entre populares y socialistas puede salvar a ambos (o, al menos, permitirles un largo plazo) a la par que preservar el sistema político hasta ahora conocido. Mientras PP y PSOE se encaran mutuamente, se carcomen ambos y Rivera se frota las manos.

La exigencia histórica del momento que vivimos exige dosis de regeneración, aunque a la vez las dos principales formaciones saben que su supervivencia implica ser generoso con el otro. La irrupción de un tercero (Ciudadanos) perjudica a Génova y Ferraz. Al menos, hasta que el supuesto centrismo que vende Rivera se desenmascare socialmente y refleje el neoliberalismo que acarrea.

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