AGUSTÍN CALDERÍN: RANCHERO MAYOR DE ÁNIMAS

Agustín Calderín Calderín (86 años). Lo conocí hace unos meses porque me invitaron a presenciar un rancho de ánimas.
Habíamos quedado por teléfono para vernos a las diez de la mañana en su casa. Llegué puntual.
Cuando me acerqué al garaje, Agustín ya estaba allí. Sentado. Esperándome con las manos cruzadas, lo dedos moviéndose solos, y el cachorro apoyado sobre la cabeza.
Me presenté, le pedí permiso para sentarme, y fue ahí cuando empezó todo.
Me dijo que no sabía cuándo comenzó con los ranchos de ánimas, porque no hubo un inicio y porque desde bebé estuvo dentro. Pero que fue su padre quien lo llevó. Quien lo puso ahí.
Me enseñó una foto de su padre y de su madre.

Ella trabajaba la cestería.
Me habló de esa imagen tomada seis meses después de haber perdido a un hijo de veintiún años.
Seis meses. Y aun así seguía trabajando, porque no había opción.
Me habló de las mujeres de antes. Me contó que vivían en una cárcel. Que su mundo era lavar, cocinar, atender la casa y callar.
Que nunca sabremos realmente por lo que pasaron.
Nunca, porque nadie les preguntó.
Me contó que empezó a salir a las calles siendo muy joven, con su padre y otro hombre, para cantar, pero que muchas veces les cerraban las puertas.
Que hubo rechazo, desprecio y silencio.
Pero también me dijo algo así como: que todo trabajo al que se le es fiel acaba dando frutos, y que nunca abandone nada que cree si lo amo, porque la recompensa llega. Llega tarde, pero llega.
Me explicó que los ranchos de ánimas no nacieron en Canarias.
Que vienen de África, pero que no cualquiera puede estar en uno. No por talento, sino por respeto.
Me habló de la espada.
Del sonido que hacían con ella.
Del símbolo que se mantiene hoy.
La espada no como arma, sino como memoria.
Como presencia.
Como algo que pesa.
Entonces entendí que no cantan: dicen. Que son poetas sin papel. Que los cantos nacen ahí, en ese momento, improvisados.
Que algunos se apoyan en la Biblia, pero lo que ocurre no se repite jamás.
Me dijo que el camino de la vida lo hace cada uno. Que solo uno sabe qué camino escoger y quién lo guía.
Pero que sus hijos ya saben qué hacer cuando él se vaya: no llorarlo en silencio, sino cantarle. Con su rancho. Con esas veinte personas que hoy sostienen lo que queda.
Me emocioné delante de él. Sin esconderme. Y él sosteniéndome la mirada.
Me emocioné porque le importa la infancia. Porque le importan los niños que no encajan. Los que no quieren lo convencional.
Los que quieren cuidar una tradición que se muere.
Porque, como él dice, él ya ha cantado mucho.
Me dijo que todo lo que sabe lo cuenta, porque no se va a llevar nada al otro lado. Ya que contar es una responsabilidad, para que sepamos quiénes somos.
Para que no olvidemos nuestras tradiciones canarias. Nuestra cultura.
Me habló sin rodeos de cómo otras fiestas llegaron para ocuparlo todo. De cómo se nos vendió una celebración ajena, como por ejemplo, Halloween. Disfraces. Negocio. Consumo.
Una cultura que no es nuestra y que tampoco nos representa.
Cuando me fui, no me llevé solo palabras. Me regaló unas cestitas hechas por él. Con sus manos. Con su tiempo.
Me fui con las manos llenas y con el alma removida.
Antes de despedirnos me dijo algo simple, algo que pesa más de lo que parece: cuando uno se queda quieto, todo se paraliza.
Y entendí que seguir cantando, contar lo vivido y no callarse también es una forma de luchar contra el olvido.
ELENA FERNÁNDEZ ALEMÁN



