¿QUIÉN LE PONE EL CASCABEL AL GATO?

correilloJavier era de Tazacorte, isla de La Palma. Hablo en pasado porque lo que les quiero contar sucedió hace ya bastantes años y a día de hoy, del dos mil veinte, no sabemos nada de él ni de su vida. Si le ha resultado leve o dura, si generosa o mezquina. Vamos, que aquí se cumple aquello tan sobado de que “el tiempo y la distancia puede que no sea el olvido”, pero se nos parece bastante. En cualquier caso y desde Tenteniguada le deseo todos los parabienes habidos y por haber, que para mí quiero.

Javier hizo el servicio militar en la Comandancia de Marina en Gran Canaria y coincidimos en el barco que cubría por aquellos entonces la ruta marítima entre islas, en este caso, las occidentales. Él se dirigía a su casa y a sus asuntos recién licenciado y nosotros, Luis el Tacho, Antonio Zurita y el que esto escribe, íbamos a su isla a pasar unos días, para conocerla, veletear un poco y patearla todo lo que pudiéramos, estábamos en esas edades en que la curiosidad te podía, (aún la idea o concepto de vacaciones no estaba muy extendido entre la pobrería rampante) y nosotros tampoco teníamos ni necesidad ni edad para el descanso, eso vendría más tarde. ¡¡Y de qué manera!!

 

Javier andaba muy contento, y no era para menos, después de catorce meses fuera del terruño aguantando carros y carretas por obligación mucha y devoción poca y, además, sin cobrar un puto y mísero duro…. conclusiones al dorso para quién las quiera. Cuando encaramos con él en cubierta llevaba una guitarra en las manos y unos cuantos vinos pateros y pendencieros (no menos que algunos de nosotros) a cuestas. Téngase en cuenta que por aquellas lendas y calendas los barcos eran, valga la redundancia, la mar de lentos y sus singladuras tediosas y largas, al menos para gentes bastante jóvenes y desinquietos como era el caso y teníamos que tener algún mantenimiento de algo para resistir las inclemencias del mar y el zangoloteo de aquellos cascarones de nueces que eran los Correillos y Santamarías.

Llegados a este punto, obligado es decir que, si bien nuestro hombre llevaba una guitarra en las manos, en la garganta o en la cabeza, según se mire, portaba todo el repertorio musical del cantante italiano, pero sin Romina, a Dios gracias, Albano, al cual imitaba asombrosamente bien, o al menos eso nos parecía a nosotros que ya andaríamos en piedras de a ocho, o séase, bajo la influencia perniciosa e infame del dios Baco, al cual, hay que decirlo, recurríamos y rendíamos culto más de lo debido. Repertorio que comenzó en al antiguo muelle de Santa Catalina ¿o saliendo de la Punta de la Isleta?, por aquello de vamos a ver si lo superamos y terminó, previo descanso o trasbordo en Tenerife, en la otra Santa Cruz, pero de La Palma. ¿O no sería la borrachera lo que terminaría aquí? A saber. Después de casi cincuenta años, a ver quién es el guapo que se acuerda de las meteduras de patas en cuestiones de juergas y amores, máxime si uno está por olvidarlas.

Pero a lo que íbamos. Sospecho que entre col y col se terciaría alguna lechuga en forma de isas, folías y las siempre recurrentes rancheras, que como el amigo bueno y algo tonto siempre está ahí para las emergencias, para cuando se le necesita. Y estoy por pensar también que en algún momento de la travesía descansaríamos algo, que en todo trabajo se hacen argollas, carajo. Sea como fuere había vida y juventud para una cosa y otra o eso nos parecía a nosotros que la despilfarrábamos a manos llenas. Y con estos antecedentes y gustos musicales compartidos o recíprocos, conectar fue lo más fácil del mundo. La música, dicen que dijo alguien, amansa y acerca a las fieras, pero el alcohol bien llevado (que es casi nunca) ayuda un huevo. Y nos bastó simplemente acercarnos al corrillo, canturrear y tararear algo, según gustos y habilidades, pasarnos la botella…. Y a vivir que son tres día mal contados, y algunos hay que dejarlos para el Centro de Salud o el Hospital. Mintras tanto, dejémoslo así y hagamos mutis por el foro, que para la tristeza siempre habrá tiempo si la vida es larga. Amén.

Nosotros pensábamos que aquella amistad o camaradería duraría como de costumbre, lo que tardaría en quitársenos la sorimba y llegar la resaca con su patético sentimiento de culpabilidad y su detestable “más nunca” añadido. No, no fue así y contra todo pronóstico, cuando pusimos los pies en tierra, aunque más exacto sería decir en el hormigón del muelle, Javier nos esperaba guitarra y petate en ristre, para decirnos que no dejáramos de pasar por su casa. No recuerdo qué día y que estaba en tal y cual sitio de Tazacorte, que se lo aseguráramos para que su madre nos tuviera preparado un sancocho como Dios y las Santas Escrituras mandaban. Y que con la misma él nos llevaría la Cueva Bonita, que está a dos kilómetros de su pueblo, más o menos.

Javier, por esas circunstancias de la vida o ironías o crueldad del destino, no solo hizo el servicio militar en la Marina, como dijimos anteriormente, sino que además era pescador o marinero y tenía embarcación propia, única herencia de un padre díscolo que les abandonó siendo éste apenas un adolescente, pero de esto hablaremos más adelante, si la narración así lo requiere y yo no pierdo el hilo como uso y costumbre. Lo que sí diremos ahora es que con esta barquilla y en la pesca se ganaba parte de los garbanzos del sustento, el resto lo complementaba su madre y hermana adulta (había otra pequeña de escuela), en la zafra del plátano y como es lógico de forma esporádica. Lo que Javier nunca no dijo, y ahora sí hablaremos un poco más de su padre- aunque no estoy tan seguro que la narración así lo requiera-, y no nos lo dijo porque tampoco se lo preguntamos, ¡¡faltaría más!!, que hubiera sido o pasado con él. Aunque como ocurre siempre con estas cosas, por lo que no se dice o se dice a medias o se insinúa simplemente, dedujimos que el viejo cogió tizo. Les hubiera abandonado hacía algún tiempo. Y allí quedaron ellos cuatro batallando por el pan y la sal de cada día, para salir adelante como la inmensa mayoría de los mortales o vivientes. Y nosotros, intrusos y caras duras, esperando que fuera la hora, o mejor dicho, que se terminaran de hacer las papas y el cherne para dar buena cuenta del mentado sancocho, que de todos es sabido que en eso del comer y beber, los canarios no perdonamos una, sobre todo si es gratis y si tienen alguna duda pregúntenle a los administradores canarios.

Y como de bien nacido es ser agradecido, obligado es decir que si hay isleños serviciales, desprendidos y cariñosos hasta el desconcierto, sin lugar a dudas los palmeros se llevan la palma, y nunca mejor dicho. Mi experiencia con ellos así me lo corrobora y esta familia no era una excepción. Sin conocernos de nada no solamente nos abre sus puertas, sino que además sienta a su mesa a tres perfectos desconocidos para que compartan su humilde pero exquisita comida con asombrosa naturalidad. Claro que ustedes me dirán que eran otros tiempos y que en la época de nuestros abuelos aquí era igual y tal y yo les digo que sí que es verdad. Pero hace tanto tiempo de eso que ya nos hemos olvidado de cuándo empezamos a poner cercas, rejas, atrancando puertas y ventanas y mirando al otro con recelo y desconfianza, que ya estos gestos de generosidad, o de lo que sea, nos parecen rarezas de otro planeta, de épocas remotas.

Para ir ovillando la madeja y concluir esta perorata que trata de ser de agradecimiento, decir que no pudimos ir a la Cueva Bonita porque Javier no calculó bien ¿o pudo más su necesidad de dinero? Y se hubiera comprometido con un vecino para llevarle unos materiales de construcción a no sé qué lugar de la costa sur y tenía que ser sí o sí con la chalana, ya que era por mar la única posibilidad de acceder al destino. De cualquier manera lo entendimos y disculpamos, ¡¡qué remedio!! Después de aquella grata hospitalidad y excelente comida, no nos quedaba otra y porque también nosotros hubiéramos hecho el servicio militar y sabíamos cómo se salía del mismo, básicamente hechos unos herejes en todos los sentidos. Sin un duro, sin trabajo, si tu empresario, como fue mi caso, era y es un perfecto cafre, y no de Sudáfrica precisamente. Sin novia, si aparecía el primo Pepe y te la quitaba porque tú tampoco eras de fiar… Eso sí, casi siempre salías con algún que otro vicio que a lo mejor antes no tenías: alcohol, tabaco, juergas, mujeres, etc. Pero, ¿quién le pone el cascabel el gato, cristiano? Yo no.

Tenteniguada, marzo de 2020

Mes y año que será de mal recuerdo, para el olvido.

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