ESTAS COSAS SUELEN PASAR

CASI UN CUENTO  (LELO DEL PINO)

zafra surFinalmente, el malejón remitió después de tenerme algunos años entre visitar a médicos, camas y encoñamientos varios, por lo que fue pasar y terminar aquella zafra ¿del sesenta y cuatro?, con mis padres en Maspalomas. Lo habitual era que apenas se iniciaran dichas zafras y aparecieran las primeras crisis de la enfermedad por el horizonte, tuviera que quedarme o regresar con mis abuelos a Tenteniguada, porque para mis viejos suponía un auténtico calvario ocuparse de mi al tiempo que atender los tomateros. Si esto fue así, si la enfermedad daba un respiro a un servidor y a toda la familia, no fue por que dimos con un galeno especial o adecuado, ni por arte de magia, ni mucho menos por obra de un sortilegio o extraño hechizo, nada de eso, se debió simple y llanamente a que mi padre compró varias cabras al pastor del Conde y contra lo que se pueda pensar de los pastores palomeros, estas salieron buenas de leche y aquel año y hasta bien entrado el verano, no faltó en casa, queso, leche y mucho menos tabefe, que era a fin de cuentas, la falta de leche y concretamente de calcio, aunque de eso nos enteraríamos más tarde, origen y causa de dicha enfermedad, llamada también, no sé si científicamente, académica o irónicamente, raquitismo. Aquí entre nosotros, en confianza, hambre o falta de comida.

caballito cartón

Y en plena actividad agrícola andábamos mientras se aproximaba Navidad y Fin de Año. En realidad, estas efemérides llegaban y se iban como la jorra pal millo, vamos, con penas muchas y glorias pocas. Nadie se enteraba de nada y nadie celebraba nada porque tampoco había por qué, ni con qué y nos daba igual que fuera Navidad o fin de lo que fuere ya que para nosotros, lo realmente importante era que los tomateros se dieran bien y que tanto los ingleses como los empresarios canarios, pagaran los tomates con un mínimo de decencia y fundamento para poder levantar cabeza, o mejor sería decir, llevar la cabeza levantada, que, aunque pudiera parecerlo, no es lo mismo. Y así poder tapar los agujeros, (liquidar deudas atrasadas), que amenazaban con convertirse en peligrosas, tanto en la tienda de Paquito Santana aquí en Tenteniguada, como en la de Mateito en Maspalomas, por no hablar del jarambú, Ibrahim, que nos vendía los cuatro guilgos de tela o ropa.

Otra cosa bien distinta eran los Reyes Magos, sobre todo para la gente menuda que, aunque las más de las veces, venían acompañados de jipidos y lágrimas, su simple mención nos alborotaba, nos volvía locos de remate de pura alegría y ansiedad, a fin de cuentas, era el único y más importante acontecimiento del año, con rostro de niño. Varias semanas antes y tan pronto nuestros tenderos colgaban los juguetes del techo de la tienda, nos poníamos en marcha, en acción y comenzaban nuestras idas y venidas de la cuartería a la tienda o al revés, que daba la impresión de que estábamos en permanente romería. Parecíamos gallinas sin nidal buscando echadero posible. No era así para nuestros padres y abuelos que empezaban a inquietarse y rezongar porque las presiones y el chantaje estaban al caer, a la vuelta de la esquina, osease, la matraquilla de todos los años. Con respecto a los abuelos, lo teníamos claro y sin remedio a la vista, sabíamos que la cosa no iba más allá del puñillo de frutos secos, almendras, nueces, tunos e higos pasados y muy rara vez, algún juguetillo de dos o tres pesetas como mucho. Aún recuerdo con cierto cariño y con no menos nostalgia, los cochillos de lata, modelo Ford americano, como no podía ser de otra manera, no más grande que el dedo gordo de un adulto, por lo general detalle de mi tía Rafaela y en ocasiones, también de Pepita Pérez, que tenía esos gestos con nosotros, para que mi abuela contentara a su nieto, ósea yo, y no pasara desconsuelos .Para que estuviera a la altura de las circunstancias y de sus hijos, que dicho sea, tampoco estaban para estallar sopladeras o tirar voladores alegremente. Pero como vivíamos puerta con puerta y patio con patio, supongo, y como madre que era en ocho ocasiones (tuvo una pérdida) y nueve, a veces, conmigo, le daría pena o estaría hasta el moño de mis llantinas y berridos las mañanas de Reyes.

En fin, sea como fuere, tenía esa cosilla con nosotros.

Pero ahora el escenario era otro, aunque más exacto seria decir, el decorado, porque, aunque estuviera con mis padres, las cosas no pintaban mucho mejores que digamos. Pero si es verdad que podía presionar y chantajear con menos remordimientos que con mis abuelos ya que los pobrecillos eran la expresión más triste y descarnada de la pobreza. Aquí querido lector y a riesgo de parecer pedante, no puedo pasar por alto y a modo de reflexión, decir, como dijo alguien alguna vez y era que: “La pobreza era una abstracción incluso para quien la padece”. No lo sé y no sé tampoco si mis abuelos estarían de acuerdo con esto, si tenían o no esa percepción, si reflexionarían alguna vez sobre este asunto. Al menos para mí, que tendría entre seis y ocho años, la pobreza era bastante real, tangible, al menos a las horas de comer, puesto que repetir un pedazo de queso o sardina salada o en aceite, era toda una verdadera odisea. Pero dejémoslo así.

Antes dije que apenas nos acercábamos a vísperas de Reyes, empezábamos a presionar y chantajear a nuestros padres, a los abuelos, menos, para que nos compraran tal o cual juguete, pero no hemos mencionado a nuestros tíos, que también jugaron su papel, a los que metíamos en el ajo, en una palabra, los utilizábamos, y me aclaro.

Cuando a veces alguien me pregunta por casualidad, que a quién se le ocurrió términos, un tanto áridos, y farragosos como diplomacia, alianza, estrategia y táctica, suelo responder, entre bromas y veras, que fue a los chiquillos de la posguerra, los de mi generación. Y es así porque cuando queríamos conseguir algo, fuera para estas fechas o cuando se finalizaban las zafras, se iba a Las Palmas a cobrar los tomates, para que nos llevaran, ya que siempre caía algo: El tradicional almuerzo en la fonda de Pancho Peña, alguna golosina, un chiste (hoy tebeo), recurríamos a nuestros tíos, que casi siempre hacían de delegados o embajadores de nuestras causas. (Tío Pablo). Hoy pienso, conociéndolo como lo conocí, que lo hacía más que nada, por puro recochineo y un tanto por fastidiar a sus hermanas, aunque en casa lo queríamos bastante, no ignorábamos que era algo velillo. En cualquier caso, sus gestiones funcionaban y expresiones o intervenciones como: “Cómprale eso al chiquillo que se lo merece, que ya amarra tomateros como un hombre grande “o “Cuando se mueran les vamos a echar el dinero sobrante en el cajón” “Jediondos coño” y otras lindezas por el estilo que, estimulaban y facilitaban nuestras estrategias.

Aquel año me emperreté con un caballillo de cartón la mar de lindo y elegante que ya andaba expuesto en la venta de Mateito, pero valía seis duros y eso era mucho hilo pal trompo, un verdadero dineral para la época y para los escurridos bolsillos de mis padres. Pero no desesperaba, tenía confianza en mí y en mis habilidades disuasorias y aún faltaban varias semanas para que vinieran los Señores de Oriente.

Había tiempo para poner en marcha el aparato diplomático y de alianzas. Mientras tanto, erre que erre con el mismo guineo: Y si amarramos y deshijamos los tomateros ante del domingo, a mi madre, ¿tú le dices a los Reyes que me echen el caballo? Y si cojo las tornas y la hierba para las cabras, a mi padre, ¿Tú le dices a los Reyes…? Así de pesado y perseverante, un día y otro, hasta que finalmente llegó la noche más larga del año y su inevitable y esperada mañana de Reyes. Y junto a las viandas de Abuela Pilar, la muñeca y un paquetito, tal vez un juego de sábanas o alguna pieza de ropa para el ajuar de mi hermana María que, ya empezaba a mirar para el cañizo y era costumbre aprovechar estos eventos para ir ajuntando la dote y junto a esto, mi anhelado caballito de cartón. Como podrán imaginarse, yo no cabía en mí, parecía salirme de un momento a otro, de mi propia cobija, de pura euforia y contento.

Cuando salí a la calle para visitar a mis primos y amigos y enseñar y confrontar juguetes, yo era el más admirado y envidiado de la cuartería, no solo las de Pilcher en Lomo Gordo, sino también en las de Juliano Bonny, que distaban más de tres kilómetros y era costumbre recorrer para mostrarles y sobre todo, darles de merecer con nuestros regalos, si eran mejores, a los amiguetes de allí y de paso compartir alegrías y alguna que otra perreta o lagrimilla, que haberlas, húbolas, un año sí y el otro también.

Por más que revuelvo en mi memoria, no recuerdo unos reyes mejores que aquellos o al menos que me entusiasmaran tanto. Yo era el centro de atención y gravedad. Todo el vecindario pequeño quería mi amistad, cuando nunca, pero, sobre todo, querían dar una vuelta con mi alazán de cartón. Me sentía imprescindible, el líder, o al menos eso creí hasta media tarde. “Es tan corto el amor y tan largo el olvido” (Neruda), ya que no se me ocurrió otra cosa, que pensar, que, con tanto ajetreo, tanto ir y venir, a lo mejor el animalito tendría sed y lógicamente lo acerqué a la acequia de Las Tirajanas, que junto con la del Conde, eran los abrevaderos únicos para animales y humanos.

Lo mantuve un buen rato para que bebiera toda el agua que quisiera. Amarga decisión y amargos Reyes. Apenas lo saqué al exterior empezó a perder la pintura y luego a deshacerse en pedazos hasta quedar solamente la tablilla que hacía de plataforma, con sus cuatro ruedillas muertas de risa. No sé cuánto tiempo permanecí allí, sólo e impotente, mirando a la acequia, como esperando de ella una explicación a tal estropicio.

Y por supuesto, llorando a lágrimas vivas por como desaparecía mi caballito y mis sueños, en un abrir y cerrar de ojos.

No recuerdo que mis padres me zurraran por tamaña ignorancia y temeridad, supongo que consideraron, sobre todo mi madre, que era quien, por lo general, hacía de cabo-vara, que ya tendría bastante castigo con mi pérdida y me dejaron quieto parado con mi dolor a cuestas, como no sé en qué canción.

En resumidas cuentas, que, si por un lado fueron los Reyes más trabajados y esperados de mi infancia, fueron al mismo tiempo los más breves y amargos de mi vida.

¡¡Qué se le va a hace!!

Estas cosas suelen pasar.

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