FAUSTINO EL DE LA BOINA

DEDICADO A RAMÓN MEDINA

Lelo del Pino

Nació y vivió hasta bien entrados los años sesenta del pasado siglo en los Guaniles. Desde allí se desplazó a Vecindario a trabajar en la aparcería y a medida que iba juntando algunas perrillas y a ratos, como todo el mundo pobre, se fue construyendo una casa por las inmediaciones de Sardina y allí se quedó hasta la fecha. Para quien no conozca o esté al tanto de dónde queda Los Guaniles, les diré que está en la parte alta del Barranco de Guayadeque, entrando por Ingenio o Agüimes y lindando con el entrañable y airoso pueblito de Cazadores. Son cuatro casas mal contadas y convencionales y algunas cuevas que otras, que en su día hicieron de refugio y guarida de animales y humanos indistintamente y, créanme si les digo, que algunas veces no se distinguía muy bien quiénes eran unos y quiénes otros por las condiciones tan deplorables de salubridad e higiene allí reinantes. Pero de este lugar era nuestro hombre.

Por el tiempo que nos trae y nos ocupa y como la mayoría de las gentes de tierra adentro malvivíamos de la labranza y de los animales. Faustino, que así hemos querido llamar a nuestro protagonista, tenía también por costumbre y necesidad, como tantos otros, llegada la primavera y en una especie de trashumancia en corto, acercarse por los alrededores de la Caldera de los Marteles con los bicharracos, donde tenía unas tierrillas, en propiedades unas y prestadas o arrendadas otras. Y en aquellas cumbres de Dios y de nuestros ancestros pasaba o iba y venía (su casa no estaba lejos) de mes y medio a dos meses, hasta que se agotaba y agostaba la sementera o cuanta yerba fresca y verde hubiera o quedara por aquellos alrededores, o empezara a cascar el calor de mediados o finales de Junio, tiempo de regresar y estabular a los animales. Y fue por aquellas jurisdicciones donde lo conocimos y tratamos.

Caldera de Los Marteles

Era moreno y mostachudo y si estuviéramos por especular (que lo estamos, porque si no ¿qué sentido tendría escribir?), diríamos que a simple vista se podría pensar que tendría algún ascendente africano o árabe, tal vez de aquellos esclavos que en su momento trajeron los zánganos de los españoles de Senegal o vaya usted a saber de dónde, para sacarles el cuero y  la vida aquí y en la caña de azúcar. O de los jarambuses que vinieron más tarde con sus fardos de ropa a las costillas a la conquista del pan nuestro de cada día por estas latitudes, y aquí se quedaron y echaron raíces y gajos. ¿Quién quita!

Sea como fuere, era bastante moreno. Ni alto ni bajo. Ni guapo ni feo, era lo que nuestro estandarizado esquema mental consideramos normalito. De trato fácil y cercano tirando a bonachón… Así de pronto y dado lo rápido que somos para sacar conclusiones sin que venga a cuento, las más de las veces, pensaríamos que al pobrecillo le faltaba una dula. Nada de eso, tal vez fuera un tanto sanón, falto de malicia quizás, que a lo mejor puedo arreglarse en su momento y como a mucho de nosotros, con una regadilla más y a surco lleno, pudo ser.

En cualquier caso, concluyamos que no era un dechado de sapiencia y sabiduría, no, que tan perfectos no nos quiere el cielo, pero tampoco era tonto, sobre todo en cuestiones de frutales, ya que dominaba más que bien en qué tiempo y luna podar, injertar, trasplantar, etc. Pero donde destacaba lo suyo era en todo lo relacionado con los animales. Sabía cuándo una cabra o vaca aún sin parir sería buena de lecha; cuándo le podría sobrevenir una tetera o enfriamiento, cuándo un parto venía mal dado, si se ajorraba y como tratarla, cómo desangrarla para que el animal no muriera. Vamos, que se defendía en este terreno a las mil maravillas y todo el mundo recurría a él cuando había dificultades. Y así, como quien no quiere la cosa o queriéndola, se fue creando un cierto prestigio de veterinario autodidacta y de emergencia entre los labradores y boyeros de la zona.

Pero un mal día su fama empezó a decaer, a disminuir y como siempre ocurre, comenzó con aquello de: ¿qué tal fulano para los animales? Sí, es bueno, pero…, no es malo pero tampoco es muy allá que digamos… Y es que la gloria, amigos míos, como la vida misma es fugaz y pasajera, y muy fullera ella y como se tiene se pierde. Y todo porque corrió el rumor de que nuestro hombre castigaba a María, su mujer y eso en aquel ambiente tranquilo, sosegado casi y aparentemente sencillo, estaba mal visto esas actitudes y comportamientos agresivos, aunque sea dicho, no eran del todo desconocidos ni marginales, pero se reprobaban al menos de dientes afuera.

Jarambú con fardo a cuestas

Aún así nos quedaba la duda, que ya sabemos cómo somos los mortales para crear o inventar historias y exagerarlas hasta límites insospechados. A tal extremo llegamos que somos capaces que con una palada de tierra hacemos una montaña más grande que el Teide y quedarnos como si tal cosa, máxime si el bruto que se lo propone es un grancanario. Pero al no ser este el caso nos sorprendió doblemente el chismorreo.

Cierto que en esas cumbres y en aquellos tiempos, apenas había cuatro almas y tres tristes guirres y en peligro de extinción permanente, pero por ello, sí las suficientes como para estirar y aumentar el cuentajo tanto como fuera posible, hasta el aburrimiento con bostezo incluido, por aquello que allí dónde hay campanas aparecerán campaneros.

Mientras tanto el ovillo o madeja fue creciendo lenta e inexorablemente hasta que llegó, como  no podía ser de otra manera, y ya sin segundas, a casa y a oídos de chó Joseíto Martel. Y digo que va sin segundas, porque dicha casa era lugar de paso y encuentro de muchos parroquianos y gofios perdidos habidos y por haber y allí donde los caminos se bifurcan y las gentes se encuentran y se cruzan, siempre se dicen cosas. ¡Vaya novedad!

Por allí llegó y pasó buscando comida y protección Juan García El Corredera, Antonio Benítez, Elena y algunos de sus estrafalarios y desalmados hijos y lógicamente muchos, diríase demasiados, guardias civiles que intentaban atrapar sin muchas ganas y menos convicción, todo hay que decirlo, a Juan, que era el que realmente quitaba el sueño a los altos gerifaltes de la época. Por ello no era de extrañar que más temprano que tarde llegara el chisme, o supuesto, a oídos de nuestro segundo protagonista.

Joseíto era un hombre muy conversador, coñón y ocurrente a más no poder y de cierta cultura mundana, de la otra un poco menos, pero se defendía lo suyo, y teniendo en cuenta contexto y época no estaba nada mal. Y más allá de echar un tizón o yesca al fuego de la novelería, como el común de los de los vivientes, no llegaba a más. Por eso no lo hacemos ni lo vemos trayendo ni llevando cuentos como una comadreja cualquiera. ¡Válgame Dios! Pero estaba intranquilo y algo afectado y aunque fuera, al menos durante sus años mozos, hombre de mundo, de juergas y derivados y nunca le hizo asco una buena pelea (dominaba bien este terreno o arte, por lo que tenemos entendido), pero lo de pegarle a una mujer tenía sus más y sus menos. No entraba en sus cálculos ni en su escala de valores. Además, le tenía aprecio a Faustino y no terminaba de creérselo totalmente. O sea, le pasaba lo que a todo el mundo, que esperamos siempre de las gentes que queremos o apreciamos, sean estas familias, amigos o simples conocidos, que tengan gestos o detalles correctos, nobles y altruistas, pero cuando descubrimos que son iguales o parecidos a nosotros, con miserias y grandezas, con generosidades y mezquindades viene el chasco, el desconcierto y la frustración. Por eso, la receta, si es que esta existe, prudencia y magnanimidad y entender que al fin y al cabo, y por regla general, todos estamos hechos de la misma arcilla o del mismo barro ordinario y que los fallos o chapuzas de fabricación, son inherentes a nuestra condición humanoide.

En esta tesitura filo o pseudo-metafísica y un tanto contradictoria andaba Joseíto en aquellos momentos aciagos. Hasta que una tarde en que nuestro protagonista se acercó por su casa, probablemente en busca del buchito de café o “pizquito ron” o sencillamente a echar una conversá, que una cosa lleva a la otra, decidió abordarlo. Sin ceremonias ni preámbulo alguno.

-Faustino, ¿es cierto lo que andan diciendo las gentes por ahí?

-No sé Joseíto lo que dicen las gentes.

-Andan diciendo que tú le pegas a la vieja.

-No hombre, no. Solamente le di una cachetá el otro día- dijo el mentado, un tanto desconcertado y agachando la cabeza porque no esperaba que Joseíto, al cual respetaba y apreciaba desde hacía muchos años, le entrara tan abiertamente.

-¿Y eso cómo fue?- indagó este un poco más.

-¡Oh!, porque se ha vuelto majadera y torrontúa a más no poder.

-Hombre Faustino, eso está feo y no es motivo para pegarle a nadie y menos a nuestra compañera. Porque me consta que apenas tienes un peo atravesado, allí está ella al pie del cañón, preocupándose y desviviéndose por tí.

-Muy cierto, muy cierto- terció Faustino.

-Entre los matrimonios- continuó Joseíto cogiendo un poco de resuello- siempre hay un sí y un no y quien diga lo contrario dice mentiras o está equivocado. Hay que arreglar las cosas hablando y si esto no es posible, por los motivos que sea, que cada cual coja su rumbo y aquí paz y en el más allá gloria.

-Yo lo comprendo cristiano, pero me enciegué y me da mucha pena y rabia porque ella no es mala, además prepara una carne con papas que da sentimientos, que termina uno chupándose los dedos de lo rica y sabrosa que la deja- concluyó nuestro hombre tan campante.

A nuestro protagonista no le quedó más remedio que desviar la cara y mirada y sonreír por la salida de tiesto de este muchacho. Verdaderamente- pensó- a este jodío si no le faltó una dula no anduvo lejos. Pero no quedó aquí la cosa y ya en voz alta siguió adelante con su discurso.

-Faustino- dijo- tienes que controlarte y enmendarte, porque quién le pega a una mujer o a un niño, tendrá mucho de lo que sea, pero muy poco juicio.

-Así es Joseíto, así es. Mi padre que en paz descanse también me lo decía- repetía el mentado moviendo la cabeza de un lado a otro y de arriba abajo como un autómata o muñeco mecánico.

-Con esto de los maltratos- amplió nuestro segundo hombre, ya más distendido y como fuera de la conversación formal- hay que tener mucho cuidado porque se empieza por poco y nadie sabe cómo ni cuándo termina. Es lo más parecido a un círculo vicioso o a un callejón sin salida, que se sabe cómo entrar, pero nunca cuándo y cómo se sale. Y ya son demasiados los casos incluso de muertes como para seguir redundando en esta desgracia o lacra que no deja de crecer día a día y que, a veces, tienes la impresión de que la humanidad en vez de palante, de avanzar, retrocede y va patrás como los cangrejos.

No sabemos si las palabras de Chó Joseíto surtieron el efecto deseado, pero sí que el andurrial dejó de preocuparse de este asunto. Probablemente encontraron otro más jugoso en qué dedicar el tiempo lento y tedioso de sus vidas. Sea como fuere y a partir de aquí se hizo frecuente encontrarse a Faustino y a María en sus quehaceres cotidianos y negocios terrenales con toda naturalidad. Al parecer y hasta donde sabemos han envejecido juntos y esto, aún dependiendo del punto de vista con que se mire (por ejemplo del mío), es una buena noticia, una victoria.

Que así sea.

Tenteniguada, Agosto 2020

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