LA MAGOTECA

En aquellos años, el ayuntamiento había cedido en la calle del Sol a los jóvenes del casco el local que albergó la antigua escuela, al lado de las ruinas del edificio en donde, me cuentan, estuvo el primer motor de luz que iluminó el pueblo. El colectivo de jóvenes que nos hicimos cargo de él no tardamos en pintar todo, traer el gran altavoz del cine de San Miguel y, con las habilidades de Antonio Bolaños, se sonorizó el mismo. ¿Quién le iba a decir a Bolaños que el sonido iba a ser su profesión en el futuro…?
Se colocó una bola de espejo en el techo con un foco, un par de luces de colores y teníamos montada la “discoteca” privada y particular para nosotros. De aquella pandilla surgieron amoríos, encuentros y desencuentros, amistades para toda la vida y también amistades para unos años solamente. De cualquiera de los modos, para mí el cariño hacia todos ellos es para siempre, pues sé que una parte de lo que soy hoy se la debo a aquel grupo que confluimos en ese espacio-tiempo.
El local no tenía nombre, y como muchas veces pasa, de forma accidental lo bautizó una prima de Mariola Muñoz, de la que no recuerdo el nombre, que al venir de Las Palmas y, cariñosamente, decirnos “magos”, comenzó a denominarla como la “Magoteca” o “Macoteca”. A partir de ahí, pues ya nosotros no nos reuníamos en el local, sino en la “Mago”.
Con los años pusimos en el patio interior, que daba a los baños, una barra y unas neveras que no sé de dónde aparecieron, con lo que en las fiestas de San Miguel sacábamos unas perrillas para reinvertir en el mismo local.
Aquella pandilla era básicamente de jóvenes del casco. Las chicas tuvieron su momento de peinados a lo Europe, grupo sueco que las tenía locas, para nuestra envidia… Fue nuestro lugar de encuentro en los 80; disfrutamos de la música pop de esos años, tanto española como extranjera.
Hicimos actividades además de divertirnos. Recuerdo un show que montamos, “Por la noche con Jesús Hermida”, en el desaparecido cine de San Miguel (yo hacía de Jesús Hermida). Disfrutamos en él de “Mané Lewis” (Mané con sus botas ortopédicas), que bautizó como “playeras Himalaya para el campo y la playa”; Antonio José “Iglesias” con su canción Que no se rompa la noche; Gurruchaga, de la Orquesta Mondragón, me tocó también con “Ellos las prefieren gordas” y, como anécdota de aquella canción, el coro de las niñas bailaba conmigo con trajes rellenos de almohadas y, en el momento que me tocaba abrazar a Mariola, le ponía las manos en el trasero. Para mi sorpresa, cuando miré al público estaban sentados en primera fila sus padres, Isabelita y Ferminito, que, gracias a Dios, reían a carcajadas para mi alivio… En el programa de Jesús había siempre una discusión entre dos de sus chicas periodistas; en el acto las representaron, creo, Mimina y Pepa.
De nuestra mano actuó el cubano Carlos Varela en el cine también, para una semana cultural, tras estar en la isla como telonero de Silvio Rodríguez en el añorado Insular. Hicimos plantación de pinos en el Helechal, excursiones no sé ni cuántas, incluyendo una caminata a Teror para el Pino, a la montaña de la Mesa y muchas cosas que seguro que se me quedan atrás.
Cuando nos desplazábamos a alguna fiesta íbamos en manada, repartidos en el Renault 4 de Fermín, el 134 beige de Mariola (lo llamábamos el torbellino), el Charade rosa de Araceli, el 127 de Paco o el BMW de Domingo. Cosa habitual era subir con Juan Esteban a la orilla y empujar el Seat Panda rojo de la madre hasta la cuesta para que no oyera el motor en marcha y se enterara de que se lo llevaba… Era otra época.
Con los años, no sé cómo, el local volvió a manos del ayuntamiento; pasó a ser oficina de correos, juzgado de paz y actualmente es el tanatorio.
Sitios como este, que han vivido un montón de usos, nos demuestran que realmente estamos de paso en el lugar que nos toca. Cuando veo fotos antiguas con paisanos que ya no están en un Valsequillo anterior a mí, personas que no conozco eran poseedoras del préstamo del lugar de vida que ahora disfruto yo, por lo que, con los años que va cumpliendo uno, comprende que la experiencia en este mundo es un préstamo y no una posesión, y que mantener el respeto por el entorno y su buen uso es nuestro legado a las generaciones que van llegando.
Sirva este artículo como cariñoso recuerdo para todos los que formamos aquel grupo de jóvenes que se asomaban al mundo desde la Calle del Sol, desde la Magoteca.Hermann Hellbusch
