MEMORIAS DE UN MUNDO ANTERIOR

Cuando uno es niño, el descubrimiento del mundo que nos rodea es asombroso. Luego, con los años, si nos dejamos llevar por la inercia, perdemos poco a poco esa curiosidad, olvidando la magia que hay en cada suceso.
En aquellos años, cualquier acontecimiento que se saliera de la rutina se convertía en algo espectacular. Puedo acordarme de cuando un Salcai se prendió fuego delante del bar Los Almendros. Recuerdo que, con el alboroto, mi madre fue a buscarme justo en el momento en que iba a acariciar un caballo de algún curioso que se acercó a golisnear, como todos los presentes. Mi madre me tiró con fuerza del brazo para impedirlo; probablemente no habría pasado nada, pero ella les tenía miedo.
En aquel Valsequillo, todo un espectáculo los domingos era ver a Ramón López con su coche de gasolina teledirigido subir y bajar la recta del pueblo, con el inconfundible rugir del pequeño motor que lo movía. Como si de una carrera de caballos se tratase, el público se repartía por los laterales de aquella carretera apenas transitada, mientras el coche iba y venía sin otro objetivo que ese mismo: ir y venir. Da que pensar cómo un coche teledirigido era capaz de levantar tal expectación. Hoy pasaría completamente desapercibido, pero para un niño de aquellos años era ver la maravilla hecha realidad ante tus ojos.
Recuerdo también como acontecimiento espectacular cuando una cabra de Manolito Peña amaneció electrocutada por haber mordido un bombillo que debió quedar encendido aquella noche en el cuartito donde las tenía. Todos los niños de mi calle nos acercamos para ver aquel cuerpo vencido por la electricidad.
El casco se dividía en dos bandos: las casas baratas y la panadería. Hubo una época en que todo juego era un derbi entre ambos. Llegamos incluso a jugar, con uniformes y todo, en el campo de picón —hoy plaza de Tifaritti y edificio colindante— partidos míticos de fútbol en los que nos jugábamos la vida.
Eran tiempos diferentes, y para un niño esas pequeñas cosas daban para comentar el resto de la semana en el colegio. Mis primeros años transcurrieron en la Calle del Sol: primero en casa de los Peña y después donde hoy está el tanatorio, que lindaba con el lugar que, según tengo entendido, albergó el primer motor de luz del pueblo. Luego, en aquel Laureado Alemán Ramírez, compuesto por aulas dispuestas en horizontal sobre el terreno y no en edificios de bloques como hoy en día.
Recuerdo como si lo estuviera viendo que, además de las aulas y las viviendas de los profesores, había dos canchas: la de arriba, utilizada mayormente por las niñas para saltar al elástico o lanzarse una pelota de tenis de lado a lado, entre otros juegos; y la cancha de abajo, que usaban los varones, donde el deporte rey era el fútbol. Aún hoy no sé cómo éramos capaces de jugar al mismo tiempo hasta cuatro o cinco partidos, cada uno con su pelota, sin molestarnos. Normalmente todo acababa al sonido de aquella sirena que parecía avisarnos de un ataque aéreo de la Segunda Guerra Mundial y que nos recordaba que el juego había concluido.
Otro de los entretenimientos de los varones era el boliche. Jugábamos debajo de unos jóvenes pinos que ya no existen y que se encontraban en el naciente de la cancha de abajo. La pregunta que iniciaba cada partida era:
—¿A la verdad o a la mentira?
A la verdad era apostando boliches; a la mentira, por el simple placer de jugar.
Como le oí decir una vez a nuestro añorado Nono Castro, creo que en un acto en el desaparecido cine y con motivo de un aniversario de Almogaren: “La calle era una habitación más de nuestras casas”. Existía un tejido social que cuidaba de nosotros, independientemente de la familia a la que perteneciéramos.
No sé en qué momento cambió todo. Probablemente la tecnología avanzó más rápido que nuestra capacidad para adaptarnos a ella y, en vez de ir al unísono, vamos detrás tratando de que no nos deje atrás. O tal vez el hecho de hacerse mayor lleva implícito quedarse atrás. Mil argumentos podemos dar; siempre fue así: los jóvenes se convierten en los “puretas” de sus hijos.
Lo único cierto para mí es que, aunque me adapte a este mundo —como es ley de vida— y viva en los tiempos que me corresponden, creo que son menos humanos que aquellos en los que me crié.
El lujo de haber vivido una niñez analógica es algo que ya no podrán experimentar quienes nos siguen. Tengo la suerte de haber vivido en el mundo analógico y en el digital, y haber sido testigo de la transición entre estos dos paradigmas es, en cierto modo, un privilegio.
Pero la conexión con mis paisanos era cara a cara, los juegos eran reales y aprendías las consecuencias de cualquier acto, y eso te hacía crecer y empatizar con tu entorno. Hoy todo pasa a través de una pantalla en la que no sabes qué es real y qué no. Se premia el postureo y la imagen de una juventud que tiene como meta los likes y, si es posible, vivir de ello.
Hermann Hellbusch
